Marinette
Cuando dije que estaba necesitada de un príncipe azul, nunca me imaginé que fuese precisamente él quien me defendiese de esas tres.
Parecía una jugarreta del destino y por un momento llegué a pensar que el de ahí arriba se estaba riendo de mí. Quien diría que al final el príncipe apareciese vestido de n***o y con unos afilados ojos verdes. A veces me replanteo si fui tan mala en mi otra vida como para merecer aquello. ¿Por qué tenía que ser él? ¡Maldita sea! El cretino que me humilló y me trató como un basura era el mismo hombre que me había sostenido entre sus brazos y me había sacado de ese infierno donde me encontraba sumergida.
Aunque por muy cretino que fuese, e cuanto lo vi mirándome con una expresión muy parecida a la preocupación, no pude evitar abrazarlo con fuerza con la esperanza de que me sacase de ahí lo más rápido posible.
Y lo odiaba.
Lo odiaba a él y a la situación.
¿Por qué? Pues porque soy tan estúpida como para tener la maldita sensación de sentirme verdaderamente protegida entre sus brazos. Su cercanía..., la calidez de su cuerpo me reconfortó y no miento cuando digo que realmente me odio a mí misma por haberme sentido así con él.
No podía hacer eso, no podía refugiarme en el chico que me había secuestrado, y había matado a mi madre y a mi mejor amiga. No podía evitar confundirme de esa manera.
No podía negar que Chat Noir era terriblemente atractivo, y creedme, eso lo hace todo más difícil, porque cada vez que lo tengo delante de mí, no puedo evitar sentir mis piernas flaquear y sobre todo sentirme avergonzada cada vez que me miraba o se dirigía a mí. Su cuerpo era sin duda de otro mundo, torso plano y esculpido y hombros anchos que enmarcaban su perfecta espalda, por no mencionar su cabello... rubio y tan brillante que amenazaban con retar a los rayos del mismísimo sol. Pero lo que más me fascinaba de él eran sus ojos, verdes y brillantes como dos perfectas esmeraldas. Eran tan hermosos como inquietantes, sobre todo cada vez que me miraba con ellos de esa forma tan fría y cínica que siempre utilizaba. Eso sí, siempre los llevaba ocultos por ese maldito antifaz n***o.
Muchas veces he intentado imaginármelo sin esa máscara, pero por alguna razón no conseguía ningún resultado. Ese chico era todo un enigma para mí, y lo que más me intrigaba era ver de una vez por todas su rostro al completo.
Sin embargo toda esa "belleza" se le escapaba cada vez que abría la boca. Era un don innato en él: Chat Noir podía decir más de diez palabrotas en una misma frase. Parecía una ametralladora cuando hablaba, y siempre lo hacía para desvalorar a los demás.
Y allí estaba yo, con una camisa negra que me había prestado y con él sentado en una silla de espaldas a mí, esperando a que me cambiase. Debo admitir que me extrañó que decidiese al querer dejarme intimidad para cambiarme, cosa que antes no me permitía y tenía que exponerme completamente desnuda delante de él.
Eso era ya un paso ¿verdad?
Habíamos conseguido entablar una conversación medianamente "normal", aunque claro, no faltó alguna que otra ironía por parte de ambos, supongo que eso ya era costumbre entre nosotros: Si no nos insultábamos de alguna forma seguro que uno de los dos explotaría.
Tampoco logro entender muy bien como llegamos a ese punto, pero de un momento a otro los dos terminamos en el suelo, Chat Noir encima de mí con sus dos manos apoyadas en el suelo, a cada lado de mi cabeza mientras que su electrizante mirada me observaba detenidamente. Me quedé completamente paralizada, a merced de aquellos ojos verdes que en ese momento eran solo míos, pues era yo el objetivo de su atención.
No pude evitar pestañear varias veces con nerviosismo mientras que las palabras de Alya se reproducían en su cabeza.
"Chat Noir ha salido a buscar la cura del veneno de la cascabel"
Ya no podía, no podía contenerme más, tenía que preguntárselo, necesitaba saber si aquello era cierto o solo había sido una mentira piadosa de Alya.
—Chat Noir, ¿es verdad que has salido a buscar la cura del veneno?
Chat Noir
Joder ¿Por qué coño tenía que preguntarme eso ahora?
Me levanté sin decir ni una palabra y la cogí en volandas para dejarla sobre la cama.
—¿Por qué no me respondes?—insistió.
La miré con cara de pocos amigos y me senté en el borde de la cama.
—Tú no te cansas nunca, ¿verdad?—dije apoyando los antebrazos en mis rodillas.
—¿De qué?—inquirió mirándome con una ceja enarcada.
—De ser más pesada que una patada en los huevos—solté con indiferencia.
—Y tú ¿No te cansas nunca de ser un grosero¿—contradijo ella y se cruzó de brazos molesta—y aún no me has respondido.
Resoplé con fuerza y rodé los ojos.
—¿Y qué si es verdad?—dije finalmente—no tiene nada de importancia si he salido a buscar esa cura o no.
