Capítulo 1 – La marca
El olor a sangre flotaba como una nota disonante entre el aroma húmedo de los helechos y la madera vieja del bosque. Kalen se detuvo de golpe, los músculos tensos. El lobo dentro de él gruñó en silencio, inquieto. Esa sangre no era de ciervo, ni de jabalí. Era humana. Pero también… algo más.
El viento sopló desde el sur, trayéndole fragmentos del aroma: hierro, fuego, y una nota helada que le erizó la piel. Se agachó, los dedos rozando la tierra húmeda, las hojas aplastadas. Había huellas desordenadas, como si alguien hubiera huido… o caído.
La encontró en un claro bañado por la luz de la luna. Una figura femenina, tendida de lado, con un vestido roto que apenas cubría su cuerpo delgado y herido. El cabello oscuro se pegaba a su rostro y su piel tenía un tono enfermizamente pálido, pero no era una aldeana común. No, ella brillaba débilmente, como si la luna misma la reclamara.
Kalen no se movió durante largos segundos.
—¿Quién eres? —susurró, más para sí que para ella.
Entonces la vio: una marca, grabada sobre su piel, justo entre la clavícula y el corazón. No era un tatuaje ni una cicatriz. Era como una quemadura mística, en forma de media luna, con un círculo oscuro en el centro. Antiguo. Ritual. Y peligrosamente familiar.
La chica abrió los ojos de pronto. Rojos. Brillaban como carbones encendidos. Él retrocedió un paso, instintivamente, mientras ella jadeaba, como si el aire le fuera extraño.
—¿Dónde… estoy?
Su voz era suave, rota, envuelta en acento de nobleza.
Kalen no respondió de inmediato. Había escuchado historias en la fortaleza de los suyos: de híbridos prohibidos, nacidos de uniones impuras entre los vampiros de las Ciudades Nocturnas y los humanos rebeldes. Criaturas condenadas. Monedas políticas. Armas vivientes.
Pero ella no parecía una amenaza. Más bien, parecía una herida viviente.
—Estás en el Bosque Silente. Cerca del paso del norte.
Ella se incorporó con dificultad, temblando. Su vestido estaba manchado de barro y sangre seca.
—¿El norte…? —repitió, confundida—. No recuerdo haber llegado aquí.
Kalen se inclinó hacia ella, todavía alerta. Había visto vampiros fingir debilidad antes. Era un juego que sabían jugar muy bien.
—¿Cómo te llamas?
Ella lo miró, los ojos entrecerrados como si tratara de enfocar algo que se le escurría entre los dedos del alma.
—Lira —dijo al fin, y pareció probar la palabra como si fuera nueva.
Un nombre sencillo. Sin título. Sin casa.
Pero Kalen sintió que lo había escuchado antes, en un susurro, en un sueño, o tal vez en una profecía.
El bosque crujió a su alrededor. Las sombras parecían vigilar. La luna, ya alta, se teñía poco a poco de rojo.
Kalen sabía lo que eso significaba.
La Luna de Sangre se alzaba.
Y nada en el mundo volvería a ser como antes.