Chat Noir
Miré con malestar a mis espaldas y contemplé como se arrastraba por el suelo, pidiendo un descanso y algo de agua que beber.
—Lo de la excursión, era coña—aclaré. Me detuve de golpe y me giré, con una clara expresión de malestar—así que, aligera.
—¿Qué quieres?—incriminó, recargando sus manos sobre sus rodillas—¿Qué me muera?
—Un hombre no se muere por caminar durante tres horas—aseguré. Pasaba de seguir escuchando como este tipo se quejaba, por cada cinco pasos que dábamos, era un puto blando que no aguantaba ni que una rama le rozase su "discreta cabellera"—aunque claro, olvidaba que estaba ante una damisela en apuros—le tendí una mano y le hice una reverencia—¿Quiere la señorita que la lleve en brazos?
Nathaniel me fulminó con la mirada y me dio un manotazo en la mano. Se incorporó con decisión y emprendió la marcha a buen paso, tanto, que me dejó varios metros atrás.
Sonreí de lado y lo observé caminar de brazos cruzados.
—¡Eso es! ¡Así me gusta! ¡Decisión! Uno, dos, uno, dos. Vas bien, vas bien—le grité con sorna.
Lo escuché refunfuñar un par de cosas que podrían hacerme sangrar las orejas, pero me la sudaba, y mucho.
Cuando me puse a su paso, me miró de reojo.
—Podríamos hacer esto más fácil—dijo.
—En ningún momento he dicho que esto sea complicado—ni siquiera me moleste en mirarlo, no pensaba malgastar fuerzas en girar el cuello solo para verle el pelo zanahoria que llevaba.
—Sobre llevarnos—aclaró—dejar de lado los insultos y las malas palabras.
—A ver, a ver. Un momento, zanahorio—me detuve en seco, y ante aquel mote recién puesto, él también lo hizo—¿Pretendes que yo lleve a cabo ese...—me llevé una mano al mentón pensativo—...valor social al que llamas respeto?
—Sí, supongo que no puede ser tan complicado, hasta tú podrías hacerlo.
Sonreí.
—Y una mierda—murmuré acercándome levemente hacia él, y emprendí la marcha.
—Gracias por nada—ironizó justo detrás de mí.
—No entiendo por qué estas tan obsesionado con el buen comportamiento, si tan interesando estás es ser una persona de bien y buenos modales, ¿Por qué no te largas a las grandes élites?—gruñí—no entiendo qué mierda haces con nosotros.
—Eso es algo privado—aseguró el zanahorio, y eso me jodió. Nadie me ocultaba nada y si ese alguien pertenecía a mi grupo—además, esa panda que tú lideras necesita alguien que se ocupe de ellos cuando se trata de salud.
Y otra vez me detuve en seco, me giré bruscamente y casi se choca contra mí, el tío iba tan ensimismado que casi se mete una ostia.
—Te recuerdo que tú también formas parte de esa "panda" como tú llamas, y en esa "panda" yo mando—lo fulminé con la mirada.
—Serás el líder del grupo de delincuentes, pero no eres el dueño de la vida privada de nadie—me contraatacó, como si de alguna forma, me hubiese leído el pensamiento. j***r, encima el tío era listo—Todos tenemos secretos, Chat Noir. Hasta tú los tienes.
Caminé dos pasos hacia atrás y di media vuelta para darle la espalda y continuar con la marcha.
—Yo no tengo secretos—aseguré—los secretos te hacen ser débil. Cuando alguien los descubre o salen a la luz, pueden manipularte y hacerte mierda—expliqué—por eso yo soy un libro abierto, todos saben todo de mí y no hay nada que puedan usar en mi contra.
—Precisamente porque eres un libro abierto es tan fácil de leer tus secretos—soltó el soplaflautas este—todos tenemos secretos, y yo se cual es el tuyo.
No me consideraba una persona paciente, de hecho, nunca lo había sido, pero ese tío me calentó bien los huevos. Me detuve, por quinta o sexta vez y lo encaré.
