Cerró la puerta cuando su visitante se fue. Suspiró rendido y se dejó caer en el sofá. Estaba mal, tan mal que de verdad le sorprendía seguir con vida. El último mes había sido el peor, un infierno de dolor, sufrimiento y culpa que lo carcomieron lentamente, sin ninguna escapatoria. Incluso en algún momento de su agonía pasó por su mente la palabra s******o. Pero era un cobarde, así que solo fue un vago recuerdo que se evaporó al instante.
Su visita fue Iván. Era la sexta vez que venía a verlo en el mes eterno que llevaba encerrado en el departamento. Recordó que su primer aparición en el umbral había sido casi una alucinación. Pero el chico aclaró venir por sus pertenencias, y se fue pasados los minutos.
La segunda vez que vino —tres días después— volvió a dejar claro que le faltaron algunas cosas que necesitaría, y su estadía se prolongó por más de media hora. Allan lo veía sin poder creerlo al principio, pero no tardó en darse cuenta que sin duda alguna Iván estaba frente a él, fingiendo estar buscando su taza favorita en el estante de la cocina.
No se atrevía a moverse, no sabía qué hacer, qué decir. Si lo hacía arruinaría ese pequeño milagro, y no quería volver a quedarse solo. Quería pedirle disculpas, rogar por su perdón incluso si era necesario. Era su mejor amigo, el único que sabía toda su vida y lo entendía a la perfección. Lo extrañaba mucho, pero no sabía si decirlo mejoraría las cosas.
Iván guardó en una mochila una taza naranja, que según Allan, no era de él. Un pequeño estremecimiento de esperanza lo hizo aguantar la respiración. Iván lo extrañaba también, podía asegurarlo. Y aunque su cuerpo entero le rogaba que no dijera nada, no pudo resistirlo.
—Lo siento —dijo en voz alta— Lamento mucho haber causado todo esto, no tienes idea de lo mucho que me arrepiento.
Iván se detuvo al instante, le daba la espalda, pero Allan pudo notar la tensión apoderarse de su postura, y temió ante la represalia. Un minuto pasó, Iván continuó moviéndose en la cocina sin decir una palabra, solo el sonido de los trastos que movía. Inspeccionaba cada cubierto con detenimiento antes de dejarlo o guardarlo en su mochila.
Allan tragó el nudo en su garganta y dio un paso adelante.
—Iván —llamó lleno de una valentía fantasma, estaba aterrado— Lo siento mucho, lo último que quiero es que me odies, me merezco que todos me dejaran solo, pero por favor.
Esperó. Iván lo ignoró al menos un par de minutos, después lo miró caminar al baño. Allan lo siguió con lentitud, sus piernas eran movidas por un valor que no sabía de dónde venía. Era, tal vez, el simple hecho de que no quería quedarse solo. Lo odiaba, por las noches tenía pesadillas, incluso había comenzado a escuchar cosas, el teléfono sonando cuando no era así, golpes en la puerta que lo hacían correr a abrir de inmediato. Pero nadie iba a verlo, nadie lo llamaba para saber cómo estaba. Había quedado completamente solo, y eso lo estaba enloqueciendo.
Caminó al baño pero se detuvo en seco al ver salir a Iván, el rubio lo miró a los ojos un segundo antes de salir a la sala. Allan sintió el frío de su mirada y se obligó a no decir más. Iván salió del departamento antes de que otra cosa más pasara, y Allan volvió a quedar solo.
Iván volvió una semana después. Esta vez traía a Tony con él. La sorpresa era tanta que Allan no pudo moverse. El niño lo miraba con curiosidad y algo de alegría.
—Hola —dijo Tony sonriendo— ¿Podemos entrar?
Allan asintió como loco antes de hacerse a un lado. Iván no dijo nada, entró tras Tony y fue directo a la cocina, se concentró de nuevo en tomar sus artículos personales y Allan no podía apartar su mirada del niño.
— ¿Cómo estás? —preguntó a Tony.
El pequeño lo miró antes de sentarse en el sofá doble, sonrió.
—Papá me dijo que vendríamos para que me dieras mi premio —dijo Tony emocionado— ¿Me lo darás?
Allan abrió la boca sintiendo como algún hueso crujió y dio una mirada a Iván. El alemán los miraba con los brazos cruzados.
