El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando los suaves golpecitos resonaron en la puerta de la habitación. Alejandra no dormía. Llevaba horas mirando al techo, envuelta en la penumbra, con el corazón agitado y los pensamientos revoloteando como pájaros asustados. —¿Alejandra? —La voz de Valeria se filtró suave al otro lado—. ¿Puedo… puedo hablar contigo un rato? Alejandra cerró los ojos unos segundos. Dudó, respiró profundo. Y luego respondió, casi en un susurro: —Sí… entra. La puerta se abrió con cuidado. Valeria asomó la cabeza tímidamente, como si temiera romper algo con solo estar ahí. Llevaba una camiseta grande que probablemente era de Alejandra, y el cabello suelto, ligeramente revuelto por el sueño interrumpido. Alejandra se movió hacia un lado de la cama y levantó la mant

