La casa de los pecados

1513 Words
Aturdida me encontraba entre dormida y despierta. No quiero abrir los ojos porque estoy muy cansada para levantarme. Los rayos de sol que se filtran por la ventana me sacan de mi estado de somnolencia. Un gemido de inconformidad sale de mis labios. Realmente siento que sólo he descansado unos pocos minutos. Hoy no iré a clases. Quiero seguir durmiendo, pero no puedo volver a conciliar el sueño. —Buenos días, dormilona —una voz me susurra en el oído. Gruño otra frase. —Venga. A levantarse —me apura. No quiero salir de la cama. Me niego a hacerlo. —Abre los ojos, cachorrito —me dice cariñosamente. Un segundo...¿cachorrito? Hay alguien en mi cuarto...¿despertándome? Apresuradamente abro los ojos y justo encima de mi cara está esa gran sonrisa provocativa. Con un grito me apresuro a escapar de él, pero olvido que mi cama es pequeña y caigo de bruces en el suelo. Mi espalda hace un ruido sordo con el impacto y yo maldigo con odio. —¿Se puede saber qué mierda haces en mi habitación? —casi le grito al chico que está recostado en mi cama. —Solo te miraba mientras dormías- se ríe por lo bajo. —¿Sabes?, me gusta tu pijama. Me miro el cuerpo y casi me muero de la vergüenza al ver lo que llevo puesto. Un mini short blanco con un top de igual color. No llevo sujetador por lo que la visión de mis pechos es algo embarazosa. —¡Ni te atrevas a mirarme, sucio pervertido! —digo intentando taparme mis senos como puedo. Se ríe aún más alto. Me doy al fin unos minutos para observarlo. Sus ojos como llamas tienen un brillo travieso que era acentuado por sus largas pestañas. Lo llamativo de su pelo desordenado estaba en unos hermosos reflejos plateados entre los mechones blancos, y su ropa de cuero negra le da un aire de chico malo, ya que abrazaba su figura de una forma ardiente. Todo él era como un fuego vibrante. Ni siquiera me doy cuenta que lo estoy mirando embobada hasta que su sonrisa se desvanece, dándole paso a una expresión de deseo. Pestañeo un par de veces, me levanto del suelo y, por no prestar atención, tropiezo con las sábanas. No sé de qué forma, pero Asmodeo se materializa a mi lado para evitar mi caída. Me sostiene contra su pecho protectoramente. —Ten más cuidado —y al decir esto siento las vibraciones que provoca su voz en su pecho. Los latidos de su corazón acompañan al mío. —Lo siento. La sangre sube a mi rostro, sonrojándome. —Igual fue divertido ver tu ropa interior —se burla, tocando uno de mis glúteos, donde no me había dado cuenta que había aterrizado su mano. Ahogo una exclamación y lo empujo lo más fuerte que puedo, pero lo único que consigo es aumentar sus carcajadas. . . . La ducha de esta mañana fue la más rápida que me he dado en toda mi vida, aunque tuve que estar pendiente en cada segundo a que él no entrara en el baño. Me visto con unos vaqueros de mezclilla azul marinos, una blusa con escote cuadrado y unas botas de montaña. Lo normal. Al salir del cuarto de baño lo primero que veo es a Asmodeo sentado sobre mi cama con las piernas cruzadas y a Maggi recogiendo las sábanas del suelo. Me quedo parada, mirándola. ¿Cómo puede ser que no la asuste un chico de pelo blanco y ojos rojos? —¿Por qué tus sábanas están esparcidas por el suelo? —pregunta ella, frunciendo el ceño. —Eh... —murmuro sin saber que decirle. Asmodeo me sonríe. No saco mi mirada de sus facciones burlonas ni por un segundo. —¿Qué miras? —Nada —me apresuro a responder. —Sólo es que tuve una pesadilla y me caí de la cama. Es todo. Nunca se me ha dado bien mentir. Rezo porque me crea y simplemente se vaya. —Solo vine a preguntar si ibas a la universidad, pero ya veo que no —comenta. Se levanta del suelo y lanza las sábanas a la cama. Estas le dan de lleno en la cara a Asmodeo. Ella no hace ni el más mínimo gesto de sorpresa ni arrepentimiento. ¿Es que no se ha dado cuenta del sexy chico sentado con pose relajada en mi cama? —¿Necesitas algo, Rose? Anoche te sentías mal y... —No, estoy bien —la interrumpo para apurar su salida. Ella me mira de forma extraña y alargada. —De acuerdo —hace