—Te ganaste un premio con todas las reglas —dijo a su hijo— Y es justo que te lo paguen.
Iván no lo miraba, solo veía a su hijo que comenzó a aplaudir lleno de alegría. Allan aclaró su garganta antes de asentir al pequeño. Había olvidado ese detalle por completo, pero sabía qué podría hacer.
—Tu padre tiene razón —dijo— El premio que te ganaste será increíble, porque lo escogerás tú.
Tony lo miró confundido.
— ¿No lo tienes? —apretó los labios.
—Lo tendré cuando me digas qué es lo que quieres de premio —Allan sonrió nervioso— Yo te daré lo que sea.
Los ojos de Tony se abrieron tanto que fue gracioso. Allan sintió un dolor en la quijada porque tenía mucho sin querer reír, o al menos tener algo por qué hacerlo. Tony se bajó del sofá y corrió a abrazarlo. Allan se tensó, no pensó que el pequeño se mostrara tan cariñoso y agradecido, después de todo no tuvieron mucha interacción salvo esa vez en la boda, y no estaba seguro de cómo reaccionaría Iván.
Lo miró de reojo lleno de pánico. Iván se acercaba a ellos, no había odio en sus ojos, ni desprecio. Allan pudo ver un poco de alivio, pero también cautela.
— ¿Puedo escoger lo que quiera? —preguntó sin creerlo.
Allan seguía con sus ojos fijos en Iván, rogando porque le hablara.
—Claro —aseguró— Te mereces ese premio.
Estaba frente a ellos, Iván acariciaba los cabellos de su hijo. Allan estaba tan nervioso que le costaba respirar, el niño seguía abrazándolo con todas sus fuerzas y él tenía ganas de llorar.
— ¿Podemos ir hoy? —preguntó mirando a ambos. Su sonrisa era contagiosa.
Allan esperó la respuesta en silencio, sentía los latidos de su corazón chocar contra su cuerpo y tragó nervioso.
—Eso depende —miró a Allan de reojo.
Él no necesitó más. Se agachó hasta quedar al nivel de Tony.
—Deja que me vista y nos iremos —aseguró.
Tony asintió varias veces y lo liberó. Allan caminó lo más normal que pudo hasta encerrarse en el baño, se duchó en tiempo record, deslizó unos jeans azules y se puso una playera negra manga larga, calzó sus botas negras y tomó su gabardina y bufanda. No podía creerlo, ¿cuánto tenía sin salir de su casa? Mucho tiempo.
Salió ya listo y alterado y tomó las llaves de su auto. Iván abría la puerta y salieron sin molestarse en esperarlo. Pero Tony se giró para tomar su mano y lo jaló a la entrada del ascensor.
—Date prisa —exclamó— ¿Tienes dinero?
Allan apretó los labios para no soltar una carcajada. Era lo menos que esperaba escuchar que el niño dijera. Miró a Iván que también evitaba reír. Se sintió mal, mejor y un miserable. La situación era demasiado y no la merecía. Pero sabía que Iván había traído a Tony para poder estar un poco más con él, o solo era uno más de sus delirios.
—Siempre tengo dinero —respondió al niño— Así que ve pensando qué quieres de premio.
Tony asintió y frunció el ceño, no volvió a hablar y el silencio medio incómodo rodeó el pequeño espacio hasta que salieron de ahí.
Dos días después de que Tony tuviera su bien merecido premio, Iván volvió al departamento, esta vez solo. Allan, que ya estaba acostumbrado a su rutina, lo dejó pasar sin decir algo y lo miró dirigirse esta vez a la sala, se sentó. Y por primera vez en mucho tiempo, lo miró a los ojos.
—Tenemos que hablar —dijo en voz alta.
Allan parpadeó impresionado y sintió cerrarse su garganta. Caminó lentamente hasta sentarse frente a Iván. El alemán estaba tranquilo, no lo miraba con odio, y aunque eso alegró a Allan, también lo hizo entrar en pánico.
—Iván, lo siento mucho —comenzó a decir.
—Olvida eso —lo detuvo levantando su mano hacia él— No es a mi a quien debes pedirle perdón, y lo sabes.
Allan cerró la boca, avergonzado.
—No entiendo qué demonios fue lo que te llevó hacer esa estupidez tan monumental, pero así fue, pasó, no puedes seguir gritando que lo sientes y esperar que todo el mundo te perdone.
