Malika.
El misterio de la cadena hizo que mi fin de semana estuviese cargado de tedio y una gran bola de intriga; eso, y el castigo de mis padres que aún se mantiene firme como la frontera de USA con México... Y Fran es esa alma sonsacadora que me hace cruzar de un lado a otro de forma ilícita.
Al tomar asiento en una de los últimos puestos porque tengo muy buenas calificaciones en esta materia, me coloco los audífonos para escuchar música mientras espero a que el aula se llene y a que la profesora llegue.
Me relajo sobre mi asiento con la voz de Ariana Grande acariciando mis oídos, más me sobresalto cuando alguien toca mi hombro repentinamente.
Al abrir los ojos, arrugo las cejas, encontrándome con el imbécil de mi profesor de biología. Antxon permanece cruzado de brazos, mirándome a la vez con un marcado dejo de desapruebo.
Iug, y yo que pensé que no lo vería sino hasta el viernes que me toca ver clases con él, ¿qué coño hace aquí? La espinita de rencor se clava en mi pecho apenas recopilo el inconveniente entre nosotros, apenas han pasado dos días desde lo sucedido. Dos días que no han sido suficientes para mermar el repudio que siento hacia su despota personalidad.
—Dubois —pronuncia mi apellido con una nota de desprecio. Ja, sentimiento que correspondo con mucha reciprocidad al pensar en él.
¡Joder, porque sí! ¡No puedo dejar de pensar en él! Cosa que me resulta bastante molesta porque su existencia debería ser irrelevante para mí fuera del instituto.
—Buenos días, señor Antxon —miro alrededor a propósito—. Me parece que se ha equivocado de aula —comento con un tono incluso más repelente que el suyo.
Él alza la comisura de sus labios en una sonrisa... ¿Maliciosa? Sí, definitivamente algo se trama el desgraciado. Y termino de convencerme cuando me da la espalda, dejándome con la duda. Luego de que el salón se llena, lo veo cerrar la puerta para agarrar una tiza y trazar un cuadro en el pizarrón.
—Nuevo horario, chavales —explicó el gilipollas con título en educación—. A partir de esta semana, verán biología los miércoles y viernes. Me han asignado darles la noticia porque la profesora de cultura científica ha avisado que llegará unos minutos tarde.
¿Qué? ¿Ahora veré clases con este gilipollas dos veces a la semana? ¡Si apenas soporto una! Empiezo a sentirme exasperada y ni siquiera es miércoles aún.
Mi compañera Samantha alza la mano para participar, cuando Antxon le da el permiso, ella pronuncia con afabilidad:
—Nunca tenemos educación física antes de matemáticas, pues a esa hora llegamos lo suficientemente agotados como para pensar en números.
Cierto, quizás se ha equivocado...
—Ah, es que a partir de esta semana también les daré deportes —Cameron dirige la vista hacia mí con toda la intención de joder, lo sé por como me dedica una sonrisa maliciosa, después centra la atención otra vez en Samantha—. Pero tiene razón, señorita Cardona. Podemos invertir las materias, ya que Deporte también les toca el miércoles, entonces ven biología antes de matemáticas y así están más cómodos, ¿les parece?
Justo cuando creí que no podía joderme más la vida... Por primera vez en mis pocos años de existencia, tengo un rival, y me hastía saber que tengo todas las de perder.
Torturo a Cameron Antxon de múltiples maneras en mi cabeza, toques a la puerta del salón son lo que me saca de mis pensamientos macabros para con mi profesor.
El director entra y todos nos levantamos para contestar sus buenos días.
—Podéis tomar asiento —nos permite, aclarándose la garganta—. La profesora de cultura científica acaba de avisarme que no podrá llegar, por lo que me he tomado la atribución de daros la hora libre —luego nos señala a todos—. No vayáis a colocar el instituto patas arriba, por favor.
Al salir, todos guardan sus cosas y salen del salón para aprovechar del momento. Yo guardo rapidamente mis pertenencias en la mochila y me levanto como si de repente mi trasero acabase de adquirir un motor. Quiero alejarme de la presencia de Cameron Antxon lo más rápido posible.
Pero existe un escaso pocentaje de que el destino esté de mi lado y, lamentablemente, estoy comenzando a perder la fe en su misericordia.
—Dubois —el profesor Antxon me llama antes de poder cruzar el umbral.
—¿Señor? —le contesto sin voltear.
—Ven un momento, por favor.
Maldigo internamente a todas las fuerzas malignas que cargo encima y me hunden en la infortuna. Al darme la vuelta, lo encuentro recostado del escritorio con una pierna sobre la otra.
Exhalo a profundidad, aferrando una mano a mi mochila mientras me acerco. Sus ojos detallan hasta el más minúsculo de mis movimientos, ¿por qué lo hace? No me intimida, pero sí me incomoda que un hombre me ande viendo más de lo necesario.
—¿Copiaste el nuevo horario? —cuestiona con un semblante impasible.
—No es necesario, lo he memorizado —le aseguro, intentando restarle relevancia al tema—. ¿Puedo retirarme?
—No —zanja—. Te irás cuando copies el horario.
«Serás...»
Paciencia pidió la Stormi.
Guardando silencio, pongo el culo sobre una silla y saco mi libreta para copiar el horario. De verdad intento hacer todo de manera normal, pero los movimientos bastos me salen por inercia cuando estoy casi al límite de la paciencia.
