(ARTEMISA) El edificio entero respiraba conmigo, o esa era la sensación. La Torre Dravell siempre tenía ese murmullo elegante, como si supiera quién soy y exigiera que me mantuviera firme… aunque por dentro estuviera desordenada. Dante. Ese hombre era un fantasma con perfume caro, un recuerdo que se colaba incluso en los rincones donde intento no pensar. Me quedé mirando el reflejo de la ciudad a través del ventanal, intentando que mi mente regresara a los números del informe sobre mi escritorio. No funcionó. Un golpecito en la puerta, suave, casi cómplice. Era señal de Samuel. —Mi reina… —anunció él, teatral— llegó algo para ti. Me giré y lo vi entrar con un sobre n***o entre los dedos, grueso, elegante, de esos que nunca traen buenas noticias. —¿Qué es ahora? —pregunté, aunque ya

