Marinette
Había pasado una semana desde que comencé con el tratamiento. La picadura de la cascabel había desaparecido prácticamente y solo quedaba una pequeña cicatriz que se parecía a la mordida del conde Drácula. De hecho, Alya y yo habíamos estado bromeando sobre una posible transformación vampírica ya que mi piel lucía muy pálida consecuencia de no ver la luz del sol en días y apenas tenía hambre.
Pasar tiempo con ella me había ayudado mucho, me sacaba temas de conversación por cualquier cosa insignificante como una mosca y me llevaba todo tipo de comida que había cocinado ella, por no mencionar la cantidad de vestidos con los que había llenado el armario de Chat Noir, había más ropa mía que suya y sabía perfectamente, por la cara que solía poner cada vez que abría el armario, que no le hacía ni pizca de gracia ver tanta ropa de mujer en su habitación.
En numerosas ocasiones la compañía de Alya me había recordado a la de Chloe, aunque por mucho que duela, sabía que Alya no podría ocupar nunca el lugar de mi mejor amiga. una mistad de quince años no se borra sí porque sí y tenía la sensación de que en cualquier momento iba a llegar como un torbellino hablando de lo guapos que eran los guardias del palacio.
Por otra parte estaba Nathaniel, el chico que al parecer se encargaba de la salud de todos aquellos forajidos. Desde el primer momento en el que lo vi, no pude evitar fijarme en su cabello, de un rojo que se aclaraba por algunos mechones dándole un aire diferente pero muy atractivo, sobre todo combinado con sus ojos azules. Para mi sorpresa fue muy agradable conmigo. Todos los días venía a verme para examinar la herida y lo que siempre empezaba como una simple revisión acababa siendo una larga tarde de charla donde hablábamos de todo tipo de cosas. Él solía hablar sobre su afición con la medicina y la flora y al ver como yo prestaba especial interés en todo su mundo, él se explayaba y me explicaba todo tipo de cosas sobre la sanidad y algunos trucos muy útiles que a partir de ahora iba a comenzar a utilizar. Un día me trajo un libro sobre plantas medicinales, era enorme y me sorprendió ver como una persona de esa calaña podría poseer un libro tan valioso. Me lo prestó para que pudiese leerlo despacio y con detenimiento. Debía confesar que me había servido enormemente, no solo por el contenido del libro, sino para amortiguar los largos días que pasaba en esa habitación.
Mi cautiverio seguía prácticamente igual, me pasaba horas y horas encerrada en ese maldito espacio de apenas unos metros cuadrados, tan solo había cambiado una cosa: Chat Noir me dejó dormir en su cama, al menos ya no tenía que dormir en el suelo como un animal, además ya no tenía a la bruja número dos vigilándome y trayéndome la comida, de eso ya se encargaba Alya, cosa que agradecí enormemente, porque no hubiese soportado verle otra vez la cara a esa mujer tan espantosa.
Y volviendo al tema de Chat Noir... eso era otro caso. No lo había visto apenas en todos esos días, siempre se las arreglaba para no entrar a su propia habitación y no verme o simplemente, cuando entraba lo hacía asegurándose de que yo estaba dormida. A pesar de ser su cuarto, la cama me la dejaba a mí. Él no se acercaba nunca, y una vez cuando me desperté en mitad de la noche o vi dormido, en una silla enfrente de la ventana, con la cabeza caída y los brazos cruzados.
No sabía si agradecer aquello o no. Por una parte me sentía bien al no tener que interactuar con él, no me agradaba en absoluto y cada vez que hablábamos acabábamos en una pelea de insultos en la que siempre acaba siendo la perdedora. Pero por otra, me sentía la mujer más inútil del mundo, no aportaba nada a la sociedad, mi vida se basaba en dormir y comer como una mascota y eso a mí me sacaba de quicio.
Aún no veía el momento de poder escapar, pero no desperdiciaría ni una oportunidad para poder salir de esta habitación lo antes posible.
Chat Noir
Apunté bien con mi pistola y cerré uno de mis ojos, concentrándome en el blanco.
Apreté el gatillo y la bala de clavó en el blanco, justo en el círculo rojo que había dibujado en el árbol. Últimamente estaba muy despistado, no escuchaba bien las cosas a la primera y me costaba concentrarme, y estar con los pies en la tierra, cosa que me jodía bastante. No podía flaquear delante de estos idiotas o se me echarían encima.