—No te hagas el listillo conmigo zanahorio—lo amenacé—porque sabes que a mí no me gustan los juegos.
—¿Qué?—para mi sorpresa, esta vez me sostuvo la mirada y levantó la cabeza—los tienes tan en secreto que ni siquiera tú te has dado cuenta.
—Deja las indirectas a un lado y dímelo claro para que pueda partirte la cara de una puta vez—amenacé.
—Ella te importa—aseguró—tiene que interesarte y mucho, para que te tomes tantas molestias en conseguir esa medicina.
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba de golpe al escuchar aquellas palabras, un malestar que me produjo hasta ganas de vomitar. Eran nauseas lo que sentía por esa niñata, si el zanahorio pensaba que el interés que tenía por ella era mi secreto, estaba bien equivocado.
Importarme a mí... Una mierda es lo que me importa.
—Pues te equivocas—dije simplemente, y le di nuevamente la espalda. De hecho era lo que hacía cada vez que me soltaba cualquier patochada que quería evitar. Y tampoco quería partirle la cara, todavía, porque si no, adiós a la medicina.
—Yo nunca me equivoco.
Y dale.
El zanahorio me salió masoquista y quiere que lo muela a golpes.
—Vuelve a decir que me importa esa mosquita muerta y te juro que el resto del camino lo haces haciendo el pino—le dije.
—Haré el resto del camino haciendo el pino, pero lo que tú tienes con esa chica no se va a ir—insistió.
—Me estás cabreando—murmuré, intentado salvar lo más parecido a la paciencia que me quedaba—Y no sé por qué coño te importa mi relación con mi prisionera, porque eso es lo único que esa mujer será para mí.
—Está bien—dijo, y una sonrisa de satisfacción se dibujó en mi boca. Yo siempre llevaba la última palabra. Bueno, menos con Marinette, que tuvo las agallas de retarme y llevar la razón, y tenía que reconocer que la chica tenía huevos—como no te importa, entonces me rajo—me giré al instante, sin saber muy bien si había escuchado correctamente—no voy a seguir buscando esa planta, ni tampoco haré la medicina.
Instantáneamente caminé hacia él lo garré por la parte trasera de la pechera de su camisa y lo empujé hacia delante para que andara, tanto que acabó cayendo al suelo. Saqué mi navaja y lo apunté amenazante.
—Repite eso—sentí como mi mandíbula se apretaba. Por mis cojones que este me sacaba esa medicina—si no fabricas esa mierda, te juro por mi vida que te mato.
Sin embargo y para mi sorpresa la mirada de miedo y respeto no se reflejaba en su cara, sino una puta sonrisa burlona que logró sacarme de mis cabales.
— Todos, y digo todos, tenemos secretos—dijo simplemente y sin borrar esa expresión tan molesta—y el tuyo canta a kilómetros cual es.
«Joder»
○•○•○
Marinette
La primera sensación que fui capaz de reconocer nada más recuperar el conocimiento fue un terrible dolor que se extendía desde mi pierna hasta parte insospechadas de mi cuerpo. Soltar un alarmante quejido de dolor fue lo único que fui capaz de hacer. Sentía como mi cabello se pegaba a mi rostro, lo mismo ocurría con mi vestido, empapado de sudor.
Mis manos temblaban desmesuradamente, y por más que intentaba controlarlas, el dolor se anteponía a mi voluntad. Tenía un paño húmedo sobre mi frente, supuse que alguien lo había puesto ahí con la intención de combatir con la fiebre que padecía, pero lo cierto era que la enfermedad había logrado poner hirviendo aquel paño.
Escuché la puerta abrirse. Mis pupilas se dilataron, víctima del terror y todo el vello de mi piel se erizó. La última vez que era dueña de mi cuerpo, estaba en mitad del bosque, encadenada a Chat Noir y con un fuerte dolor en mi pierna derecha.
