Capítulo 3.-Disfrutar la Vida un Poco.

1759 Words
Era sábado en la mañana y el sol ya comenzaba a colarse entre las cortinas del pequeño salón. Alejandra estaba en la mesa del comedor, con un lápiz entre los dedos y un cuaderno repleto de fórmulas abiertas frente a ella. Su abuela, sentada en el sofá, tejía en silencio mientras la televisión soltaba susurros de fondo. El sonido del portón abriéndose apenas alertó a la abuela, pero Alejandra ni se inmutó. Estaba acostumbrada. Segundos después, la puerta se abrió de golpe. —¡Buenos días, señora Rosa! —saludó Valeria con su energía habitual, entrando como si fuera una más en la casa. Y lo era. Desde niñas compartían meriendas, secretos y tardes de deberes en ese mismo comedor. —¡Ay, muchacha! —rio la abuela—. Vas a tumbar la puerta un día de estos. —¡Es que no puedo contenerme cuando vengo a verlas! —dijo Valeria acercándose a Alejandra y dándole un leve golpe en el hombro—. ¿Otra vez estudiando? Alejandra alzó la vista y sonrió con cansancio. —Es que tenemos examen el lunes, y tu deberías estar haciendo lo mismo, no me arriesgare a que me reprueben por soplarte las respuestas. Valeria rodó los ojos y se sentó frente a ella. —Bueno, sí, pero hoy no vengo a hablar de exámenes ni de fórmulas. Vengo con noticias. —Se inclinó como si fuera a revelar un secreto—. Esta noche hay una fiesta, aquí cerquita, en casa de Mariana. ¿Te acuerdas de Mariana? Alejandra asintió, frunciendo el ceño. —La que se la pasa subiendo historias con glitter y frases motivacionales… sí, la recuerdo. —Esa misma. Pues hará una fiesta por su cumple. Y he venido a decirte que vas. Alejandra soltó una risa incrédula. —¿Yo? ¿A una fiesta? Ni loca. Tú sabes que eso no es lo mío, Vale. —Nada de eso —respondió Valeria, cruzándose de brazos—. Por eso estoy aquí, para convencerte. Nos hace falta salir. Reírnos un rato, bailar, ¡sentir que tenemos dieciséis años! —Yo sí siento que tengo dieciséis años, especialmente cuando estudio hasta las tantas y me acuesto sin cenar. Desde el sofá, la abuela Rosa interrumpió la conversación con una voz suave pero firme. —Alejandrita, mi amor, Valeria tiene razón. Alejandra la miró, sorprendida. —¿Abuela? —Tú eres una muchacha responsable, estudiosa, dedicada… Eso me hace sentir muy orgullosa, ya lo sabes. Pero también necesitas vivir, mi niña. La juventud no vuelve. No te pido que vayas a todas las fiestas, pero esta… esta podrías ir. No te hará daño salir una noche. —Pero... —Tienes un futuro brillante asegurado, sí, pero eso no significa que tengas que vivir como si ya tuvieras cuarenta —añadió la señora con una risita pícara. Valeria alzó las cejas, divertida. —¿Viste? ¡Hasta tu abuela lo dice! Alejandra se dejó caer contra el respaldo de la silla, vencida. —Están conspirando contra mí, ¿verdad? —Exacto —dijo Valeria, tomándola de la mano—. Y como conspiradora oficial, ahora mismo vamos a tu habitación a buscar qué vas a ponerte esta noche. —No tengo nada para fiestas. —Mentira. Tienes más ropa que yo. Algo encontraremos. —Y tirando de ella, se la llevó entre risas hacia el cuarto. Una hora después, entre risas, pruebas de ropa y comentarios sarcásticos sobre moda, la puerta principal se abrió con el característico chirrido de siempre. —¿Hola? —dijo una voz femenina desde la entrada. —¡Mamá! —gritó Alejandra desde su cuarto. Era Lucía, la madre de Alejandra. Enfermera del hospital general, joven, de mirada cálida y fuerte carácter. A pesar del cansancio que cargaba, siempre encontraba un momento para acompañar a su hija. —¿Qué hacen? ¿Es sábado y ya están jugando a las modelos? Valeria se asomó por la puerta con una sonrisa traviesa. —Buenas tardes, señora Lucía. En realidad estamos preparando a su hija para una fiesta. Lucía alzó una ceja. —¿Fiesta? ¿Y Alejandra va a ir? —¡Yo tampoco me lo creo! —añadió Valeria riendo. Lucía dejó su bolso en una silla y fue directa al armario. Abrió la puerta del suyo, que estaba en la habitación contigua, y sacó algunas prendas de su juventud que aún conservaba. —Esperen. Creo que tengo justo lo que necesitan. Volvió con dos perchas en la mano. Una blusa roja con mangas vaporosas y una falda negra con detalles de encaje. —Esto para ti, Alejandra. Te va a quedar precioso. Y para ti, Valeria… —rebuscó otra bolsa—. Tengo este vestido azul oscuro, ceñido pero elegante. No es vulgar, y resalta mucho tu piel. Ambas chicas se miraron sorprendidas. Lucía sonrió. —No digan que no las cuido. Vayan y pásenla bien. Pero me mandan su ubicación. Y tú, Alejandra… —se acercó a ella y le acarició el rostro—. Me haces muy feliz cuando estudias, pero también quiero verte feliz de otras formas, ¿sí? Alejandra tragó saliva, conmovida. —Sí, mamá. Valeria la abrazó por detrás. —Vas a ver, la vamos a pasar increíble. Y por primera vez en mucho tiempo, Alejandra sintió algo distinto