Allan asintió sin poder hablar.
—No tienes idea del infierno que hemos pasado —confesó— Yo estoy bien, pero Antonio y las chicas…
Allan cerró los ojos un segundo y dejó que Iván se desahogara.
—No te perdono —dijo cruzando sus brazos— No es algo que me hayas hecho directamente a mí, pero sé perfectamente que sabes por qué me alejé.
Allan lo miró, ¿lo sabía? No.
—Allan —dijo— No me importa las cosas que hayas hecho, no me importa lo idiota que seas, me importa un bledo lo cobarde que eres cuando la chica que quieres al fin te da su aprobación. Lo que me enfurece es lo que fuiste capaz de hacer para que todos supiéramos lo desgraciado que eres.
Iván suspiró, frustrado. Tenía tiempo queriendo decirle esas cosas, pero por respeto a su familia no lo hizo.
— ¿Por qué demonios lo hiciste? —inquirió— Todo iba muy bien, Emma estaba dando el primer paso, la amas, ella te ama también, ¿o no?
Allan asintió sin mirarlo.
— ¿Entonces por qué, con un demonio? —exclamó— ¿Esto es lo que querías? ¿Eres feliz? No lo creo —bufó— No eres siquiera una persona, pareces un ente vacío que no tiene una misión en el mundo, estás destrozado, sin vida. No entiendo como mi hijo no se aterró al verte.
—No soy feliz —confesó— Pero en ese momento creí…
Comenzó a reír, lleno de ironía.
—No entiendo bien por qué lo hice, no pensé ser capaz de algo tan cruel y bajo —susurró— Ninguno se lo merecía, sobre todo ella.
—Emma —aclaró iván— Emma no se lo merecía, los demás somos un daño colateral, porque para nuestra desgracia, te queremos, gran idiota.
Allan lo miró sintiendo arder sus ojos. Iván estaba tranquilo, lo miraba como antes, enojado, pero como su amigo.
—Estaba tan lastimado por lo que Emma dijo —siguió contando— Lo último que esperé de ella fue que se besara con otro. Y sé que no fue para tanto, un beso no significa nada. Pero decirlo es muy diferente a verlo frente a mi. Fue horroroso, no pude respirar, me dolió tanto que hiciera eso, porque, por si no lo sabías, fue con toda intención.
Iván asintió estando al tanto de todo. Lo miró esperando que siguiera hablando.
—No estoy comparando, nadie merece lo que le hice, nadie merece lo que me hizo —frunció el ceño— Nos hicimos mucho daño uno al otro, y no estoy seguro de poder remediarlo.
—Ahí es donde te equivocas —lo detuvo— Si hay algo que siempre servirá, es pedir perdón. Pero no inmediatamente porque sería hipocresía. El perdón se gana, idiota, no solo con palabras, sino con tus acciones.
Allan lo miró sin saber qué decir, ¿qué insinuaba?
—Y quedándote aquí encerrado como alma en pena no ayudará nada —se puso de pie— Tienes que pensar bien lo que quieres hacer, lo que deseas para ti. Y si de verdad estás arrepentido de lo que le hiciste a Emma, entonces haz algo para arreglarlo.
Allan se enderezó también. Iván suspiró antes de estrecharlo en sus brazos.
—Vuelves a hacer algo así, y juro por mi hijo que te mato —amenazó— No tienes idea de lo que me costó hacer que Silvia no viniera a partirte la cara.
Allan cerró los ojos y asintió cuando las lágrimas salieron. Iván se alejó de él y palpó su hombro.
—Deja de llorar —ordenó— Y haz algo al respecto.
Tras esa charla, Iván volvió a visitarlo, comieron juntos, hablaron sobre lo que Iván había hecho en la semana, y que Tony quería volver a verlo. Allan asentía disfrutando el no estar solo. Iván sin duda era su mejor amigo, no lo merecía. El dolor que sentía disminuía cuando él estaba cerca, aunque fuera un par de horas. Sabía también que Iván venía a verlo sin que su familia lo supiera, y aunque se sentía mal, no culpaba a Iván de no contarle nada a Silvia o a Antonio.
La charla que no le gusta escuchar, más porque temía que terminara en desastre, era encarar a Antonio, y a Emma. No estaba seguro de qué pensar, qué decir, ¿cómo comenzar a arreglar algo que parece no tener remedio? Pero el apoyo de Iván le daba esperanza, y ahora más que nunca deseaba enmendar su gran error.