—Has despertado—Alya dejó el barreño de madera sobre el suelo y se acercó atropelladamente a mi cama—¿Cómo te sientes?
Mis parpados querían cerrarse, y mi respiración era tan pausada que apenas se sentía. ¿Enserio tenía que responder a aquella pregunta?
—Horrible—murmuré cerrando los ojos.
Sentía sus manos quitarme el paño y tantearme la frente.
—Sigues teniendo fiebre—explicó—voy a cambiarte el trapo—se puso en pie y dobló varias veces un paño hasta que este adoptó la forma de un perfecto rectángulo, lo empaño en el agua y lo escurrió.
—¿Qué ha pasado?—pregunté y pronunciar aquellas palabras fue uno de los mayores esfuerzos de mi vida.
—Te picó una cascabel cuando regresaste del bosque—explicó mientras ponía minuciosamente el trapo mojado sobre mi frente—pero no te preocupes—esbozó una pequeña y reconfortante sonrisa— te vas a poner bien.
No pude evitar sonreír con cierta ironía. Estaba acostumbrada a recibir constantes mentiras para evitar cualquier preocupación, era una constante rutina para mí. Tanto mis padres, como las criadas solían soltar constantes mentiras piadosas para aludir mis preocupaciones, especialmente después de aquella fatídica noche, cuando aquellos bandidos irrumpieron en casa, y a pesar de todas aquellas mentiras y palabras reconfortantes, nada pudo evitar que aquellos hombres consiguieran dañarme de la peor manera posible.
—Me voy a morir—murmuré. Era obvio. Sabía que mi cuerpo no daba más de sí. Me costaba hablar, me costaba incluso mantener mis ojos abiertos ¿Cómo podía decir que me iba a poner bien?
—No, tranquila. Chat Noir ha...—escuchar su nombre me provocó un fuerte escalofrío, sin embargo no pude evitar tener gran interés por saber que ocurría con aquel estúpido, pero la puerta se abrió nuevamente un tres mujeres aparecieron con unas expresiones que no me ocasionaron nada más que un mareo.
Deseé con todas mis fuerzas volver a caer inconsciente. Esas tres no venían a preguntar que tal estaba.
—¿Dónde está?—preguntó una de ellas. La más joven—¿Dónde está Chat Noir?—insistió. Su voz me aumentó mis nauseas.
Alya la fulminó con la mirada.
Hice un esfuerzo por mirarla. La reconocí al instante: Se trataba de la chica que se había peleado con Alya hace dos días .
—Lila, no vengas aquí a montar una de tus escenas. No es el momento— dijo Alya con sequedad.
—Ohh, perdona... Había olvidado que ahora teníamos a un m*****o de la élite, habrá que comportarse como tal ¿Le hago una reverencia o mejor le beso los pies? —dijo Lila, y hasta yo que estaba en el quinto o sexto sueño me di cuenta de la ironía y la repugnancia de sus palabras—Te he hecho una pregunta, así que me respondes—sentí como aquella mirada verde se clavaba en mi—y ya de paso me dices por qué esta pordiosera está en la cama de Chat Noir, ahora resulta que también le dais un dormitorio.
—Si Marinette está en esta cama, es porque Chat Noir la ha puesto ahí, no yo—Alya se puso en pie y no se porqué que vi un atisbo de satisfacción en sus palabras.
Sabía que lo que sucedía a mi alrededor comenzaba a consolidad las bases de lo que pronto se convertiría en una gran disputa. Sin embargo, mi mente se quedó atascada en unas palabras en concreto: Marinette está en esta cama es porque Chat Noir la ha puesto ahí.
Hasta donde yo tenía entendido, ese patán me obligaba a dormir en el suelo, con las cucarachas, el polvo y la infección.