Saqué una bala de mi cinturón y recargué la pistola, listo para volver a disparar.
Sabía perfectamente que mi estado de humor se debía a la chica que tenía encerrada en mi cuarto. El zanahorio había estado visitándola todos los días y según me había contado, la herida ya había cicatrizado casi completamente. Igual que Alya, que se dedicaba a llevarle comida y ya que estaba, se quedaba con ella y se pasaban horas y horas hablando, no me hacía ni puta gracia que estableciesen ningún tipo de amistad, solo sería un obstáculo para mi plan, pero al parecer la chica estaba cautivando a todo aquel que se le acercaba y ante eso yo no podía hacer nada. Además Alya no presentaría ningún problema, al menos era mejor que la incompetente de Dionisia. Después de lo que pasó en el arroyo no he vuelto a dejar que se acerque a ella. Con eso ya habían sido dos las veces que he visto a la chica llorar y no me hacía ni puta gracia.
Y esa era otra razón más por la que estaba hecho mierda. No podía evitar pensar en ella, por cada paso que daba tenía la sensación de que algo no iba bien. Con esta habían sido tres las veces que casi muere: Una en las arenas movedizas, otra por la serpiente y otra porque tres locas casi la ahogan en el arroyo.
Con estos pensamientos volví a disparar y en esta ocasión la bala se incrustó completamente en el tronco del árbol.
La satisfacción se reflejó en mis ojos. Volví a recargar y levanté mi arma dispuesto a disparar, pero entonces, una mano se posó sobe la mía y me obligó a bajar la pistola.
—¿Qué haces aquí?—pregunté sin siquiera mirarla a la cara. Me separé de ella y volví a apuntar al árbol.
—No has venido a verme desde hace mucho, cariño—dijo, caminando de esa forma tan excitante que solo ella sabía hacer—te he echado de menos.
—Digamos que tenía que castigarte de alguna forma—dije y sin esperar respuesta, disparé provocando un estruendoso sonido.
—¿Por que?—pregunto, posicionándose detrás de mí mientras que me acariciaba desde el cuello hasta los hombros—¿Es que he sido una chica mala?
No pude evitar sonreír con socarronería.
—Has tocado a mi chica—solté, sabiendo que llamar así a mi prisionera, podría celosa a Lila—y eso no se hace.
—¿Tú chica?—inquirió molesta. Despegó las manos de mis hombros y se puso delante de mí—¿Desde cuando la llamas así?
—Desde que duerme en mi habitación—expliqué, y volví a recargar la pistola.
—No sabía que los prisioneros recibiesen tantos privilegios—espetó—¿No te das cuenta? La odias por ser de una clase social superior, pero aunque la tienes aquí privada de su vida, sigue viviendo como una reina: Duerme en la mejor habitación, le llevan la comida, le proporcionan vestidos decentes—comenzó a contar con los dedos—esa niñata no lleva una vida muy diferente a la que llevaba. No sabía que había cambiado la forma de tratar a un prisionero.
Solté un suspiró y me metí la pistola en mi cinturón. La encaré con la mirada y vi como se hacía pequeña al verme tan serio.
—Lo que yo haga con mi prisionera no es asunto tuyo—dije—así que deja de meterte donde no te llaman y permanece alejada de todo eso.
Lila soltó un carcajada repleta de ironía.
—¿Te refieres a lo que pasó en el arroyo, verdad?
No le respondí, tan solo le sostuve la mirada esperando a que continuase.
—Solo nos estábamos divirtiendo un poco. Sabíamos que ese arroyo no cubría, las posibilidades de ahogarse eran mínimas, por eso no hacíamos nada—explicó.
—Claro que no debisteis hacer nada, porque no tendríais que haberla sacado de a habitación—aseveré—casi me echáis a perder todo, solo por culpa de los putos celos que tienes.
—No son celos, cariño—coló una de sus manos detrás de mi nuca y me atrajo hacia ella de forma posesiva—es lujuria ¿Comprendes? No soporto que nadie que no se yo te haga sentir bien.
—Y yo no soporto que me traten con un puto muñeco—respondí tirante. Ese tono que utilizaba conmigo me excitaba, pero también me cabreaba—sabes que yo no soy de nadie. Yo no soy tuyo, pero tú y todo esto si ¿Me entiendes?
Me miró seria durante unos instantes, pero finalmente esbozó una sonrisa.
