Días después de aquel primer beso, todo cambió entre Alejandra y Valeria.
Era como si el mundo se hubiera detenido durante esos segundos en los que sus labios se encontraron por primera vez. Alejandra, que siempre había sido más reservada con lo que sentía, ahora se mostraba segura, decidida. Ya no podía seguir ocultándolo, y una tarde, mientras caminaban de regreso a casa por la calle de tierra que cruzaba su barrio, se detuvo, tomó la mano de Valeria y se lo dijo.
—Valeria… estoy enamorada de ti. No sé cómo pasó, ni desde cuándo, pero lo sé con todo mi corazón.
Valeria no necesitó pensar. Su respuesta fue inmediata, con los ojos llenos de emoción.
—Yo también siento lo mismo, Ale. Siempre lo he sentido, solo que tenía miedo de decirlo.
Y así, sellaron el comienzo de una relación secreta, escondida del mundo, pero desbordante de verdad. Se veían como siempre, caminaban juntas como siempre, hablaban y reían como siempre… pero había algo más. Esa forma en la que se buscaban con los ojos, el roce accidental de las manos que se prolongaba más de la cuenta, los silencios llenos de electricidad. Era obvio para quien supiera mirar, pero nadie decía nada. Para todos, seguían siendo las mejores amigas de siempre.
Una noche, bajo el cielo estrellado, se tumbaron en el techo de la casa de Alejandra, abrazadas bajo una manta vieja. Valeria apoyó la cabeza en el pecho de Alejandra y escuchaba el ritmo suave de su corazón, mientras ella acariciaba sus rizos con ternura.
—¿Crees que alguna vez podamos vivir esto sin escondernos? —preguntó Valeria en voz baja.
—No lo sé —susurró Alejandra—, pero si algún día se puede, quiero que seas tú. Siempre tú.
Se besaron suavemente, con esa mezcla de timidez y deseo que solo se siente al principio de algo grande. A su manera, eran felices.
Unos días más tarde, Lucia, la madre de Alejandra, anunció que debía viajar con su abuela Rosa al pueblo vecino para visitar a la hermana de esta, que estaba enferma. La noticia no emocionó mucho a Alejandra.
—¿Por qué no me dejan quedarme en casa? Ya tengo dieciséis años. Puedo cuidarme.
—No es por ti, hija. Es que este barrio no es precisamente el más seguro. No me gusta la idea de dejarte sola, aunque sea por un par de días —replicó Lucia, mientras preparaba su bolso.
—Entonces yo me quedo con ella —intervino Valeria, que justo había llegado a la casa y escuchado la conversación—. No va a estar sola.
Lucia la miró con una mezcla de cariño y duda.
—No sé, chicas. Dos adolescentes solas en casa… no me parece buena idea.
—Mi hermano Elías puede quedarse también —sugirió Valeria con rapidez—. Él es muy responsable, tiene dieciocho, estudia en la universidad, no se mete en problemas… Puede quedarse con nosotras y vigilar que todo esté bien.
Lucia no respondió de inmediato. Solo asintió lentamente.
—Habla con él. Si acepta, quiero escuchar de su boca que se hace responsable.
Valeria fue corriendo hasta su casa, nerviosa y emocionada. Encontró a su hermano en la sala, estudiando con los audífonos puestos.
—¿Puedes hacerme un favor enorme? —le preguntó con una sonrisa de súplica.
—¿Qué clase de favor? —dijo él, quitándose los audífonos con desconfianza.
Valeria le explicó todo: la tía enferma, la ausencia de Lucia, su deseo de quedarse con Alejandra, y cómo necesitaban un adulto responsable (o algo así) para que la madre de Ale aceptara.
—Solo son dos noches. Te lo juro. Nos portaremos bien. Solo necesitamos que estés ahí, como figura de autoridad… aunque estés viendo películas todo el día.
Él suspiró, pensativo.
—No sé… ¿y si pasa algo?
—No va a pasar nada. Además, sabes que Alejandra y yo no somos de meternos en líos.
—Bueno… —cedió al fin—. Iré. Pero solo porque confío en ti. Y porque tú me lavaste la ropa todo el mes pasado sin que te lo pidiera.
Valeria le dio un fuerte abrazo, feliz.
Esa tarde, Valeria llegó con su hermano a casa de Alejandra. Él llevaba una mochila al hombro y un bolso con libros de la universidad. Al llegar, saludó a Lucía con respeto, un poco serio, pero amable.
—Buenas tardes, señora Lucia. Solo quería decirle que puede estar tranquila. Me quedaré con ellas, y me encargaré de que todo esté bien. Lo prometo.
Lucía lo miró con atención. Había algo en su forma de hablar, en su postura recta y sus manos firmes, que le inspiró confianza, conocía a Elías desde que era un niño, y era todo lo contrario a su padre.
—Está bien, Elías. Me alegra que hayas aceptado. No se metan en problemas, ¿sí?
—Lo prometo, señora. Solo estudiaré y las cuidaré.
Lucía asintió, y minutos después, subió al coche con la abuela Rosa y partió rumbo al pueblo vecino.
Cuando el coche desapareció por la calle, Alejandra y Valeria entraron corriendo a la habitación, cerraron la puerta y se tiraron sobre la cama entre risas.
—¡No lo puedo creer! —dijo Valeria entre carcajadas—. ¡Lo logramos!
Alejandra sonrió y la abrazó por la cintura.
—Dos noches enteras… solo nosotras. Bueno, con Elías, pero igual.
—Shhh… no lo arruines —dijo Valeria, y se inclinó para besarla.
Fue un beso más largo, más profundo que los anteriores. Había en él una ansiedad contenida, una necesidad de desahogar lo que llevaban días acumulando. Valeria llevó sus manos al rostro de Alejandra, acariciándola con suavidad, y luego descendió tímidamente por su cuello, hasta tomar con delicadeza la orilla de su camiseta.
Alejandra se detuvo. La tomó de las manos con firmeza, pero sin dureza.
—Valeria… —susurró, con los ojos abiertos, la voz temblorosa—. Espera.
Valeria la miró confundida, con el corazón aún acelerado.
—¿Pasa algo?
—No… solo que… aún no me siento lista. Lo que siento por ti es muy fuerte, y… no quiero apurarme. Quiero que cuando pase, sea especial. Que no tengamos dudas, ni miedo, ni prisa.
Valeria asintió, bajando la mirada.
—Lo siento, no quería presionarte…
—No lo hiciste —le dijo Alejandra, acariciándole la mejilla con ternura—. Pero quiero que sepas que sí te deseo… solo que también quiero cuidarte. Y cuidarme.
Valeria se acomodó a su lado, apoyando la cabeza sobre su pecho.
—Me gusta cómo suena eso —dijo en voz baja—. Cuidarnos.
Alejandra sonrió, abrazándola fuerte.
—Cuidarnos… y amarnos. A nuestro ritmo.
Y así, abrazadas en la intimidad de una habitación que por fin era solo de ellas, se permitieron respirar. Por primera vez, el mundo parecía quedarse afuera.