—¿Qué no tiene importancia?—ironizó—mi vida depende de ello.
—Por eso mismo—me encogí de hombros—¿Qué importancia tiene?
La vi coger un cojín que había detrás de ella y me lo lanzó a la cara, pillándome desprevenido.
—Eres un desgraciado...—comenzó a pronunciar una larga lista de insultos pero yo no la dejé, le cogí la pierna y con cuidado tiré de ella para acercarla a mí y ver como tenía la picadura.—¡Eh! ¡Bruto!
No podía creerlo, tenía la herida horrible, infectaba amoratada y con pus saliéndole del orificio, ý la condenada tan campante, gritándome y despotricando cosas inútiles.
—¿No te duele?—pregunté con una ceja enarcada.
Me miró a mí y después se miró la pierna. Se encogió de hombros simplemente.
—Un poco—confesó, y por su cara supe que "un poco" en realidad era mucho, pero era demasiado orgullosa como para decirlo delante de mí.
Mis manos se posaron solas sobre su pierna, limpié con la sábana la herida con cuidado con una mano, sintiendo con la otra su pálida piel.
Joder... La tenía condenadamente suave, tanto que se me hacía adictivo, y por un momento tuve la tentación de acariciarla y pasar mis manos por todo su cuerpo, por cada esquina y por cada rincón de él.
—¡Ay!—gritó e impulsivamente me dio una patada en la cara. —¡Me haces daño!
No pude evitar llevarme una mano a la zona donde me había golpeado, aún sin poder creer que hubiese sido capaz de siquiera tocarme.
—¡Oye ¿Pero qué te pasa?!—espeté fulminándola con la mirada.
—¡Me ha dolido!—dijo apartando la pierna—no sigas haciendo eso.
Lancé el trapo hacia un lado y me puse en pie mientras la encaraba con la mirada.
—Estaba limpiando la puta herida, ¿y así es como me lo agradeces?—la incriminé.
—¡Pero eres un bruto y no lo haces bien!—espetó intentando agarrar el mismo trapo para hacerlo ella misma.
—¡Perdóname princesa!—ironicé —perdona por no tener trapos de seda para limpiarte la herida.
—No necesito trapos de seda, sino manos de seda. Y lo que tu tienes son zarpas—se defendió—y no me llames princesa.
—Vale, princesa—dije aún más a adrede. j***r, no por qué pero era adictivo meterme con ella y enfadarla.
La vi entrecerrar los ojos, fulminándome con la mirada.
Dos golpes se escucharon en la puerta.
—¡Ya era hora!—espeté y abrí la puerta de mala gana—¡Menos mal que te dije que te dieses prisa!
—Es fácil esperar sin hacer nada—se quejó Nathaniel mientras entraba a la habitación con un saco—hacía falta que la planta terminase la cocción, sino el efecto no puede ser el correcto.
Hice una mueca de mala gana. Ya empezaba a hacerse el listillo conmigo.
Caminó hacia la cama y se arrodillo para quedar a la altura de la chica.
—Hola—la saludó amablemente—Marinette ¿verdad?
La vi mirarlo con desconfianza al principio, pero después asintió y le sonrió espléndidamente. ¿Desde cuando sonreía así? Desde que la tenía conmigo nunca la había visto sonreír ¿Por ué coño tenía que hacerlo ahora?
—Yo soy Nathaniel—se presentó.
—Zanahorio para los amigos—aclaré cruzándome de brazos.
Lo escuché murmurar algo en contra mía, pero no llegué a entenderlo bien.
—¿Hace cuanto sufriste el accidente?—preguntó el tío.
No me jodas, como sino lo supiese ya, solo lo estaba haciendo para sacarle conversación.
—No sabría decirte exactamente—respondió ella, llevándose una mano al mentón pensativa—he perdido la noción del tiempo ¿sabes?
Nathaniel sonrió.
—Te entiendo—animó él.
—Tres días—solté malhumorado—¿Es qué ahora no sabes contar? Pasó un día y otros dos que fueron los que estuvimos en el bosque—aclaré contando los días con los dedos—y eso que el listo eras tú.
—Solo estaba sacándole conversación para tranquilizarla—me dijo volviéndose hacia mí. —es así como se trata los pacientes.
—Pues nadie de ha pedido que lo hagas—sentencié y me apoyé en la pared de brazos cruzados.
Me fijé en ella y la vi incorporarse en la cama. Posó una de sus níveas manos sobre el hombro del zanahorio y le sonrió. j***r ¿Por qué tenía que sonreír? Yo fui el que lo obligó a salir a por la puta flor, yo fui el que decidió salir al bosque y resulta que él es el que se lleva todo el mérito.
—No le hagas caso, tranquilo—dijo ella.
El zanahorio le devolvió la sonrisa y no me faltó nada para potar.
—Ten, bebe eso.—Le tendió un cuenco con un líquido que parecía mierda pura—.Te ayudará a relajarte, ah y es posible que te entre un poco de sueño.
—Claro, con esa pinta que tiene esa cosa, cualquiera se cae para atrás—intervine mirando hacia la ventana.