Mientras la mina de mi lápiz se desliza sobre la hoja, Antxon me observa sin cambiar de postura.
—¿Sabe, señorita Dubois? Las casillas para horarios que vienen impresas en los cuadernos no existen en vano. Y no gasté tiza en el pizarrón para que una adolescente con ínfulas de sabelotodo pase de mis órdenes de copiar el nuevo horario del curso.
Aprieto los labios mientras siento que los dedos me tiemblan de la rabia. ¡Maldito!
—¿Me estás prestando atención, Malika? —por primera vez, me llama por mi nombre, lo cual me tensa sin tener claro el por qué.
Su estúpida pregunta es la gota que hace derramar el vaso de mi inarmonía.
—No estoy sorda, señor Antxon. Aunque dudo mucho que usted pueda asegurar lo mismo, considerando el hecho de que me ha enviado a dirección por una discusión injustificada, alegando que yo le he faltado el respeto, cuando usted y yo sabemos perfectamente que no fue así.
—Eres una alumna bastante eficiente —cambia de tema ipsofacto—, pero te has descontrolado desde que viste tu primera clase conmigo. ¿Hay algo en mí que ocasiona fallos en tu vida escolar?
Suelto una risa sarcástica, dejando de lado el hecho de que ha empezado a tutearme.
—No seas igualado, Cameron Antxon —rozo la línea de riesgo al llamarlo por su nombre—. ¿Por qué no admites tú que no soportas el hecho de que una simple estudiante de secundaria sepa más que tú acerca de la materia en la que estáis presuntamente especializado?
Antxon alza la barbilla para rascar su cuello, su gesto me indica que el romperme los cojones le está divirtiendo.
—Debo admitir que tienes razón. En realidad, no soy profesor, ¿podrías guardarme el secreto?
Me encojo de hombros, mostrando indiferencia. Él se aparta del escritorio y empieza a caminar entre las columnas de pupitres para explicarme.
—Carolina, tu antigua profesora de biología, es mi tía política. En estos momentos está de reposo por orden de un médico, y me ha pedido el favor de terminar de impartir su clase por lo que resta de este período escolar. Así que sí, me molesta un poco que una colegiala sepa más que yo.
Su confesión de descoloca por completo, mi mandíbula estuviera tanteando las bacterias del suelo de no ser por estar pegada a naturalmente a mi boca. No sé qué contestar, los insultos que tenía preparados se han disipado en el aire.
—Si no eres profesor, ¿por qué también darás deporte? No comprendo —es lo único que logro formular.
—Me gusta todo lo que implique realizar actividad física.
Ya sabiendo que no es un profesional, logro captar el doble sentido de su respuesta.
—Quiero que me ayude, señorita Dubois —de pronto volvemos a formalizarnos—. Si me ayuda con respecto a las clases, yo podría ayudarla también a usted.
Volteo tan rápido hacia su dirección, que casi me esnuco.
—¿Qué estaría ganando yo, exactamente?
Al pasar por mi lado, extiende sus dedos y los desliza por mi corbata, arrastrando la tela hasta dar varios pasos hacia adelante y soltarla.
—Soy un hombre de recursos ilimitados, señorita Dubois. Bien podría yo pagarle por clases particulares, o regalarle puntos extras si no le interesa el dinero.
Despego la vista de mi cuaderno y le doy un escaneo completo sin disimulo. Hoy ha traido unos joggers de color gris, una camisa blanca con hombreras y zapatos deportivos de marca. Pues sí, el tío aparenta tener bastante plata...
—Terminé de copiar mi horario —me limito a decir, guardando la libreta en mi mochila y levantándome para salir.
Antes de poder cruzar el umbral de la salida, Antxon me toma por la muñeca, literalmente obligándome a retroceder.
—Siéntate Dubois —serás...
Obedezco mientras suspiro con un notorio fastidio. Él insiste con la mirada, yo bajo la mía, de pronto su contacto visual me incomoda más de lo que me gustaría admitir.
Miro por el rabillo del ojo que agarra una regla de madera y camina hacia mí, tomándome el mentón con la punta, haciendo que le regrese la mirada.
—Necesito una respuesta, Malika.
Aparto mi rostro.
—Accederé con una condición —relamo mis labios—. Necesito que me conteste con sinceridad a una pregunta.
—Estaré dispuesto a darte lo que sea con el fin de que accedas —me hace saber, regresando a su escritorio para recostarse del mismo.
«Estaré dispuesto a darte lo que sea...» esa respuesta me hace mirarlo con otros ojos. No es profesional, él mismo mencionó que está aquí por hacer un favor, ¿qué pasaría si...? ¡No! ¿Qué coño estoy pensando? ¡¿A qué horas empecé a considerar tener una aventura con mi sexy y antipático profesor?! Ya va... ¿Acaso lo he llamado sexy en mis propios pensamientos?
«Oh, sí que lo has hecho»
¡Menuda mierda, ahora sí que este hombre terminará de aniquilar mi cordura! La tía Fran se burlaría de mí si llegase a enterarse de esto...
Me remuevo sobre mi asiento, incomoda por un inusual cosquilleo en mi entrepierna.
Sin rodeos, y con mi autocontrol exigiendo que salga corriendo de una vez por todas, arrojo la pregunta que tanto me ronda.
—¿Fuiste tú quién ha dejado una gargantilla de oro en mi habitación?