—Tienes razón.—Dijo—.He sido una niña mala y me he portado mal—se acercó a mi oído —.vas a tener que castigarme—susurró.
Sonrei y siguiéndole el juego me acerqué a su oído, ella sonrió complacida pensando que muy pronto la haría sentir bien.
—No vuelvas a acercarte a ella—le susurré—porque entonces si que voy a tener que castigarte de verdad.
Me separé de ella dejándola sorprendida y a la vez con las ganas de ser follada bien duro.
Marinette
Otra vez la misma historia de siempre. El día había transcurrido tan pésimo y aburrido como todos, ya veía como el sol se había ocultado en el horizonte y la luna llena aparecía en el cielo oscuro, iluminándolo con su suave pero pacífica luz.
Suspiré pesarosa mientras removía con el tenedor la comida que me había traído Alya. Era una especie de sopa hecha con muchos tipos de verduras y pequeños tacos de carne que no sabría decir de que tipo era, pero estaba muy sabrosa y que masticaba muy bien.
Esta vez Alya no se había quedado a hacerme un poco de compañía, según tenía entendido estaba frecuentándose con un chico de aquella extraña "civilización". Así que pasé e día entero sola, aburrida y carcomiéndome la cabeza. Me dio tiempo a hacer de todo: Leer el libro de Nathaniel, cepillarme el pelo durante horas para que esté suave, contar todas las manchas del techo y sor todo pensar en como hablar con Chat Noir, porque ya lo tenía decidido y era que no pensaba seguir en es habitación sin hacer nada. Necesitaba moverme y sentir que mi cuerpo es útil para algo.
Sin embargo, tal y como había hecho los demás días, Chat Noir no apareció en todo el día, pero esa vez no iba a quedarme con la boca cerrada. Los días anteriores me había quedado despierta durante horas, esperándolo mientras me hacia a dormida y tal y como predecía, él siempre llegaba a la habitación a media noche, a la hora a la que se suponía que yo estaba dormida y no tendría que compartir ni una palabra conmigo.
Ese día en lugar de fingir, me quedé sentada en la cama, con las piernas arropadas y las manos sobre la manta, esperándolo.
Y no falló: Justo cuando la luna indicó la media noche, el pomo se movió y la puerta se abrió con suavidad, intentando hacer el menos ruido posible.
Justo cuando sus pies entraron el la habitación su mirada esmeralda se cruzó con la mía. Vi como su cara se fue transformando poco a poco en una mueca, soltó varias maldiciones en voz baja.
"Tranquilo amigo, tú tampoco me agradas mucho" Pensé.
—¿Qué coño haces despierta?—dijo de mala gana, mientras se quitaba un chaquetón bastante sucio de polvo y lo dejaba caer en el respaldo de la silla—deberías estar dormida.
—Te estaba esperando,—dije encogiéndome de hombros—quiero hablar contigo.
Vi como esbozaba una sonrisa falsa y mis ojos se posaron en sus manos que desabrochaban su camisa de na forma tan lenta y pausada que comenzaba a producirme escalofríos.
—Pues has perdido el tiempo—contestó sin más—porque yo no quiero hablar contigo.
Mis ojos aún seguían fijos en su torso, sobre todo cuando la camisa entreabierta comenzaba a dejar al descubierto su trabajado abdomen, marcado con gran maestría. Tuve que pestañear varias veces para volver a la realidad.
—Solo será un momento—pedí, pero él pareció ignorarme. Me dio la espalda y se quitó la camisa completamente. Esta vez mis ojos se clavaron en su espalda... Y... madre mía, parecía una psicópata mirándolo, su piel parecía tan suave, con un ligero bronceado, sus hombros anchos y los músculos de su espalda se tensaban cuando sus brazos se quitaron la camisa.
¿Por qué se está desnudando delante de mí? Mi corazón se detuvo un momento, no me había parado a pensar pero... ¿Y si por fin decide cobrarse la venganza? ¿Y si pretende tener sexo conmigo?
Mis pupilas se dilatan por un momento y mi vello se eriza por el miedo recordando momentos angustiosos que se habían quedado enterrados y no quería sacar a la luz.
Mi angustió cesó cuando lo veo sacar de su armario ora camisa de color blanco, se la coloca deprisa y se gira de nuevo hacia mi pillándome infraganti.
"Maldición, me ha pillado" Pensé.
