Capítulo 3

928 Words
Capítulo 3 Un tercer asesinato, dos días después de la conversación entre Evaristo y Vittorio, confirmó el rastro del homicida maniaco, ya llamado por los medios y también por el público como el Monstruo de la Oreja. La víctima, Margherita Piccozza Ferini, de 55 años, ama de casa, era la esposa de un alto directivo de banca. Esta pareja, igual que la del primer delito, no tenía hijos. Los cónyuges vivían en un piso de su propiedad en una casa en la calle Lungo Dora Voghera. Fue el marido de la víctima quien, al volver a casa hacia las 18:00, hizo el terrible descubrimiento y llamó al 113. El cadáver mostraba un hematoma evidente en la cabeza, como en el segundo caso, pero esta vez no se encontró el objeto contundente, ya que el asesino debió llevárselo: el forense determinaría que se trataba de un martillo. Vittorio, poco después de las 19:00, tras una rápida cena, se fue al cine y no vio su telediario habitual y tampoco al volver vio ningún telediario nocturno, porque se fue rápidamente a la cama a leer hasta que le venció el sueño. Así que solo supo del delito a la mañana siguiente, por un artículo de Carla Garibaldi que explicaba los detalles. Mi amigo telefoneó a Evaristo, que también esta vez le recibió encantado en su despacho. El comisario le dijo: —Lamentablemente para la víctima, un pastor alemán que tenía la pareja como guardián de la casa y para su defensa personal, murió ayer por la mañana, no muchas horas antes de que se produjera la muerte de la señora Ferini, según las primeras conclusiones del forense, entre las 15:00 y las 17:00. Como nos ha contado el viudo, el cuerpo del animal, por razones higiénicas, fue incinerado por el veterinario de la familia, a quien lo llevó la dueña por la mañana para eso. Como creo muy poco en las coincidencias, tengo la sospecha de que el asesino le dio al perro uno o más bocados envenenados mientras el animal, aquella mañana temprano, se encontraba en el parque público de debajo de la casa, paseando libre como solía dejarlo su amo, como nos ha dicho entre sollozos por su mujer, pobre hombre: su querido Lampo comenzó a sentirse mal al entrar en el ascensor de la casa y se quedó en el suelo sin fuerzas. El matrimonio lo llevó abajo en brazos y lo subieron al auto de la mujer para que lo llevara al veterinario, pero el perro ya estaba muerto. Así que, mientras él, para no llegar tarde, se iba de inmediato al banco con su automóvil, la mujer, con el suyo, llevaba al animal al veterinario, como habían quedado, pero solo para hacerlo incinerar. —Por tanto, Evaristo, el asesino no actuó improvisadamente, sino que preparó con cuidado sus crímenes. —Si es verdad mi idea del envenenamiento del perro, yo diría que sí. —Por desgracia, ya no tenemos el cuerpo del animal para hacer una autopsia. —Exactamente. El cuarto homicidio se produjo dos días después, entre las 0:00 y las 2:00 de la madrugada según el forense. Se siguió el método habitual del punzón clavado en una oreja, pero la víctima fue un hombre, un tal Alessandro Cipolla, de 66 años, jubilado, y se produjo en la calle. Mi colega Carla supo por el propio subjefe, en un comunicado a los medios entregado en la comisaría, que el muerto era un alcohólico sin hogar que había vivido en sus últimos años como vagabundo, durmiendo en cartones de embalaje en cualquier rincón de galerías y soportales públicos y que era conocido por la policía debido a una llamada al 113, dos meses antes de una señora muy anciana pero lúcida, profesora de literatura, a la que había molestado en los soportales de Via Roma pidiéndole dinero de forma brusca y, al no obtener nada, escupiéndola repetidamente. En cuanto vio una patrulla, la seria profesora pidió a los agentes que tomaran los datos al acosador, que entretanto la había seguido dando vueltas a su alrededor haciéndole chanzas y alternándolas con eructos con olor a vino, Luego presentó una denuncia en comisaría ese mismo día. Sin embargo, retiró la denuncia al día siguiente, por una compasión sobrevenida, «después de una noche de remordimientos como los del innominado de Manzoni», según parece que dijo con absoluta seriedad al perplejo ayudante del jefe de turno. El mendigo Cipolla comía en los comedores de caridad y se bebía en bares y bodegas, no solo toda su pensión, sino también los que conseguía reunir pidiendo limosna, siempre de manera agresiva, borracho desde la mañana. Era un resto de hombre al que ninguna persona en sus cabales habría tenido la crueldad de atacar físicamente de ninguna manera y menos aún de matarlo de una manera tan atroz. Considerando el estado social del último fallecido, surgió en la mente del subjefe Giandomenico Pumpo, no olvidemos que era el jefe de la Brigada Anti Sectas, la idea de que tal vez se tratara de un homicidio ritual de fanáticos del llamado satanismo juvenil ácido, que no era la primera vez que habría atacado a pordioseros inermes dormidos, algunos de ellos heridos de gravedad, algunos muertos, aunque hasta ahora dichos ataques se habían producido rociando a las víctimas con líquido inflamable y pegándoles fuego. El doctor Pumpo indicó a Evaristo Sordi esa nueva vía adicional. Vittorio informó a nuestra compañera Carla Garibaldi sobre la nueva pista, con mi mediación y por eso apareció en la Gazzetta Libera un reportaje suyo sobre sectas diabólicas que hacía referencia a los delitos del Monstruo de la Oreja. Mi amigo aparecía anónimamente como «fuente cercana a la comisaría».
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