Prefacio✨

1535 Words
Elevé la vista; el sol se filtraba entre las hojas de los árboles, aquellas que aún se aferraban a las ramas, mientras en la estación de radio se escuchaba una canción a la que, en una situación distinta, ni siquiera le hubiera prestado atención a la letra, pero que por alguna razón dolía escuchar. Autumn Leaves. No sabía quién la cantaba, pero la letra me recordaba aquellos tiempos que ya jamás volverían; momentos cotidianos que hoy dolía evocar. Mi mente volvió a esos días en que Arthur era un cínico, un imbécil y un terco, pero uno adorable que no se conformaba con un «no» y que, de alguna forma, logró robarse mi corazón. El mismo que aún latía, pero que se sentía vacío ante la ausencia de su dueño. —Hemos llegado —dijo el conductor del taxi, deteniéndose con sutileza en el estacionamiento del cementerio. Miré por la ventana hacia las lápidas y el césped verde bien podado; a excepción de los árboles, era lo único que aún mantenía un color fresco. Suspiré. No solo me sentía cansada, sino que también sentía una opresión en el pecho y un nudo en la garganta que trataba de contener para que las lágrimas no resbalaran por mis mejillas. Busqué en mi bolso el dinero para pagar el viaje sin cruzar más palabras con el hombre. Luego abrí la puerta y bajé, pero no caminé enseguida. Busqué un pequeño paquete de pañuelos que sabía que iba a necesitar; saqué el primero y me lo llevé al rostro para limpiar las primeras gotas que se habían acumulado justo en el borde de mis párpados. Sabía que no debía estar ahí, no con la fecha de mi cesárea tan cerca, pero no había podido venir antes. O mejor dicho, lo había evitado creyendo que era lo mejor para mi embarazo, aunque la mayor parte del tiempo me la había pasado llorando como si mi vida dependiera de ello. Comencé a caminar hacia la tumba de mi esposo mientras el sutil viento de otoño bailaba ligeramente con mi vestido y movía algunas hojas que habían logrado posarse sobre el césped. Aún recordaba el camino que conducía hacia su última morada. Después de su entierro, cada noche comencé a preguntarme si se sentía solo o si, donde quiera que estuviera, él aún sabía que lo amaba y que lo haría hasta el final de mi vida. Desde que había perdido a Arthur, la soledad se había convertido en una fiel compañera. Una sombra interna y silenciosa que no desaparecía aunque estuviera rodeada de personas. Nada me alegraba… excepto ver a mis hijos crecer en las ecografías. Eran mi único recuerdo tangible de su padre. A veces me preguntaba, con un miedo que me avergonzaba reconocer: ¿me habría quitado la vida de no ser por ellos? La respuesta era obvia, pero también era un secreto que jamás podría admitir, ni siquiera ante un terapeuta. Culpa, enojo, tristeza… todo se mezclaba sin orden ni sentido en mi cabeza, pero lo que más me dolía, lo que jamás podría olvidar, era haber perdido la oportunidad de despedirme. No pude despedirme de Arthur. Su muerte llegó demasiado rápido, demasiado cruel, dejándome con una herida que, aun meses después, seguía abierta. ¿Cómo vivir así? ¿Cómo respirar sabiendo que me arrebataron ese último instante con él? Los odiaba. A todos los que habían decidido por mí. La familia Sallow me había manipulado como si fuera una marioneta, moviéndome a su conveniencia sin permitirme siquiera cuestionar. Y aunque me había prometido a mí misma no dejar que me pisotearan más, en mi estado actual no podía enfrentarme a ellos… ni sabía aún cómo vengarme. Me detuve justo en el lugar donde recordaba que descansaban sus restos, leyendo su nombre y el epitafio que su familia había decidido colocar sin mi autorización: «...Arthur Sallow. Amado hijo y hermano. Ausente, pero nunca olvidado. Su partida fue un eco, no un final. Que la verdad lo encuentre donde esté...» 15 de junio 1978 - 17 de diciembre 2023 No me habían incluido, como si nuestro matrimonio hubiera sido una mentira, como si mi voz no valiera nada. Oprimí mi puño con fuerza. Llevaba guantes puestos que me permitieron escuchar cómo la tela hacía fricción contra sí misma. —Arthur... —logré decir, pero mi voz fue interrumpida por el dolor. Era difícil pronunciar ese nombre y ver que su cuerpo ya no estaba; que lo único que podía mirar de él era una lápida fría. —¿Christine? —escuché la voz de la señora Martha. Me giré de inmediato, sorprendida. Hacía semanas que no