La noche anterior había sido una locura maravillosa.
Todo comenzó con una llamada.
—Hola, nena. Estoy aquí afuera en la intemperie. ¿Vas a abrir o vas a dejar que me vuelva estatua bajo la luna? —dijo Hellen entre risas al teléfono.
—Jajajaja, idiota, ya salgo. Solo cuida que no te roben —bromeé mientras caminaba a la puerta—. Y no hablo precisamente de tu celular.
—¿Robarme? ¿Con este cuerpo? —dijo haciendo una voz dramática—. Primero se rompen la espalda antes de poder secuestrarme —soltó una carcajada, tan fuerte que casi se me cae el teléfono de la mano.
Abrí la puerta, encontrándola allí, envuelta en un hoodie enorme y unos jeans que parecían haberse rendido ante su energía.
Nos fundimos en un abrazo cálido, de esos que solo das cuando ves a alguien que es como parte de tu hogar emocional.
—Claro, mujerón, si eres pura maquinaria pesada —añadí, riendo al verla.
—¡Pura máquina de alegría! —gritó, levantando un brazo en señal de victoria.
La noche apenas comenzaba.
Después de bromear en la casa, recibimos la notificación de que nuestro transporte privado había llegado.
Nos miramos y sonreímos cómplices, sabiendo que lo que vendría sería inolvidable.
Nos embarcamos en una aventura como en los viejos tiempos: saltamos de un bar a otro, reímos hasta dolernos el estómago, bailamos canciones que no conocíamos, inventamos pasos ridículos que solo nosotras podíamos entender.
Había una electricidad especial en el aire, esa sensación de libertad absoluta que rara vez se repite en la vida.
Terminamos, de alguna manera inexplicable, en una fiesta improvisada a las afueras de la ciudad.
El lugar era rústico, con luces colgantes entre los árboles y una fogata en medio de un campo abierto.
No conocíamos a nadie, pero eso no importaba.
Nos unimos a los grupos, bailamos con desconocidos, brindamos con vasos de papel y compartimos historias inventadas solo por diversión.
Amanecimos en el auto, carcajeándonos de todo y de nada, sin creer todavía todas las locuras que habíamos hecho.
Cuando finalmente llegamos de regreso a mi apartamento, las fuerzas nos abandonaron.
La ropa, pegajosa por el sudor y el calor, se volvió insoportable.
Nos miramos y sin mediar palabra, comenzamos a despojarnos de cada prenda mientras avanzábamos hacia el interior, dejando un rastro de ropa tirada por toda la sala.
—¡Libertad! —gritó Hellen, corriendo desnuda hacia la habitación, agitando su sujetador como si fuera una bandera de victoria.
Yo apenas podía caminar de la risa.
Caímos rendidas sobre la cama, aún riendo entre jadeos, sintiéndonos ligeras, tontas y absolutamente felices.
## tiempo después, ya entrada la tarde...
Un dolor pulsante me despertó.
—Auuuu, mi cabeza... —murmuré, entrecerrando los ojos para adaptarme a la luz que se filtraba por las cortinas.
Me giré lentamente para ver a Hellen.
Estaba hecha un desastre adorable: su maquillaje corrido por toda la cara la hacía parecer un mapache exhausto.
—Hellen... ¿sigues viva? —pregunté, tocando su hombro con cuidado.
—Siiiii... —gimió con una voz que parecía provenir de ultratumba.
No pude evitar reírme, aunque el simple acto me dolía en el alma.
—Jajaja, tu voz... parece que estás en plena agonía. ¿Quieres que pida comida? —ofrecí, sabiendo que solo el amor de una sopa caliente podría salvarnos.
Ella levantó el pulgar, sin abrir siquiera los ojos.
—Ok, pediré ramen de pollo. —Reí de nuevo—. No creo que puedas masticar nada sólido en tu estado de zombi.
Me levanté tambaleándome.
Me puse mi hoodie de Hello Kitty favorito y ropa interior cómoda de flores amarillas, buscando en el baño las pastillas anti-resaca que mi mamá me había obligado a llevar "por si acaso".
Hoy, le agradecía mentalmente por su previsión.
Le di una pastilla a Hellen, quien apenas logró tragarla antes de volver a dejarse caer boca abajo, como si el simple hecho de existir fuera demasiado esfuerzo.
—Duerme un poco más. Aún no llega la comida —le susurré, acariciando su cabello.
Ella solo me mostró el pulgar nuevamente.
Era como nuestra señal secreta de rendición: "Todo bien, aunque esté muriendo por dentro".
Mientras ella descansaba, me dediqué a limpiar el desastre de la noche anterior.
Recogí prendas tiradas, apagué luces olvidadas encendidas, ordené maquillaje desparramado, y barrí migas de papitas que ni recordaba haber comido.
El timbre sonó, anunciando la llegada de nuestro salvador en forma de ramen humeante.
Fui a la puerta, pagué el pedido y coloqué las bolsas en la mesa.
—¡Ramen de la resurrección ha llegado! —anuncié como una heroína al entrar a la sala.
Desperté a Hellen dándole un tazón entre las manos.
—Come, criatura de la noche, antes de que te conviertas en cenizas —bromeé.
Ella, aún medio dormida, sorbió el caldo como si fuera néctar de los dioses.
Verla revivir bocado a bocado era casi un milagro.
Incluso sus mejillas empezaron a recuperar algo de color.
Pasamos horas en el sillón, viendo películas tontas de Netflix, cubiertas con una manta enorme, repitiendo frases estúpidas y riendo a carcajadas hasta que el estómago nos dolía de nuevo.
La tarde se deslizaba lenta, envolviéndonos en una burbuja cálida, como esas tardes de pijamada que uno nunca quiere que terminen.
Pero todo momento mágico tiene su final.
Cuando el sol empezó a ocultarse y las luces de la ciudad comenzaron a encenderse, Hellen se levantó lentamente.
—Tengo que irme... —dijo con un puchero adorable—. Mañana tengo trabajos pendientes y si no los entrego, me van a cortar la cabeza.
Asentí, aunque me dolió verla partir.
Le di algo de dinero para el transporte, llamé un auto para ella y la acompañé hasta la puerta.
—Avísame apenas llegues, ¿ok? —le pedí, dándole un abrazo fuerte.
—Sí, mamá gallina. Lo haré —rió, devolviéndome el abrazo.
La vi subir al auto, y me quedé de pie en la puerta hasta que las luces rojas desaparecieron en la distancia.
La soledad cayó sobre mí como un suave manto.
Susurré para mí misma:
—Supongo que cuando te acostumbras a la compañía, la soledad pesa diferente...
Cerré la puerta con un suspiro, pero una sonrisa seguía en mi rostro.
Había vivido una de las mejores noches de mi vida, y el eco de las risas seguiría acompañándome, iluminando los días grises que pudieran venir.
Y así, me dejé caer de nuevo en el sofá, abrazando una almohada, dispuesta a soñar con más noches locas, más ramen de madrugada, y más memorias que valieran la pena recordar.