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3614 Words
Marinette La sensación que tenía en aquellos instantes era similar a la de estar inmersa en una pesadilla. Esas pesadillas que juegan con tu cuerpo y te lo arrebatan de tu propia conciencia haciendo imposible luchar contra un destino que quieres evitar. Mis párpados amenazaban con caer cada vez más, ya ni siquiera sentía mi pierna derecha, sino que era un bulto de carne adherido a mi cuerpo, aunque mirando el lado positivo, era mejor no sentirla que sufrir un horrible dolor que te hace desear con todas tus fuerzas dejar de existir para ir a vivir a un mundo lleno de flores y animalitos pequeños que corretean a tu alrededor. Puede parecer que estoy loca, de hecho hasta yo misma me lo preguntaba, y cualquiera diría que el veneno me había afectado a la cabeza, pero lo cierto era que prefería pensar en animalitos monos que en las tres brujas que me arrastraban por los terraplenes del bosque. Me estaban poniendo verde, eso lo sabía. Debían estar hablando de lo despreciable que era por pertenecer a una clase social que ni yo misma elegí o simplemente riéndose sobre lo patética que soy. Sin embargo mi mente estaba en el quinto pino y agradecí estar sometida a ese veneno. Desde que era pequeña, siempre me había afectado el "que dirán". Durante toda mi vida me he esforzado para quedar bien delante de la persona que tenía delante, en sonreír correctamente y sobre todo agradarle. Nunca me ha gustado no agradar, de hecho cada vez que en clases de hogar alguna de mis compañeras se reía, se burlaba o me criticaba, llegaba a mi casa llorando  y la ama de llaves de la casa me abrazaba fuerte para consolarme.  Ahora, estaba sola y rodeada de gente que me detestaba, comenzando con el que me había traído allí: Chat Noir.  Aún no me creía que ese tipo pudiese ser capaz de perder el tiempo buscando una cura para mi, "la noble que no se merece ni que la escupan". De hecho, no lo creía y estaba segura de que solo había sido una escusa que se había inventado Alya para hacerme sentir mejor y no preocuparme mientras muero entre terrible dolor y sufrimiento, con la esperanza de que un príncipe azul viniese a por mí.  Pues mentira.  Me encantaban los cuentos de hadas, sobre todos aquellos donde el príncipe azul rescata a la damisela capturada por un salvaje dragón o aquellas historias de princesas atacadas por bandidos y defendidas a punta de espada por un apuesto caballero, pero todas aquellas fantasías se borran cuando la realidad te salpica de la forma más cruel  mezquina de todas: Llevaba atrapada casi más de dos semanas, prisionera de un hombre de inquietante mirada esmeralda que no me dejaba ni respirar.  ¿Dónde se suponía que estaba mi príncipe en aquellos momentos?   Ni idea, al parecer su brújula se había estropeado o simplemente habría salido en busca de alguien más mujer que yo.  Sentí como la mano de la mujer que me sujetaba, dejó de hacer presión sobre mi brazo y fue entonces cuando caí al suelo. Recorrí todo mi alrededor con la mirada y me percaté de que estaba justo pegada a la horilla del arrollo.  Mis pupilas se hicieron pequeñas y mi cuerpo comenzó a temblar con fuerza.  El agua me aterraba horriblemente, no tenía ni idea de como nadar, jamás se me había dado la oportunidad de aprender, aunque siempre había sido reacia a hacerlo.  Cuando tenía ocho años  tuve que presenciar como una de las niñas de la élite con las que solía jugar se ahogaba en el río  Sena,  su rostro de pánico al igual que los movimientos desesperados que ejercía con sus brazos para intentar no ahondarse, se quedaron grabados en mi cabeza y se me reproducen una  otra vez cada vez que veo una gran masa de agua.  Me encontré rodeada por esas tres mujeres que me miraban con la diversión reflejada en sus caras.  