una pausa antes de decidir si irse o no. —Nos vemos dentro de un rato, entonces. Me hecha un último vistazo y luego sale por la puerta sin mirar atrás. Me apresuro a cerrarla para no tener más interrupciones. Me doy la vuelta y miro perpleja a Asmodeo. —¿Qué? —pregunta. —Ella... ¿Cómo puede ser que no me dijo nada por...? —No te preocupes. No puede verme —hace un gesto con la mano, restándole importancia al asunto. Niego con la cabeza, aún anonadada. —Ahora sé que eres producto de mi imaginación y sólo me estoy volviendo loca —digo para mi misma. Él se levanta, haciendo una mueca ofendida. —¿Un producto de la imaginación puede hacer esto? —apenas pregunta, desaparece. Miro a mi alrededor, buscándolo. Al no encontrarlo, la idea de que me estoy volviendo loca toma forma en mi cabeza, pero en un pestañeo siento que me toman en brazos y me lanzan a mi cama, haciendo que rebote sobre el colchón. Un jadeo de sorpresa abandona mis labios. Al segundo siguiente siento el peso del cuerpo de Asmodeo sobre el mío, sintiéndose duro donde yo estoy blanda. Su rostro está a una pulgada del mío, compartiendo el aliento del otro. Está apoyado en sus manos, una a cada lado de mi cuerpo, acorralándome contra él y las sábanas. Su respiración me roza las mejillas. Mi mirada navega profundamente en sus raros pero hermosos ojos. Por un momento mi subconsciente se pregunta por su cambio repentino de humor. —Tenemos muchas cosas de qué hablar —susurra suavemente, casi contra mis labios. A mi cabeza llega el recuerdo de esos cálidos labios presionando los míos en una salvaje caricia. —Como por ejemplo del beso de anoche —suelto, casi sin pensar. Pero él se adelanta, interrumpiendome, y logra cambiar de tema. —Yo soy tuyo —comienza. Se me queda la mente en blanco y no sé qué responder. Abro la boca sin decir nada. —¿Qué? —jadeo. —Soy tuyo. Básicamente, soy tuyo. Tu me creaste hace muchos siglos atrás —me explica. Lo observo detenidamente tratando de decidir si está bromeando, pero su expresión es sería, decidida. —Yo... no puedo ser yo. Me confundes. Tengo sólo 18 años. Además, nadie es capaz de vivir siglos —musito, incrédula. —Tú sí —insiste. —Imposible. Yo jamás podría... —intento decir, pero vuelve a interrumpirme. —Ven conmigo. Se levanta de encima mío, no sin antes tomar mis manos y llevarme con él hasta que estoy de pie. Curiosa de lo que quiere mostrarme, le dejo hacer. Sin soltar mis manos me mira, como pidiendo permiso. Dudo por un instante, tal vez pase algo de lo que me arrepienta después, pero descarto la idea y asiento con la cabeza. Él me sonríe levemente antes que una luz blanca y cálida nos envuelva. Una sensación de nausias viene con ella. La oscuridad nos rodea y tengo la ligera impresión de que ya no hay suelo debajo de nuestros pies. Cierro los ojos tratando de controlar todos las sensaciones que corren por mi piel. Frío y calor envuelven mi cuerpo y un sentimiento parecido al miedo se apodera de mi. No sé qué está pasando, así que me concentro en sostener más fuerte la mano de Asmodeo. —Abre los ojos —escucho su voz, profunda y tranquilizadora, que llega al mismo tiempo que el contacto del suelo duro bajo nosotros. Cuando lo hago, me quedo paralizada. Estamos en un salón. Un enorme salón lleno de cuadros y ventanales con intrincados diseños que le permite el paso a la luz, transformándola en increíbles rayos de colores. Parece el interior de un enorme castillo de cuentos de hadas. Las paredes grises de piedra liza se extienden casi infinitamente. El suelo es de mármol blanco y reflejaba el techo abovedado, también con hermosos dibujos. —Bienvenida al hogar de Los Siete Pecados Capitales —dice Asmodeo sin soltar mi mano, sacándome de mi asombro. —Bienvenida a casa. Mis ojos van a su rostro, sus facciones iluminadas por los colores de las vidrieras. Una mirada que oscilaba entre el fogonazo del deseo y la alegría ardía en sus pupilas, y esa sensación hizo que mi núcleo se calentara. Ahora sí sé que me estoy volviendo total y completamente loca.
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