La jornada había terminado al fin. El reloj marcaba las siete y media de la tarde cuando Alejandra salió del hospital, aún con la bata doblada bajo el brazo y el cabello recogido en una coleta apretada. El día había sido largo, intenso, pero profundamente satisfactorio. —¡Hey, Reyes! —la voz de Ryan la alcanzó desde la entrada principal—. ¿Vienes al bar con nosotros? Alejandra dudó un segundo. —No sé si deba, estoy agotada... —Justamente por eso —interrumpió Emma—. Nada como una cerveza fría para cerrar tu primer día como interna estrella. Julia se unió al grupo riendo, mientras levantaba su celular para llamar un taxi. Alejandra se dejó convencer con una sonrisa. —Está bien... solo un rato. El bar quedaba a pocas calles del hospital. Un lugar cálido, con paredes de ladrillo y luces

