El silencio durante el camino de regreso fue absoluto. Callie conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Alejandra, como si buscara mantener ese vínculo firme pese a la tensión que aún flotaba en el ambiente. Alejandra iba callada, la mirada perdida en las luces nocturnas de Londres. El viento golpeaba suavemente el cristal de la ventanilla, pero lo que más resonaba en su mente era la última mirada de Valeria. Esa súplica. Esa herida. Cuando llegaron al apartamento, Callie dejó las llaves sobre la mesa del recibidor y se quitó los tacones mientras Alejandra cerraba la puerta tras de sí. En cuanto estuvieron a solas, Alejandra se acercó, la tomó del rostro y le dio un beso suave, enredado de culpa y necesidad. —Voy a cambiarme —susurró contra sus labios. —Claro —

