Chapter 1 El Peso de Dos Líneas Rosas
El aroma de la tierra húmeda, las fresias silvestres y la menta triturada siempre significaba seguridad.
Penelope se ajustó con más fuerza el descolorido chal de lana alrededor de los hombros. Sus botas gastadas no hacían ningún ruido sobre la gruesa alfombra de agujas de pino. El bosque situado en el extremo occidental del territorio de Eclipsed Haven estaba prohibido para huérfanos de bajo rango como ella, pero aquella noche no le importaban las leyes de la manada.
Un chispazo agudo y eléctrico recorrió su piel.
Era el tirón inconfundible del vínculo de pareja predestinada.
—Llegas tarde, lobita.
La voz grave y profunda vibró directamente en el pecho de Penelope.
Ella levantó la mirada justo cuando una enorme silueta salió de las sombras de un antiguo sauce llorón.
Travis.
El futuro Rey Alfa era más de una cabeza más alto que ella, y sus anchos hombros bloqueaban con facilidad la luz de la luna. Su afilada mandíbula aristocrática estaba tensa, pero en cuanto sus penetrantes ojos plateados se encontraron con los de ella, toda la frialdad de su mirada se derritió.
Antes de que Penelope pudiera decir una palabra, Travis recorrió la distancia que los separaba con dos largas zancadas. Sus grandes manos, endurecidas por el trabajo, sujetaron su cintura y la levantaron del suelo sin esfuerzo.
Penelope soltó un jadeo y sus manos volaron instintivamente hacia su pecho. Bajo su chaqueta de cuero, podía sentir los fuertes y acelerados latidos de su corazón.
—Tuve que escabullirme de los guardias de la frontera —susurró Penelope.
Su aliento se convirtió en una pequeña nube blanca en el aire frío de la noche mientras él la dejaba nuevamente en el suelo, sin dejar de mantenerla pegada a su cálido pecho.
—Si tu padre descubre que estás escapándote para ver a una loba sin un centavo la noche antes de tu ascensión…
—Que se entere.
Travis gruñó suavemente y hundió el rostro en el hueco de su cuello. Inhaló su aroma a lluvia y fresias dulces hasta que su lobo interior ronroneó satisfecho.
—Que se entere todo el consejo. En menos de veinticuatro horas, ocuparé el trono. Las reglas de mi padre ya no significarán nada para mí.
Se apartó lo suficiente para mirarla directamente a los ojos.
Con una ternura que resultaba casi aterradora, Travis deslizó lentamente el pulgar por su labio inferior.
Luego metió la mano en el bolsillo y sacó una delicada cadena plateada que brillaba bajo la luz de la luna. De ella colgaba un colgante de piedra lunar, crudo y lechoso, que emitía un tenue resplandor místico.
—Date la vuelta —murmuró.
Penelope obedeció y apartó su larga y sedosa cabellera plateada.
Sintió el frío metal descansar sobre su clavícula. Inmediatamente después, los labios de Travis dejaron un beso suave sobre la piel desnuda de su hombro, justo encima del lugar donde algún día aparecería su marca de Luna.
—Mira la parte de atrás —susurró Travis mientras rodeaba su cintura con los brazos, manteniéndola firmemente contra él.
Penelope levantó el pesado colgante con dedos temblorosos y le dio la vuelta bajo la luz de la luna.
Grabadas profundamente en la plata pulida había dos elegantes letras entrelazadas:
PT.
—Penelope y Travis —susurró ella.
Su corazón se hinchó de una felicidad tan intensa que sintió que podría echarse a llorar.
—Significa que, pase lo que pase, tú me perteneces y yo te pertenezco —juró Travis. Su voz estaba cargada de una posesividad feroz e inquebrantable—. Mi padre quiere que haga un matrimonio político con la familia de Alishia para asegurar sus puertos del norte. Quiere su dinero. Pero a mí no me importan las riquezas ni los territorios, Penelope. En cuanto sea coronado Rey Alfa mañana, te anunciaré como mi única Luna.
Travis tocó suavemente el colgante.
—Este collar es mi promesa para ti. ¿Confías en mí?
Penelope se giró entre sus brazos y levantó la mirada hacia sus brillantes ojos plateados, los ojos de un hombre que gobernaba con mano de hierro, pero que la amaba con una devoción absoluta.
—Con mi vida, Travis.
Permanecieron bajo el sauce durante horas, abrazados y compartiendo su calor mientras susurraban sueños sobre un futuro en el que el origen de cada m*****o de la manada no importara.
Cuando Penelope finalmente logró regresar a escondidas a la pequeña y deteriorada cabaña de madera que compartía con su hermana gemela idéntica, el sol *p*n*s comenzaba a asomarse entre la niebla.
La cabaña estaba en silencio.
Shenon estaba exactamente donde siempre estaba: enterrada bajo una montaña de gruesas mantas, con sus gafas de montura plateada deslizándose por su nariz mientras dormía profundamente con un pesado libro de texto todavía abierto sobre el pecho.
Penelope sonrió con ternura y caminó hacia el diminuto y helado baño para quitarse de la piel el aroma del bosque.
Pero *p*n*s puso los pies sobre el frío suelo de linóleo, una repentina y violenta oleada de náuseas la golpeó como si hubiera recibido un puñetazo.
Se aferró al borde del lavabo y tosió secamente mientras su estómago se retorcía en un nudo tenso y doloroso.
El mareo hizo que la habitación comenzara a dar vueltas.
Penelope se apoyó con todo su peso contra la porcelana, esperando a que las náuseas pasaran. Pero un extraño y profundo instinto dentro de su espíritu de loba cobró vida.
Con las manos temblorosas, abrió el armario detrás del espejo y sacó una pequeña prueba de plástico que había comprado en secreto semanas atrás en una farmacia humana.
Había pensado que sus ciclos irregulares se debían simplemente al estrés.
Pasaron diez minutos interminables en absoluto silencio.
El único sonido en la cabaña era el constante y rítmico tic-tac del viejo reloj de pared.
Penelope se sentó sobre la tapa cerrada del inodoro, apretando la prueba de plástico con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
Finalmente, obligándose a mirar, bajó los ojos hacia la pequeña ventana de la prueba.
Dos líneas de color rosa oscuro y brillante la miraban fijamente.
El aliento de Penelope se quedó atrapado en su garganta.
Todo su cuerpo se quedó completamente inmóvil.
Ya no era simplemente una huérfana pobre y escondida.
Llevaba en su vientre al hijo del futuro Rey Alfa…
Y lo había descubierto precisamente la mañana de su coronación.