Genial, si esas dos semanas había estado necesitada de un príncipe azul, ahora necesitaba al menos a un caballero con la fuerza de mil príncipes para que me sacase de aquella situación,  Tenía ganas de gritar, de salir corriendo y no mirar atrás, pero no podía. El veneno se había extendido por algunas partes que jamás pensé que pudiesen verse afectadas por alguna anomalía. No tenía fuerzas para nada, ni siquiera para gritarles cuatro barbaridades que me moría por decirles a esas tres arpías. Porque si iba a morir, al menos me gustaría poder decir dos palabrotas.   —Pero si estás temblando...—dijo la bruja número dos, la maniática de los baños a temperaturas bajo cero.  Escuché como una de ellas se acercaba a mí, sus pasos cesaron cuando se quedó a muy pocos centímetros de mi cuerpo y con todas las fuerzas que fui capaz de sacar, levanté mi cabeza para mirar a la dueña de aquellos pies.  Genial... La bruja número uno: Lila Rossi.   —Yo pensaba que los de vuestra calaña al menos tenían dignidad—dijo mirándome desde arriba y haciéndome parecer a mí como un perro que espera a los pies de su amo las siguientes órdenes—¿No piensas hacer nada? Al menos para hacer esto más entretenido—se encogió de hombros  y se miró las uñas con altanería. —no se... ¿Gritar al menos? o... ¿pedir ayuda a tu papaíto?   —El agua—fue lo único que mi boca pudo decir. O más bien fue el instinto de supervivencia lo que habló por mí.   —¿Qué pasa con el agua?—espetó Lila.  Intenté levantarme del suelo, me apoyé con mis manos y mis piernas temblaron con debilidad.   —No puedo estar cerca del arroyo—dije haciendo una mueca de dolor.  Maldición el dolor había vuelto.   —¿Y eso por qué?—la voz de amargada de la bruja número dos se me metió en los tímpanos—si solo vamos a hacer la colada.  "¿Y a ella que le importaba el por qué?"   Me mantuve callada hasta que sentí como algo me golpeaba la pierna. El pié de la bruja número uno.   —Te han hecho una pregunta—insistió Lila.    —Me da miedo—solté al fin, con la esperanza de que quizás me alejasen de la horilla del arroyo—me da miedo el agua—me abracé a mí misma, sintiéndome completamente ridícula diciendo aquello, pero la verdad era esa y no podía hacer nada para cambiarla.   —Escuché decir que los miembros de la corte no eran más que apariencias y palabrerías, pero jamás pensé que sería cierto—se mofó la bruja número tres por primera vez.   —No sabe nadar...—Lila sonrió divertida, evitando con todas sus fuerzas reírse en mi cara—algo tan básico como caminar o hablar y tú...  no lo sabes.   Miré al suelo avergonzada, en cierto modo tenían razón y no saber nadar era patético, pero ellas no tenían idea de nada, no sabían nada de mi vida, ni de mi pasado y aunque pensasen que mi historia era todo color de rosa, lo cierto era que podía llegar a ser más oscura que la suya y de eso estaba segura, porque desgraciadamente a mí me había tocado sufrir más de la cuenta.   —Bueno, siempre hay una primera vez para todo—dijo Lila.   Nuevamente unos manos me agarraron de los brazos y me obligaron a caminar.   —No—dije intentando sacar la pocas fuerzas que le quedaban a mi cuerpo, ya ni siquiera me importaba e veneno de la cascabel, solo quería alejarme del agua y sobre todos de esas tres —por favor no, no puedo nadar  Nada pude hacer y solo noté como me quedaba sin aliento cuando mi cuerpo se zambulló en el agua.  ...  Chat Noir   —¿Cuánto tardarás en hacer eso?—pregunté con impaciencia mientras que divisaba a apenas unos metros el campamento.   —No mucho, pero necesito coger algunos instrumentos para mezclarlo y pulirlo todo—explicó Nathaniel examinando el estado de la flor.   —Pues hazlo rápido y trae tu trasero a la cabaña, no quiero que se vaya a la mierda todo el viajecito—ordené mientras me separaba de él—Te espero allí.  