en el pecho: la emoción de lo desconocido. La noche había caído y la luna colgaba redonda sobre los tejados del barrio. Las calles, aunque tranquilas, brillaban por el reflejo de las farolas y las risas lejanas que se escapaban desde las casas. Alejandra caminaba a paso lento, algo nerviosa. Iba sin sus inseparables lentes por primera vez en años. Lucía le había alisado el cabello con paciencia, dejándolo suelto, n***o y brillante, cayendo como una cortina de seda sobre sus hombros. Su maquillaje era apenas perceptible, pero suficiente para resaltar la profundidad de sus ojos. A su lado, Valeria lucía un vestido azul oscuro que le llegaba justo por encima de las rodillas. Tenía encaje en los hombros y una falda de vuelo suave que se movía con cada paso. Su cabello, recogido en una media coleta, dejaba caer mechones ondulados que enmarcaban su rostro. Parecía sacada de un cuento. Una princesa de barrio, con sneakers blancas y la mirada altiva de quien sabe que todos se giran a verla. Alejandra no podía dejar de mirarla. Por momentos, se perdía en la curva de su sonrisa, en la forma en que caminaba con seguridad, en la risa suave que se le escapaba cada tanto. Y aunque no decía nada, algo dentro de ella se encogía y brillaba a la vez. —¿Qué me ves tanto? —preguntó Valeria, sin mirarla, con tono juguetón. Alejandra bajó la vista, incómoda. —Nada. Solo… estás bonita. Valeria se sonrojó. Sus mejillas se tiñeron con un rubor más intenso que el maquillaje. —Gracias… tú también. Nunca te había visto sin lentes. Te ves… guapa. Las palabras quedaron flotando en el aire como algo que ninguna se atrevió a tocar. Mientras avanzaban por la calle, varios chicos que estaban sentados en las esquinas comenzaron a silbar y lanzar piropos. —¡Ey, muñecas! ¿Van solas? —¡Así o más lindas! —¡Dejen algo pa'l resto, por Dios! Valeria caminó sin responder, con el mentón en alto. Alejandra, en cambio, sintió cómo la incomodidad se le metía por la piel. Pero no dijo nada. Estaba acostumbrada. Aunque no le gustaba. Finalmente llegaron a la fiesta. La casa de Mariana ya estaba llena de adolescentes, la música rebotaba por las paredes y las luces de colores parpadeaban desde el patio. Gente entrando y saliendo, risas, vasos en las manos, reguetón a todo volumen. —¡Vamos! —dijo Valeria, tirando de Alejandra de la mano—. Vamos a buscar algo de tomar. Alejandra la siguió con duda. En la cocina, un chico rellenaba vasos con algo que parecía ponche. —Dos —pidió Valeria sin titubear. Alejandra levantó una mano. —Yo no… no quiero, gracias. —Ay, Ale… —Valeria se giró hacia ella con cara de súplica—. Solo un trago, un vasito y ya. No te va a hacer daño. Prometo que si no te gusta, no te insisto más. —Está bien —dijo finalmente Alejandra, rindiéndose a su sonrisa—. Uno. Solo uno. Valeria le pasó el vaso con cuidado, como si le estuviera entregando una copa de cristal. Brindaron con una risita, y luego siguieron caminando entre la multitud. En cuanto Valeria apareció en el patio con el vaso en la mano, varios chicos comenzaron a acercarse. Algunos eran del colegio, otros apenas conocidos, pero todos tenían la misma mirada: una mezcla de deseo y descaro. —¡Valeria, no sabía que venías! —le dijo uno, colocándose demasiado cerca. —¡Oye, estás bellísima! ¿Bailas? —¿Y tu novio, eh? ¿No hay? Alejandra los observaba desde unos pasos atrás. Su pecho se apretaba con una incomodidad que no podía explicar. No era celos, se decía a sí misma, era simplemente… preocupación. Sí, eso. Valeria era muy ingenua a veces. Y entonces, apareció él. Desde la otra esquina del patio, como salido de una película, se acercaba Emiliano López. Tenía al menos veinte años, estudiante de arquitectura, alto, moreno, con el cabello ligeramente desordenado y unos ojos oscuros que parecían saber cosas que uno no quería saber. Vestía con una camisa de lino blanca remangada y jeans ajustados. Elegante sin esfuerzo. Siempre había sido el amor platónico de Valeria. Desde que tenía trece y lo vio jugar fútbol en la cancha del barrio, se le quedó clavado en el alma. —Valeria —dijo él al verla, con una media sonrisa que le quitó el aire. Ella parpadeó, sorprendida, y luego sonrió con nerviosismo. —¡Emiliano! No sabía que vendrías. —Pues me invitaron hace un rato… y cuando supe que tú venías, no lo pensé dos veces —le guiñó un ojo con descaro. Alejandra observó la escena en silencio. Sintió cómo su corazón se le comprimía. La forma en que Valeria bajaba la mirada, cómo jugueteaba con el vaso, cómo se mordía el labio. Sabía lo que eso significaba. Sabía que ese chico no era como los otros. No para Valeria. Pero no dijo nada. Solo se quedó allí, con el vaso en la mano, observando cómo la persona que más quería en el mundo hablaba con quien, tal vez, siempre había querido más.
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