—No volverás a verme —dijo Michael con una sonrisa despreciable. Aquella expresión bastó para que dudara de cada palabra que salía de su boca. ¿Cómo poder creerle a ese maldito?
—¿Lo juras? —pregunté, no porque creyera en él, sino porque quería obligarlo a comprometerse, aunque fuera con una mentira, quizas era lo que necesistaba para engañarme a mi misma.
—Lo juro —respondió, trazando una “x” imaginaria sobre la tela fina de su traje elegante como un niño.
Ese gesto, lejos de tranquilizarme, confirmó que estaba confiando en alguien que no lo merecía, pero aun así, no tenía otra opción. Los Sallow vendrian tras de mi, sino era él, seguramente seria la madre de Arthur y preferia que eligieran dejar a mis hijos sin herencia, que decidir llevarselos de mi lado.
Lo miré con desprecio y firmé la hoja: el documento que autorizaba la toma de sangre para confirmar el ADN de mis hijos. La leí dos veces. Comprobé que no hubiera trampas. Solo entonces se la entregué.
—No quiero volver a verte en mi vida —dije, extendiéndole el papel. Michael sonrió ladeado, satisfecho y recibio el papel para doblarlo y guardarlo justo de donde lo habia sacado.
—No te preocupes por eso —respondió, guiñándome un ojo, un gesto que no supe exactamente que significaba.
Luego miró a la señora Martha de arriba a abajo, sin respeto ni pudor, como si a ella tambien le tuviera cierto resentimiento, aunque en realidad él odiaba todo lo que Arthur alguna vez habia amado. Luego se giro y salió de la habitación.
Solo entonces pude respirar y el dolor de la herida en mi vientre me punzo, asi que deja caer todo mi peso devuelta en la almohada.
—¿Por qué firmaste ese papel? —me reprochó la señora Martha. Su voz tenía un tono que rara vez escuchaba en ella: enojo.
No podía culparla. Pero tampoco podía explicarlo sin enfrentar la herida abierta que Arthur había dejado en mí. Ciertamente, él me habia dejado demasiado peso sobre los hombros y no sabia si realmente podria cargar con todo lo que se me venia encima, lo unico que queria era cuidar de mis pequeños y pretender que los Sallow no existian.
—Arthur no quería que yo me involucrara con los problemas de su familia —expliqué con la voz cansada—. Él estaba dispuesto a perderlo todo con tal de protegerme. No lo entendí en su momento… pero ahora me toca a mí proteger a nuestros hijos, aunque eso implique que pierdan el apellido Sallow.
Ella me escuchó, pero su expresión revelaba preocupación. Había pensado en esto muchas vece, si se confirmaba que mis hijos eran de Arthur, la familia Sallow tendría derecho a verlos. Incluso a pelear por su custodia, si eso les servía para dañarme.
No podía correr ese riesgo y no había podido hablar con Ethan. Le había dejado mensajes. Ninguno respondido.
—No sé en qué tipo de persona se ha convertido Michael —dijo Martha—, pero Arthur no confiaba en él. Deberías alejarte.
—No pienso hacerlo mi amigo —respondí con firmeza—. Lo usaré como él me usa a mí. Si cumple su palabra, podremos librarnos del acuerdo… y finalmente podré vivir en paz con mis hijos.
Suspiró, resignada.
En ese momento, un pequeño sollozo de Arty cortó la tensión.
—Debe tener hambre —dijo Martha, acercándomelo—. ¿Puedes darle de comer?
Asentí.
Con un esfuerzo lento, acomodé mi cuerpo. No sabía exactamente qué hacía, pero cuando Arty tomó mi pecho, tan diminuto y frágil, algo dentro de mí se acomodó también.U na certeza profunda, instintiva:
Nada ni nadie me separaría de mis hijos.
Cuando terminó, Martha se sentó en un sillón cercano, acunándolo mientras dormía, mientras yo tomaba un poco de comida. Solo entonces noté algo extraño.
La habitación no era del hospital donde siempre iba a mis controles. Era más elegante, más silenciosa, más… privada.
—Michael nos trajo a este hospital, ¿verdad? —pregunté.
Martha asintió, con cierta vergüenza.
—Me preguntó a dónde llevarte, pero no supe responder. Estabas muy grave. Él decidió traer-te al Saint Thomas. Era el mas cercano.
Mi corazón dio un vuelco. Este hospital…
Aqui había muerto Arthur.
—No es que no agradezca que me ayudara… pero ¿por qué aquí? —protesté.
Lo que realmente me preocupaba no era el recuerdo, sino algo más simple y terrible: no tenía cómo pagar este lugar.
—Quise pedirle que te llevara a otro sitio —dijo Martha—, pero no había tiempo. Además, la bebé necesitaba una máquina especial para respirar. Michael autorizó que la trajeran.
Una punzada recorrió mi estómago.
Era contradictorio. Ese hombre podía ser cruel… pero había tomado decisiones que salvaron a mis hijos. ¿A qué jugaba?
No quise seguir pensando en dinero ni en Michael. Solo en mis pequeños. Cuando Arty termino de comer, se quedo placidamente dormido y cuando se lo entregue a la señora Martha para que lo recostara, pense en mi pequeña, quien tambien me necesitaba.