nos veíamos por mi embarazo. Con treinta y siete semanas de gestación y tratándose de gemelos, apenas podía caminar como para poder visitarla. Enseguida me limpié las pequeñas lágrimas que se me habían escapado por las mejillas. —Vine a ver a mi esposo —dije, tratando de fingir una sonrisa. Una sutil ráfaga de viento helado acarició mi mejilla y movió mi cabello; recién iniciaba el otoño, así que el aire frío no era extraño—. Quería decirle que el viernes nacen nuestros bebés. —¿Finalmente te agendaron la fecha de la cesárea? —preguntó, avanzando hacia mí con un pequeño ramo de flores blancas entre las manos. Aunque ya no podía verla con frecuencia, sentía necesario informarle sobre el avance de mi embarazo, aunque fuera por mensaje. —Sí. La doctora dijo que ya no podíamos esperar más. Me costaba admitirlo en voz alta, pero me embargaba la culpa. Mi niña tenía problemas de crecimiento y tendría que permanecer en terapia intensiva apenas naciera; temía que mis constantes llantos hubieran afectado su desarrollo. Cuando se lo dije a la señora Martha, ella me había tranquilizado diciendo que llorar era lo más normal, cosa de hormonas… pero en el fondo, sospechaba que la tristeza había marcado a mi hija antes de nacer. —No debiste venir, querida —dijo, tomando mis manos entre las suyas. Su mirada tenía una ternura nostálgica que me envolvió por completo—. Si querías decirle algo a Arthur, me lo hubieras dicho. Sabes que yo vengo todos los domingos. —Lo sé, pero… —mi mirada regresó a la lápida. Su fotografía, fija y ajena, siempre me hacía preguntarme cómo era posible que la muerte hubiera reclamado a alguien tan joven, tan vivo—. Quería ser yo quien le diera la noticia. No creo poder venir por un buen tiempo después de que nazcan los gemelos. Ella asintió con amargura antes de dejar las flores frente a la tumba. —¿Te acompaño a casa? —No, estoy bien. Tomaré un taxi. —Aun así iré contigo. Me preocupa que andes así, con dos criaturas a punto de nacer —dijo, situándose a mi lado para orar un poco en silencio. Yo traté de hacer lo mismo, aunque tuve que contenerme para no llorar, porque aún me costaba que otros me vieran tan vulnerable. Aunque ya no había tenido ningún contacto con la familia Sallow, estaba segura de que me vigilaban; no se atreverían a dejar el futuro de su empresa sin supervisión. Luego de media hora empecé a sentir una ligera molestia en la pelvis. Últimamente había tenido molestias similares y la doctora decía que era normal, que los bebés estaban descendiendo. Especialmente el niño… Arty. Quería llamarlo así porque su nombre sonaba como el de su padre. Él era fuerte e inquieto. Su hermana, en cambio, apenas se movía. Por ella adelantarían el parto. Interiormente, le dije a Arthur cuánto lo extrañaba; le conté sobre las complicaciones del parto y que nuestras vidas ya habían sido marcadas por su ausencia, pero esperaba que, donde quiera que estuviera, pudiera darme la fuerza necesaria para no desear irme con él cuando nuestros pequeños me necesitaban tanto. La señora Martha se aproximó a la lápida y colocó el ramo de flores que traía consigo. Lamenté no haber tenido tiempo para comprarle uno, pero me prometí que la siguiente vez que pudiera venir, le traería el más hermoso. —Te envié un regalo esta mañana. ¿Lo recibiste? —preguntó la señora Martha, intentando aliviar la tensión del silencio del cementerio mientras se levantaba. —Llegó una caja, pero aún no la abro. Había evitado hacerlo todo el día; no porque no quisiera, sino porque trataba de ocupar mi mente en tareas, quizás algunas sin sentido, para no quedarme quieta. Porque si lo hacía… pensaba demasiado. —Entonces no te diré qué hay dentro. Es una sorpresa —sonrió. Quise responderle, pero en ese instante el dolor volvió; más fuerte, cortante. Me llevé una mano al vientre, tratando de sostener el peso de mis pequeños para no desestabilizarme. —¿Christine? ¿Estás bien? —S-sí… —mentí, respirando hondo. Quizás solo necesitaba descansar. Intenté dar un paso. Ella tomó mi mano, preocupada. No quería asustarla, pero algo dentro de mí sabía que esto no era normal. —No… de verdad, no se preocupe… Pero al avanzar un poco más, el dolor se convirtió en un corte ardiente que me atravesó desde dentro. Un grito escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.
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