Necesitaba verla. Ver su estado y saber si había empeorado, o al menos no encontrarme con una c*****r tumbado en mi cama.  Abría la puerta de golpe y está golpeó con fuerza la pared haciéndola resonar fuertemente.  Mis ojos se plantaron en la puerta de mi habitación y no pude evitar fruncir el ceño cuando vi que estaba atrancada con una silla. Rápidamente la quité del picaporte y esta cayó hacia un lado. Abrí y escruté toda la sala con la mirada hasta que se posó sobre una chica que estaba sentada en mi cama y con ambas manos sobre sus mejillas. Alya. Pero de ella... ni puta idea.   —¿Dónde está?— pregunté.  Cuando escuchó mi voz, levantó la cabeza e inmediatamente se puso en pie para correr hacia mí, con un brillo en los ojos que me hacía ver como si fuese un puto héroe.   —Menos mal que ya llegaste—dijo y por el tono que utilizó supuse que algo había pasado.  Mierda como se haya muerto me cago en los muertos del zanahorio por haber sido tan lento.  Eso no era lo que tenía que pasar. Tenía muchos planes para ella... en cuanto a su padre se tratase, claro. Pero ahora todo se  me había ido a la mierda.   —Se la han llevado—dijo Alya sacándome de mis pensamientos.   —¿Qué?—fruncí el ceño confundido.   —Al arrollo, Lila ha estado aquí—aclaró ella y notaba como cada vez estaba mas nerviosa. No lo entendía muy bien pero parecía como si a Alya le importase esa noble—te estaba buscando y cuando ha visto a Marinette en su cama se ha puesto como loca y perdió los papeles—se llevó una mano a la frente y suspiró—no quiero meterme en nada que no me incumba pero... creo que estaba celosa.  Me cago en la puta. Literalmente.     —Joder...— me di vuelta salí de la cabaña.  ▪️▪️▪️ Chat Noir  No iba a estar dos días enteros en el bosque con el zanahorio por nada. Y si Lila me iba a j***r los planes primero se las iba ver conmigo.  Sabía perfectamente que Lila era una puta loca que estaba obsesionada conmigo y no había día que no llamase a la puerta de mi cuarto. Pero si bien era una pesada, en la cama era un bendito ángel que me llevaba al cielo. Supongo que yo podría llegar a ser igual que ella, y cuando ella no me buscaba, era yo el que salía en su busca. Era mutuo, nos necesitábamos el uno al otro. Me hundía en ella cada vez que necesitaba olvidar o dejar de lado todas mis preocupaciones, o simplemente cuando mi cabeza me jugaba una mala pasada y me llevaba al momento exacto del asesinato de mis padres. Pero no quería que se confundiese, de hecho yo mismo se lo aclaré en el momento en el que decidimos empezar esto. Nuestra relación sería únicamente carnal, algo así como un trato interesado para ambos, donde nuestros cuerpos eran lo único que estaba en juego. Nada de sentimientos, ni emociones y a veces ella parecía no entenderlo. Yo no tenía tiempo para fijarme en nadie, además dudo que en mi corazón hubiese hueco para el amor, había sufrido mucho y tenía la sensación de que si metía otro sentimiento más en él, explotaría.  Sin embargo allí estaba yo, prácticamente corriendo hacia el arroyo con ese mismo corazón en un puño y deseando que Marinette siguiese con vida.  Y ahora venía la pregunta del millón: ¿Por qué coño lo hacía?  En otra ocasión había dicho por interés, pero la cosa era que ni yo mismo lo sabía.  No era la misma sensación de cuando has perdido un bien material como una pistola o una espada. No. En ese momento tenía un nudo en el estómago que no me dejaba ni respirar.  Escuché a lo lejos algunas voces y algunas risotadas que a más de uno le podría producir dolor de cabeza. Entonces las vi, a las tres regocijándose al pie del arroyo observando algo bajo sus pies y que se removía en el agua.  j***r.   Mis pasos se hicieron mas fuertes y cuando me escucharon las tres se callaron y se pusieron blancas como la leche. —S-Señor...—tartamudeó Dionisia.  ¿Qué coño hacía ella ahí? ¿Qué hacían las tres juntas?  