Mis mejillas adoptaron una ligera tonalidad de rojo y parpadeé varias veces con nerviosismo.
—¿Disfrutando del espectáculo, o qué?—espetó mientras se abrochaba los botones y quitándome todas las vistas.
Si lo viese Chloe, fijo que pensaría todas las formas de hacerle hijos.
—Para nada—dije bajando la mirada y fijándola en mis manos, que se movían con nerviosismo, arrebuñando la sábana una otra vez.
Chat Noir pareció darse cuenta de ello y enarcó una ceja.
—Como sigas así le vas a hacer un agujero a la sábana—reprochó.
Inmediatamente dejé la manta tranquila y posé sobre ella mis manos. Cuando lo vi otra vez con su camisa completamente puesta, mi mente se colocó en su sitio y recobré la compostura.
—¿Vas a escucharme o no?—insistí impaciente.
Lo vi rodar los ojos mientras soltaba un suspiro cansino, después sin decir nada agarró la silla y sin dificultad la puso junto a mi cama. Se sentó en ella del revés, de modo que apoyó su abdomen y sus brazos sobre el respaldo y me miró.
—A ver...—dijo con suavidad, y ese tono logra sorprenderme—¿Qué tienes que decirme?
Me quedo anonadada mirándolo otra vez, tan cerca de mi y esperando a escucharme. Así que prácticamente hipnotizada digo lo primero que se me viene a la mente.
—¿Siempre duermes con el antifaz puesto?—pregunté.
Al principio me miró extrañado y con el ceño fruncido y después se levantó y agarró otra vez la silla para largarse.
—Si me vas a hacer perder el tiempo es esa gilipollez, mejor te quedas con esa boquita cerrada—dijo sacando su mal humor a la luz.
—¡No, no, no! ¡No es por eso!—exclamé atropelladamente, abalanzándome sobre él y agarrándolo de la manga de la camisa—solo me ha entrado curiosidad. Pero no era de eso de lo que quería hablar.
—A veces me cansas, bichito—dijo en un tono cansado.
—Esas son las consecuencias de tenerme aquí encerrada,—espeté—así que lo mínimo que puedes hacer ahora es soportarme.
Dejó entrever una sonrisa ladeada en sus labios, aquello le divertía.
Se sentó otra vez en la silla y me miró con expectación.
Cogí todo el aire que mis pulmones fueron capaces, armándome de valor. Sabía que aquello no iba a ser fácil y seguramente todo saldría horrible: Yo llorando y el furiosos y saliendo de la habitación. Pero tenía que intentarlo porque aquello podía suponer mi oportunidad de escape.
Así que cerré mis ojos y dejé que todo saliese, sin pensar muy bien.
—Me siento como una estúpida—solté de golpe.
A lo primero la sorpresa se reflejó en su cara, sin duda no se esperaba aquello. Luego soltó una pequeña carcajada que se vio muy atractiva en su rostro.
—No lo sientas bichito. No se puede luchar contra algo que uno es—dijo divertido.
Lo fulminé con la mirada y me dieron ganas de coger la almohada y pegarle con ella en la cara, pero me contuve. Quería que la situación tuviese cierto grado de seriedad y madurez.
—¡No es por eso!—aclaré—Me siento estúpida porque no hago nada de provecho. Me paso el día encerrada como si fuese u mascota, tan solo como y duermo.
Su mirada se oscureció en unos instantes, después me miró con incredulidad.
—¿Y con eso qué me quieres decir?—preguntó serio.
—Que me dejes salir—dije—y no te estoy pidiendo la libertad, solo te pido que si me tienes aquí retenida que al menos pueda ser alguien de utilidad.
—Puedo hacerte útil aquí y ahora, bichito—dijo—en esta cama para ser exactos—una sonrisa maliciosa apareció en sus labios. Temblé instintivamente y me abracé a mí misma—pero la verdad es que no me pones lo suficiente como para tocarte.
"¿Qué? ¿Pero de qué va?"
—¿Cómo?—inquiero fulminándolo.
—Digo—se acercó un poco hacia mi—que cuando se te quite esa cara de cría que llevas, puedas hablar de utilidad.
—¡Una mujer no es solo útil en la cama!—exclamé molesta.
Chat Noir enarcó las cejas, fingiendo sorpresa.
—Esas palabras no son muy decentes para una señorita como tú, Marinette—ironizó.