—Qué buena forma tienes de mentir Alya, sin duda es por eso por lo que te dejaron entrar en Miraculous, porque por lo demás no vales para nada—sentí el veneno en sus palabras—Ahora, procura mantener ese instinto mentiroso guardado y me dices donde está Chat Noir, y después, tú y ella os largáis de esta habitación. Solo yo y Chat podemos usarla y no quiero que se nos pegue ningún bicho cuando estemos en esa cama.
Alya soltó una carcajada socarrona.
—Que confundida estás querida—dijo—Chat Noir ha salido con Nathaniel, van a buscar los ingredientes para la medicina que curará a Marinette.
Los ojos de Lila brillaron de la cólera y juraría que echaron chispas.
—Eso es mentira—susurró Lila—estás mintiendo.
—Hace tiempo que deje de mentir Lila, las mentiras solo sirven para ocultar una realidad que no quiere ser vista y al parecer a ti esa realidad te está golpeando y yo pienso mostrártela.
—¡Cállate!—le gritó la chica de largos cabellos castaños—mientes, me estás mintiendo para hacerme daño porque sabes mi relación con Chat.
Alya volvió a reír.
—¿Qué relación?—inquirió Alya—¿la de revolcarte en su cama?
Y ahí fue cuando me di cuenta de que había algo que me daba más miedo que Chat Noir, porque podía verlo en la mirada de ella, podía verlo en la amargura de sus palabras: Aquella chica podría destruir todo a su paso. Lila.
—Me dan igual tus palabras, sea lo que sea, lo que Chat Noir y yo tenemos, es lo que ninguna mujer va a tener jamás con él. Esta habitación está llena de recuerdos. Momentos que él y yo hemos vivido— Lila me miró fijamente a la vez que continuaba arrastrando sus palabras —por eso se que lo conozco. Lo conozco lo suficiente como para saber que no malgastaría el tiempo en buscar una medicina para esta cría, ni mucho menos acostarla en su cama—sus ojos verdes me fulminaron—y hasta donde yo se, él la tenía durmiendo en el suelo, como a un perro.
—Si has venido aquí para esto, mejor te vas—a pesar de la protección de Alya, no pude evitar sentir que aquellas tres mujeres acabarían por salirse con la suya.
—No veo correcto que la prisionera del jefe ande en mejor cama que nosotras—una de las acompañante de Lila habló por primera vez.
—Tienes razón, además si tan enferma está lo mejor es que salga a tomar el fresco—una tercera voz, perteneciente a la tercera mujer captó mi atención. Pronto la reconocí: era la señora que casi me congela en la bañera—y si tanta fiebre tiene lo mejor será que se remoje en el arrollo, no hay nada mejor para curarla.
—Si tan valiosa es para Chat Noir que mejor que cuidarla como se merece—las tres caminaron hacia mí, ignorando completamente las exigencias de Alya.
—Ni hablar—Alya se puso frente a mí intentando ocultarme de aquellas tres arpías, pero obviamente una persona, no era quien para enfrentarse a tres—no podéis sacarla de la cama, está muy débil.
—¡Tonterías!—Lila me miró con una sonrisa burlona—ya veras como nosotras tenemos la solución.
Sentí como arrancaban las sábanas de la cama dejando mi cuerpo al descubierto. Una oleada de frío me golpeó y los temblores se intensificaron. Las múltiples sensaciones era dolorosas, como si me muriese de frío y a la vez calor.
—¡Estáis locas! ¡Dejadla en paz!—gritó Alya intentando apartarlas.
Dos manos me agarraron y como una marioneta, mi cuerpo se puso en pie. No tenía fuerzas para poner resistencia, mi cuerpo no reaccionaba y se dejaba llevar por los agarres de aquellas mujeres. Así, prácticamente a rastras me sacaron de la habitación.
—No... por favor... soltadme...—murmuré, sacando a relucir las pocas fuerzas que me quedaban—no me hagáis daño.
—Tranquila jovencita—la voz de aquella espantosa vieja y repleta de grasa me provocó un escalofrío, pues la última vez que me tranquilizó, casi me congela viva—ya verás como un poco de aire fresco te viene bien.