Lo despidió cuando vio la hora, debía ir a comer a casa de Antonio y no quería llegar tarde. Allan sonrió haciendo una mueca y lo vio irse. Iván prometió volver y salió del departamento. Allan suspiró. Tenía que hacer algo pronto, el problema era que el miedo parecía vencerlo, y no sabía qué sería peor, hablar con Antonio, o rogar por el perdón de Emma.
Antonio guardó su celular al terminar de hablar con Emma. No podía creer aún que su hija lo llamara, en especial para disculparse con él. La charla no duró más de dos minutos, Emma le pidió verse con ella en su departamento. Y cuando le dio la dirección, Antonio suspiró algo triste, Emma se había mudado, por eso no pudieron encontrarla durante ese mes.
Tuvo que sentarse, su cuerpo entero temblaba e incluso sintió una ligera presión en su pecho. Cerró los ojos y respiró lentamente. Sus oídos zumbaron haciendo que se asustara, nunca se había sentido así. Miró hacia la sala, Silvia estaba con Tony leyendo un libro de cuentos. Se sintió desesperado, deseaba hablarle a Silvia, pero su voz no salía y comenzó a sentir mucho frío.
Unos minutos que para él fueron eternos, sintió su cuerpo volver a la normalidad, la presión en su pecho disminuía lentamente, pero eso no hizo que el pánico desapareciera. La impresión había sido mucha para él, tragó el nudo en su garganta y agarró aire.
—Silvia —susurró primero, ya que no tenía fuerzas aún— Silvia —pudo decirlo con entonación.
Su hija entró a la cocina y se congeló al verlo. Al segundo corrió a ayudarlo.
— ¿Qué pasó? —su tono de alarma lo hizo sentir peor.
—Estoy bien —aclaró no muy convencido— Creo que se me bajó la presión, pero ya estoy bien.
Silvia lo abrazó con fuerza evitando llorar.
—Nunca te había visto así, papá —dijo al separarse— ¿Desde cuando tienes problemas de presión?
Antonio hizo una mueca, él no estaba enfermo, era más saludable que un caballo. Y sabía que todo se debió a la llamada tan inesperada de su hija menor.
—Emma acaba de llamar —confesó esperando la reacción de Silvia.
Ella abrió la boca sin creerlo.
— ¿Está bien? ¿Qué te dijo? —inquirió histérica.
Antonio la detuvo para recuperar el aliento.
—Está muy bien —aseguró— Me pidió perdón, y también que la viera en su departamento.
— ¿Regresó? —preguntó sorprendida.
—Creo, cariño, que nunca se fue —hizo una mueca— Solo se mudó a otro lugar.
Silvia cerró los ojos, se sentía una tonta, ¿cómo no pensaron en esa posibilidad?
—Todo está bien —aseguró— Haré que vuelva, lo prometo.
Silvia asintió al borde de las lágrimas. Estaba feliz, triste, enojada, pero sobre todo, preocupada por su padre, Antonio siempre había sido saludable, y ese pequeño momento la hizo pensar, que era hora de que se aseguraran de su salud.
Cuando la hora de la comida llegó. Emma guardaba los informes que entregaría al director. Tomó su bolso, guardó ambos celulares y talló sus ojos con cuidado. La charla con su padre había sido demasiado emotiva, aún se sentía vulnerable y triste. Pero Antonio había aceptado verla. Eso la hizo asentir y decirse a si misma que las cosas volverían a la normalidad.
Salió de su oficina y caminó por el pasillo hasta entrar al área de R.H. Rodrigo la recibió con una sonrisa mientras se ponía de pie.
— ¿Lista para ir a comer? —preguntó alegre.
Emma hizo una mueca.
—Disculpa, pero no podré acompañarte —dijo lentamente— Tuve una charla con mi padre… y aceptó verme hoy.
Rodrigo levantó las cejas.
— ¿Arreglarás las cosas con tu familia? —se acercó a ella— Eso es estupendo.
Emma asintió algo incómoda.
—No necesitas disculparte, ve con tu padre —dijo— Ese restaurante no irá a ningún lado.
Ella se obligó a asentir, aún debía decirle que no volvería a poner un pie en ese lugar, pero no en ese momento. Tenía que ir a su departamento, no quería hacer esperar a su padre, y se moría por verlo.
