El pequeño dragón nació de la llama de la vida. Era hermoso y perfecto. Su toque creaba almas y desprendía poder. Los humanos lo veían como un dios en este mundo, aunque sólo era un espíritu que había nacido en representación de la esperanza. Me tambaleo por el pasillo de regreso al gran salón. La fuerza va abandonando cada vez más mis extremidades. Lucho por mantenerme en pie y continuar mi camino. Debo mantener mi objetivo claro en mi cabeza. Sus ojos son dos rubíes, codiciados por todos. Pues uno da vida, y el otro la quita. El mundo entero quiere vivir con la eterna felicidad que proporciona la esperanza, pero nadie quiere enfrentarse a las consecuencias de estar sin ella. Sostengo con fuerza el rubí que aún conservo en mi mano. Nunca me había sentido tan mal físicamente después de