La mirada de Lila sobre mi espalda era simplemente aterradora y no había que ser muy lista como para darse cuenta de que no pensaban darme un paseo relajante por el prado.
—Estoy segura de que Chat me lo agradecerá más tarde—fue lo último que la escuché decir.
○•○•○
Chat Noir
Al final decidí pasar de él. Ignorar no era para nada mi estilo, yo era más de repartir hostias, pero por desgracia, aquella vez estaba atado de pies y manos.
Así qué... preferí tomármelo a coña. Estaba claro que el zanahorio había leído muchos libros romanticones, quizás de algún idiota que deambula por ahí contando gilipolleces a la gente.
Yo pasaba de ese asunto. Chat Noir nunca se enamora, y encima de esa cría estirada que ha crecido llena de lujos y riquezas, por no decir que además es la hija del malnacido que mató a mi familia.
Y una mierda. Por esa no siento nada más que lástima por ser engendrada por dos mierdas con patas y ojos. Y encima la puta boca que tiene, no se calla ni debajo del agua. Una sola palabra: Insoportable. Eso era lo que mejor la describía.
Sin embargo, tenía una constante sensación de malestar en el estómago y todo por culpa del zanahorio y sus discursos de "amor". Ridículo. Había más casualidad de ver a un puto cerdo volando que caer a los pies de esa niñata malcriada. Y sí, era cierto que estaba interesado en fabricar esa medicina, pero no porque me interesase en ella ni muchísimo menos, solo necesitaba mi presa para llegar el momento idóneo y chantajear a Dupain y al nuevo rey que acaban de nombrar. Porque si de verdad ese tío estaba interesado en esta mosquita muerta, entonces mejor que mejor. Más chantaje, más mutilaciones, más sangre, más muerte, más todo.
El sol comenzaba a meterse, y una luz anaranjada cubrió el bosque tornándose a una imagen cálido y reconfortante. El anochecer era algo que simplemente me fascinaba, posiblemente era de las pocas cosas que más me impresionaban de la vida. Nunca me perdía uno, y era una rutina sentarme y ver los últimos rayos desaparecer por el horizonte. Era nostálgico y agradable, uno de los pocos recuerdos que tenía de mi madre, recordaba su dulce voz cuando me cantaba nada más comenzar a oscurecer, era la mejor forma de quedarse dormido, recordaba su piel suave como la seda acariciar mi pelo y la melodía de su canción transmitía una paz y a una tranquilidad que anhelaba todos los días, porque ahora tengo de todo menos paz.
No podía negarlo: Estaba podrido. Corrompido por dentro y no sentía nada, ni siquiera me siento capaz de recordar aquello que sentía por mi madre. Mi corazón se cerró cuando la sangre de mi familia se esparció por el suelo, y al parecer nada ni nadie era capaz de abrirlo, ni siquiera yo mismo.
—Oye mira esto—la voz de Nathaniel me sacó de mis pensamientos.
—¿Qué pasa?—pregunté con brusquedad, molesto por haber roto mis recuerdos.
—¿Ves eso?—señaló una parte exacto de la hierba, me agaché con el ceño fruncido y observé las diminutas motas de polvo amarillento que se esparcía por el suelo. Su olor era extraño, tanto que sentí un ligero picor en la nariz e irremediablemente estornudé con fuerza.
—¡Buah! ¡¿Qué coño es eso?!—pregunté poniéndome en pie, a la misma vez que me rascaba la nariz.
—En estas épocas los oligianum espolvorean un polvo que atrae insectos y otros animales pequeños para alimentarse de ellos una vez que el efecto fétido los inmoviliza.
—No me jodas—reproché—que queremos curarla no echarla a las fieras.
Nathaniel puso los ojos en blanco.
—EL oligianum no se los traga, se alimenta de los restos en descomposición de los c*******s que se funden con la tierra. Y si el polvo está bajo nuestros pies...
—Entonces el oligianum también lo está.