—Gracias —dijo tras suspirar— Te veré en un rato.
—Puedes tomarte el resto de la tarde —pidió— Si eso quieres.
Emma negó con la cabeza.
—Estoy bien, no es necesario.
Rodrigo asintió como si supiera de antemano lo que la chica respondería.
—Lo intenté —susurró sonriendo— Anda, ve con tu padre, estoy seguro que todo se arreglará.
Emma sonrió con nerviosismo y se despidió de Rodrigo antes de salir de ahí. En el ascensor, tuvo que suspirar un par de veces, estaba muy nerviosa, preocupada. Que su padre aceptara verla no significaba que todo estaba bien. Y la duda hacia algo negativo, la hizo estremecer.
Al llegar a su departamento, suspiró de alivio al ver que su padre no la esperaba. Subió al ascensor repitiéndose que todo saldría bien. Y al entrar en su nuevo entorno, pudo sentirse tranquila. Dejó su bolso y encendió la luz, el lugar era parecido a su antiguo hogar, un diseño minimalista con paredes blancas y piso de madera oscura. Realmente le gustaba.
Escuchó unos golpes en la puerta y se tensó. Antonio llegaba a tiempo, como siempre. Se dirigió a la entrada y agarró aire antes de girar la perilla. Su padre la abrazó en cuanto pudo verla por completo. Emma dejó de respirar y no pudo moverse. Antonio la rodeó con sus brazos tan estrepitosamente que casi se caen el suelo.
—No vuelvas a hacerme esto… —susurró Antonio a los segundos.
Emma quiso llorar, de hecho sentía las lágrimas derramarse por sus mejillas. Abrazó a su padre con fuerza y escondió su rostro en su pecho. Estaba tan feliz, tan aliviada de que quisiera verla. Había desaparecido de su vida sin dignarse en avisarle, y lo sentía mucho.
—Lo siento —dijo ella en voz grave.
En medio de las lágrimas de ambos siguieron abrazándose por un par de minutos más. Antonio estaba tan contento, podía ver a su hija de nuevo, abrazarla, y por primera vez en mucho tiempo, la veía llorar, y no solo por lo que había pasado, sino porque sabía, que lloraba de felicidad, al igual que él.
Al separarse, Antonio secó las lágrimas de Emma. Ella sonrió por su acción y volvió a abrazarlo.
— ¿Ya no te molesta que te abrace tanto? —preguntó divertido.
Emma negó con la cabeza.
—En este momento no —aseguró— Quiero que me abraces.
Antonio sonrió lleno de dicha y obedeció la petición de su hija.
—Espero que este cambio dure mucho —dijo cuando Emma se alejó de él— Respeto tu espacio, lo sabes, pero poder abrazarte sin temor a que te incomode, es maravilloso.
Emma rió por sus palabras y lo invitó a pasar. Miró hacia afuera antes de cerrar la puerta.
—Silvia no vino —dijo él— No supo cómo reaccionar cuando le dije que llamaste, además sabíamos que Tony se pondría mal, así que decidí venir solo.
Emma asintió haciendo una mueca. No los culpaba, pero no por eso dejaba de sentirse tan mal. Antonio miró el lugar unos segundos antes de extender su mano a su hija. La llevó al sofá triple y se sentaron. Emma suspiró como si tuviera años de no ver a su padre —así se sentía—.
—Bien, cariño —dijo Antonio— Cuéntame dónde estuviste este mes.
Ella agarró aire, pensó en la mejor manera de comenzar, y aunque no encontró una que sonara menos patética, la mirada de atención de su padre la hizo sentir mejor.
—Cuando todo pasó… —comenzó a decir— Necesitaba alejarme, y eso hice.
Antonio asintió. Emma apretó los labios, dispuesta a ser cien por ciento honesta con Antonio por primera vez en su vida, después de todo, su padre merecía la verdad sobre los acontecimientos, y ella estaba más que dispuesta en contarle.
Cuando Antonio se fue de su departamento, Emma se sentía tan aliviada y relajada que se dijo que sin duda volvería al trabajo, salía hasta las seis te la tarde y apenas eran las tres. Sintiendo como su vida volvía a la normalidad —en un tercio— salió de su departamento y subió a su auto. Llegó a Des&Tes en menos de quince minutos, se topó con el director que llegaba también.
