-¿Amore? ¿Es en serio? ¿No vendrás conmigo a casa? Mi voz suena dudosa, porque realmente quiero que sea una mala broma y que ella me diga que en realidad vendrá a casa, que me permitirá cuidarla, mimarla como solo ella se merece que lo haga. Me esquiva la mirada, como si no soportara el verme a los ojos, y como la conozco, sé que está avergonzada y siente remordimiento. Incluso cuando me responde, su voz se corta por unos instantes, como si quisiera decir otra cosa, pero terminara arrepintiéndose y eligiera algo más. -Yo... No. Lo siento. -¿Por qué? -Mi hija ya dijo que se irá conmigo, no tienes por qué interrogarla. Es su decisión. -Con todo respeto, Roberta, me gustaría hablar con mi prometida sin que usted intervenga. Que tenga amnesia no implica que ella no pueda hablar por s