Y lo que es más importante que le estaban haciendo a mi prisionera.  Ignoré completamente a las tres y me centré en la chica que se removía en el agua del arroyo pidiendo ayuda a gritos. Fruncí el ceño, parecía estar... ¿Ahogándose? No... No podía ser. Una persona no se puede ahogar en un lugar donde el agua ni siquiera me llegaba a las rodillas, era ridículo.  Sin embargo su rostro, reflejado por el pánico y sus ojos rojos irritados por las lágrimas  fueron suficiente respuesta para mí.   Me precipité al arroyo y la agarré de los brazos para incorporarla y  la cogí en voladas. En cuanto la tomé entre mis brazos sentí como ella se aferraba fuertemente a mí, y metía su rostro en el hueco de mi cuello cómo si de alguna manera buscase refugio en mí. Mierda, lo había pasado mal  y todo por culpa de esas tres hijas de puta.  Mi ropa se mojó al entrar en contacto con la de ella, que estaba completamente empapada y su pequeño cuerpo temblaba impetuosamente. La agarre con más fuerza, apegándola más a mi cuerpo y aligeré el paso para llegar mi habitación, porque lo que más deseaba en ese momento era meterla a mi cama y por primera vez en mi vida no lo quise hacer para un fin s****l.   —C-Chat Noir, cariño—dijo Lila con una sonrisa fingida. Se interpuso en mi paso deteniéndome en seco—lo que ha pasado aquí... no es lo que...   —Quítate de mi camino—dije con un humor de perros.  Me contuve para no mandarla a tomar por culo.  La mirada de Lila se desplazó hacia Marinette.   —¿Vas enserio?—inquirió—¿por qué estás haciendo todo esto?  Ignoré completamente sus palabras y la esquivé para seguir mi camino mientras que la escuchaba despotricar miles de cosas en contra de mí  y de la chica que tenía entre mis brazos.   —No lo entiendo ¿Por qué la proteges tanto? ¡Maldita sea! ¡¿Por qué te preocupas por ella?!  Cada palabra que soltaba me cabreaba más, porque técnicamente todo lo que decía era cierto y porque no tenía ni puta idea de como responder ninguna de esas preguntas. ▪️▪️▪️ Chat Noir  Abrí la puerta de la habitación de una patada y esta chocó estruendosamente contra la pared.  Caminé hacia mi cama y la deposité cuidadosamente sobre ella.   —No, no. Por favor no me dejes—me pidió ella sin soltarme el cuello—no me sueltes.   —Ya esta, tranquila— tomé sus manos y con cuidado deshice su agarre—ya se han ido y no hay más agua ¿vale?   Recorrió con la mirada toda la estancia, pero su mirada temerosa no desaparecía.  Ni más faltaba, había vuelto a la misma habitación en la que llevaba encerrada casi dos semanas.   Me llevé ambas manos a mi cabello y lo despeiné levemente mientras daba vueltas por toda la habitación. Mi mirada se posó sobre ella y me percaté de que me estaba mirando, pero enseguida desvió sus ojos y los posó en el techo.   Se abrazó a ella misma y se hizo un ovillo mientras tiritaba.   Agarré una manta que había a los pies de la cama y se la tiré a la cabeza para que se arropase.  Después caminé hacia la ventana y saqué mi pistola para comprobar que iba bien y jugueteé con ella pasándola de una mano a otra con la intención de acatar mis nervios. Vi por el reflejo del cristal que me miraba con los ojos muy abiertos, agarraba la sábana con fuerza y se ocultaba con ella.  Mis ojos se dirigieron hacia la pistola...  Suspiré.   —Joder...—maldije tirando la pistola de mala gana en una mesita de madera. Me giré nuevamente hacia ella y me senté sobre la cama bajo la mirada desconfiada de ella—enséñame esa pierna a ver como la tienes.   Ella continuó mirándome bajo esa manta que utilizaba como escudo, como si de alguna forma pudiese protegerse de mí con eso.   —No voy a hacerte nada—agarré la sábana y tiré de ella hacia un lado. Su vestido, completamente empapado se le había pegado a su cuerpo como un segunda piel y mis ojos no pudieron evitar recorrerla de arriba abajo.  