Escuchar mi nombre pronunciado por su boca, provocó que un escalofrío recorriese mi espalda.
—¿Por qué no puedo ser como Alya?—insistí—Se que no estoy acostumbrada a trabajar, pero puede que con un poco de práctica pueda...
—Ni de coña—me interrumpió.
—¿Por qué no?—pregunté molesta por la rapidez de su respuesta.
—Porque lo digo yo—dijo poniéndose en pie de golpe.
—Esa razón no vale—me quejé, inflando las mofletes y cruzándome de brazos enfadada.
Chat Noir me miró viendo como la poca paciencia que había podido percibir acaba por acabarse.
—¿Quieres razones?—inquirió y yo sin pensarlo asentí.—Bien pues empecemos—se sentó en una esquina de la cama levantó un dedo—¿Sabes barrer?—me quedé mirándolo seriamente pero acabé negando con la cabeza. Levanto un segundo dedo—¿fregar?—volví a negar—¿Cocinar? ¿Lavar?—negué nuevamente—¿Sabrías coger un arma para defender los alrededores?
Negué con la cabeza casi por instinto, pero meditándolo mejor... ¿Me dejaría coger un arma si supiese? ¡Podría utilizar eso para escapar!
—Bueno... puede que la última sepa algo...—dije, pero mi inseguridad me delataba.
—Una mierda.—espetó—Tú no has cogido un arma en tu puta vida. Ni la vas a coger, no mientras yo esté por medio.
—¡Bueno puede que eso no! ¡Pero por lo demás si puedo aprender ¿No?!—me desarropé con brusquedad y me pude en pie, encarándolo.
—He dicho que no—sentenció.
—Déjame intentarlo...—insistí—Me aburro aquí dentro, sola sin hacer nada.
Soltó una risotada.
—No te traje aquí para pasártelo bien precisamente—dijo.
—Me gustaría que tú te pusieras en mi lugar durante un momento—lo miré enfadada. No. Furiosa—¡ES muy fácil para ti decir: "no"!—la última palabra la pronuncie con voz de hombre—cuando te pasas todo el tiempo de un lado a otro yendo a donde tú quieras sin nadie que te lo impida.
Esta vez ni siquiera se molestó en contestarme. Solo se giró y me ignoró.
—Por favor...—insistí—solo un día.
Negó con la cabeza y se sentó en su silla, acomodándose al lado de la ventana.
—Un día chiquitín—hice un gesto de pequeñez con los dedos—unas horas... Unos minutos... solo un poco...
—¡Haz lo que te salga de los huevos!—gritó, pero más que furioso, sonó desesperado por que me callase.
—¡Yo no tengo huevos!—le incriminé molesta por su falta de respeto.
—¡¿Y que coño me importa?!—exclamó.
Me acerqué a él, y me situó justo enfrente. Se había puesto un sombrero en la cara par taparse de la luz de la luna. Me agaché un poco y con cuidado lo aparté un poco para asomarme.
Abrió los ojos y cuando me vio ahí asomada maldijo fuertemente.
—Me cago en la ostia—murmuró.
—Oye... ¿Eso de "Haz lo que te salga de ahí abajo" significa que me dejas ayudar a Alya?—pregunté.
Se apartó el sombrero para dejar al descubierto su rostro otra vez y se incorporó.
—Solo un día. Pero con vigilancia, así que no intentes nada raro, porque a lo más mínimo te vuelves adentro—me advirtió—ayudarás a Alya a algunas cosas pero no harás todo el trabajo ¿entendido?
Asentí varias veces con rapidez, conteniendo las ganas de poder salir y al menos poder respirar algo de aire puro.
Di un pequeño saltito de la emoción y vi como Chat Noir enarcaba una ceja.
—¡Gracias!—dije , y como si fuese una niña pequeña me fui feliz a mi cama.
—Ahora no quiero escuchar ni una sola palabra más—sentenció y lo vi acurrucarse en la silla mientras que yo me arropaba con las sábanas.
Me sentía bien conmigo misma. Había conseguido mi objetivo y por alguna razón sentía como si hubiese descubierto una pequeña parte oculta de Chat Noir: Había cedido mis palabras y a parecer si casi rechistar.
Un momento... Si ha cedido a mi petición a lo mejor puede responder a otra preguntita más...
—Entonces... ¿No me vas a decir por qué duermes con el antifaz?—levanté levemente mi cabeza para mirarlo.
—Joder...