—¿A qué sabe?—preguntó la chica y no pude evitar sonreír. Sabía perfectamente que no quería beber esa porquería.
—A cacao—dijo y el muy cabrón le guiñó un ojo—siempre suelo mezclar mis medicinas con sustancias aromáticas, lo que puedas ver son restos de algunos fragmentos de plantas medicinales, pero no tienes que preocuparte; apenas dan sabor.
La sonrisa de Marinettese ensanchó.
—¿Quieres decir chocolate?—preguntó ilusionada.
Nathaniel asintió con una sonrisa cómplice.
—Con otras palabras: Sí—respondió él.
—¡Me encanta el chocolate!—exclamó emocionada.
Puse los ojos en blanco. Enserio esta chica era demasiado "dulce". Tanta inocencia solo hacía que tuviese más ganas de vomitar.
—Entonces, ya sabes,—dijo Nathaniel divertido. Se notaba que esos dos habían congeniado y eso me cabreaba, solo yo podía mantener una relación de proximidad con mi prisionera.—de un solo trago. Además te ayudará a aliviar el escozor cuando te extienda el tratamiento.
Dócil como un corderito se bebió hasta la última gota de ese cacharro mientras, Nathaniel sacó otro cuenco de madera y apartó el trapo que lo cubría. Al instante toda la habitación se inundó de un aroma que olía jodidamente bien.
—Es posible que notes frialdad cuando te lo extienda, pero es normal. Tu cuerpo tiene un temperatura muy alta por culpa de la fiebre y va a notar ese cambio al acostumbrarse a la temperatura de la crema.
El zanahorio se untó sus dos en es masa tan extraña y lo extendió con cuidado en sobre la picadura. Inmediatamente, la chica soltó un pequeño quejido e hizo una mueca.
—¿A él no le das patadas en la boca?—inquirí, pero no me hizo ni puto caso, estaba más centrada en todo lo que ocurría con su pierna que en cualquier otra cosa.
—Creo que con eso será suficiente—por fin el zanahorio se puso en pie y se apartó de la cama—si todo sale como debe ser, mañana se notará una mejoría.
—Eso espero—dijo ella. Bostezó y noté como le pesaban los párpados.
—Veo que el calmante te está haciendo efecto—dijo Nathaniel satisfecho de su trabajo—será mejor que te deje descansar. Mañana vendré otra vez para volver a darte otra capa, así hasta que la herida se elimine por completo.
—Puede dejarme a mí la cosa eso y yo mismo puedo hacerlo—dije dando un paso hacia él.
Noté como una sonrisa apareció en sus labios de zanahoria podrida y enseguida supe en lo que estaba pensando.
—Lo siento, pero en necesario que vea el progreso, así sabré como reacciona el tratamiento en ella. Puede ser que le dé alergia o cualquier otra cosa que impida la curación —explicó y mis ojos se fueron enseguida hacia ella que parecía estar a punto de caer redonda e un sueño profundo. Nathaniel siguió mi mirada y después sus ojos volvieron a posarse en mí—es mejor que la dejes tranquila y que descanse—fruncí el ceño al instante—y no te digo esto para que me saques la navaja, sino para que pienses lo que es mejor para ella,—abrió la puerta de la habitación y se dispuso a salir—si es que de verdad muestras un poco de interés.
Salió de mi cuarto sin darme tiempo a decirle cuatro verdades. Ese tío me sacaba de quicio, y podría jurar que algún día de esos le iba a romper la cara.
Volví a dirigir mi atención hacia ella, ya estaba completamente dormida. La expresión de su rostro estaba relajada, con sus mejillas sonrojadas a causa de la fiebre, sus labios levemente entreabiertos y su pelo esparcidos por la almohada.
No me gustaba aceptar órdenes de nadie, pero acabé por aceptar las palabras del zanahorio y salir de ahí. Además, necesitaba despejarme un poco y salir de aquella habitación de locos.
—Chat Noir...—escuche murmurar su voz, justo antes de salir.
Me giré hacia ella y vi que tenía los ojos abiertos, aunque se notaba que le costaba mantenerlos así.
—Gracias—dijo.
Todo mi cuerpo se puso tenso al instante. Me esperaba cualquier cosa menos aquello.
Dejó entrever una débil sonrisa en sus carnosos labios, y aquello remató la faena ¿Por qué me estaba sonriendo? ¿Qué había hecho para que me sonriese? Estaba siendo un gilipollas con ella no tenía que sonreírme así.
—¿Por qué?—pregunté caminando hacia la cama.
—Sea por el motivo que haya sido, has salido a por la cura para el veneno—dijo sin mirarme—aún no entiendo por qué lo has hecho, pero gracias a ti estoy viva.
No entendía porqué me sonreía, pero lo que menos entendía era mi propio comportamiento.
Levanté una de mis manos y con suavidad aparté los mechones de cabellos azabache que se le pegaba a la frente.
—Descansa—dije.
No esperé respuesta, solo me di media vuelta y salí de ahí, sintiendo asco por mí mismo. Por sentir debilidad por esa cría que no hacía otra cosa que sacarme de quicio.