Su piel estaba pálida por el veneno de la serpiente pero al menos parecía más espabilada, seguramente por el agua fría del arroyo.  Abrí uno de los cajones y saqué una camisa negra de las que solía ponerme. Se la tiré  la cama y ella se quedó mirándola durante unos segundos.   —Póntela—ordené mirándola seriamente.   —No voy a hacer eso delante de ti—dijo nuevamente sacando a la luz su timidez femenina.   —No me jodas—espeté malhumorado, sin embargo terminé por coger una silla y sentarme en ella de espaldas a la señorita "no me mires que me da vergüenza"—ni que tuvieses ahí la corona  del rey.   Ella ignoró mis palabras y se cambió en silencio mientras yo esperaba como un gilipollas mirando a la pared. Esto  es ridículo.   —¿Por qué le temes al agua?—pregunté, esperando hacer el tiempo más ameno mientras esperaba a que terminase de cambiarse.   —No se nadar—contestó simplemente.   —No me vengas con esas. Ese arroyo no te llega ni a las rodillas, no hace falta saber nada para eso y sin embargo te estabas ahogando como si estuvieses en medio del mar—no pude evitar sonreír ante tal patética situación.  —La profundidad es lo que menos importa, donde hay agua siempre cabe la posibilidad de ahogarse—dijo ella.  —Eso no tiene ningún sentido—dije enarcando una ceja.  —Sí que lo tiene.  —Entonces según tú, una persona puede ahogarse en un vaso de agua—dije observando su sombra sobre la pared.   —Te estás burlando de mí—me acusó, y por fin volvió ese tono inquisitivo que siempre había utilizado para hablarme.   No pude evitar soltar una risotada.   —No me estoy burlando,—confesé—solo me haces gracia.    —¡Yo no hago gracia!—se quejó molesta y vi como su sombra ponía los brazos en jarra.   —Sí que la haces—contradije.  En esta ocasión me dejó a mí con al última palabra. —Oye ¿Cuánto se supone que tardas en quitarte un puto vestido?—inquirí molesto—paso de esperar medio siglo esperando a que la señorita se cambie. —¡No me metas prisa!—gruñó y sentí como algo me caía sobre la cabeza.  Solté una maldición y me quité de mala gana el vestido empapado que me había lanzado.  —¡Se acabó! a me he cansado de tus jueguecitos. —sentencié--Voy a darme la vuelta.  —¡No! ¡Espera, todavía no estoy lista!—gritó, pero no le hice ni puto caso y me giré.  Vi como se ponía mi camisa atropelladamente, a toda prisa sin dejarme tiempo a verla.  Me quedé mirándola durante unos segundos y noté como se incomodaba ante mi mirada. No pude evitar esbozar una sonrisa burlona.   —¿Qué miras?—preguntó, pero la autoridad con la que intentaba decir sus palabras se le quitaba al verle las mejillas sonrojadas.   —Te has puesto la camisa al revés—la señalé con el dedo índice y ella se miró.   —¡Eso es por tu culpa! ¡Me has metido prisa.   —No me calientes los huevos, yo no  tengo la culpa de que te hayas puesto mal la camisa, además me has tenido cinco minutos mirando como un idiota a la pared y ni siquiera te la habías puesto ¡¿Qué coño has estado haciendo mientras tanto?!   —¡Yo siempre tardo mucho en cambiarme !—contraatacó, pero su expresión furiosa se vio interrumpida por una mueca de dolor.  Perdió el equilibrio y casi cae al suelo de no ser porque yo fui más rápido y la sujeté de la cintura, ella se agarró a mi cuello y finalmente yo también caí al suelo y de no ser porque apoyé mis manos en el suelo justo a tiempo, hubiese caído encima de ella.  Entonces la vi, sus ojos azules muy abiertos mirándome fijamente sin decir nada, pero lo ilógico era que yo sentía que por esos ojazos quería decirme muchas cosas.  Ninguno de los dos dijo nada, nos quedamos fijos el uno en el otro hasta que la condenada tuvo que abrir la boca y estropearlo todo.   —Chat Noir—dijo y sentí un escalofrío al escucharla nombrarme—¿Es verdad que saliste a buscar una cura para el veneno?
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