—Hola, querida —saludó el hombre, siempre sonreía.
—Buenas tardes —dijo ella, estaba tan contenta y de buen humor.
— ¿Comiste bien? —preguntó frunciendo el ceño.
—Como nunca en mucho tiempo —aseguró.
Y no mentía, Antonio preparó el almuerzo para ambos.
El director palpó su hombro.
—Me alegra, querida.
Lo acompañó al ascensor, estaba tan bien. Hasta veía todo de manera diferente. El director le preguntó por los informes, y tras decirle que los entregaría apenas llegar a su oficina, el hombre asintió agradecido.
—Dejalos en mi escritorio —pidió— Tengo una junta en cinco minutos.
Emma asintió y salió del ascensor. Caminó lentamente hasta abrir la puerta de su oficina, sacó los informes, dejó su bolso en la silla y dio media vuelta. Se encontró a Rodrigo que hablaba con una de las jefas de administración y sonrió al verlos. Entró a la dirección, dejó los informes a la vista y salió de ahí. Rodrigo la esperaba con una enorme sonrisa.
— ¿Cómo te fue? —preguntó ansioso.
Emma sonrió. No necesitó decir más. Rodrigo la abrazó antes de que pasara otro segundo.
—Lo sabía —dijo en su oído.
Emma no se sintió incómoda en absoluto. Después de todo estaba muy feliz. Abrazó a su amigo y él se alejó a los segundos algo avergonzado.
—Disculpa —apretó los labios— Me emocioné, no quise invadir tu espacio.
Ella negó con la cabeza.
—Estoy bien —aseguró— Gracias por preocuparte por mi.
Rodrigo apretó los labios para ocultar su sorpresa. No sabía que Emma podía ser tan linda, bien, siempre lo era, pero de una forma fría a la que ya se había acostumbrado. Debió haber pasado algo muy bueno con su padre para que la dejara de tan buen humor.
—Volvamos al trabajo —dijo ella.
Él suspiró divertido y la siguió sin decir nada. Emma caminó tarareando una canción que tenía mucho sin escuchar. Rodrigo reprimió una carcajada y se despidió de ella cuando entró a su oficina. Emma se sentó en su silla, bolso en mano.
Suspiró por enésima vez, ¿cómo podía ser tan diferente? En la mañana seguía sintiendo ese vacío arrollador que le impedía siquiera reír con honestidad. Y ahora, estaba tan feliz que le dolía la quijada. Su padre era el mejor. La perdonó al segundo y le aseguró que todo quedaría en el pasado. Y tras haberle contado lo que había hecho, y de su nuevo trabajo, podía, al fin, estar tranquila.
Para las seis de la tarde, Emma había terminado con sus labores diarias. Llamó a unos contratistas, al director para informarle, y también a Rodrigo para decirle que mañana lo invitaba a comer —a otro lugar menos Italianos—. Tomó su bolso cuando estuvo lista y se puso de pie.
Su celular sonó. No el nuevo sino el anterior. Y dado que su padre prometió llamarla pronto, respondió sin molestarse en ver quién era.
—Yo también te extraño —dijo sonriente.
Del otro lado escuchó un ruido sordo, como si algo se rompiera. El silencio la hizo fruncir el ceño.
— ¿Papá?
—No… —dijo la voz de Allan— Soy yo.
Emma dejó caer el celular hasta que lo escuchó estrellarse en la alfombra de la oficina. ¿Por qué la llamaba? ¿Por qué tenía que hacerlo específicamente ese día tan hermoso? Sintió el ardor en sus ojos y los talló con violencia. El celular seguía en el suelo, lo miró como si fuera una bomba que estallaría en su cara y lo recogió lentamente.
Tragó fuerte antes de acercar la bocina a su oído.
—Por favor —escuchó que Allan decía— Por favor.
Emma colgó antes de que dijera otra cosa. Apagó el celular y lo guardó de mala gana en su bolso. Caminó aprisa agradeciendo su suerte al no encontrarse con ningún empleado, su buen humor había desaparecido tan pronto que la amargura la golpeó con fuerza. Salió del edificio y subió a su auto. Tendría que darle su nuevo número a su padre, para poder deshacerse del anterior. De esa forma, el desgraciado que había arruinado su vida, no volvería a llamarla, y podría ser feliz de nuevo.