Capítulo 3

2801 Words
Dejó caer el celular al suelo. Sabía que ella no quería hablar con él, pero lo sorprendió tanto que contestara, que solo por ese instante se permitió tener esperanza de nuevo, la voz de Emma retumbó en un eco que lo hizo volver a la vida. Quería verla, abrazarla, y rogar por su perdón.  Negó con la cabeza, las palabras de Ivan lo hicieron apretar los labios, pedir perdón no era suficiente esta vez, tenía que demostrar su valor, enmendar su estúpido error. ¿Pero cómo? Una parte de él le gritaba que Emma jamás lo perdonaría, ¿y quién puede culparla? Después de la bajeza que le hizo…  Lo supo desde que la miró entrar al baño, dentro de su cabeza se desató un terremoto, la vio temblar, destrozada por lo que sus ojos veían. Pudo escucharla llorar cuando se alejó, casi seguro de lo que pasaba por su cabeza, lo que pensaría de él a partir de ese momento. Y supo que por su acción, el mundo se derrumbó a su alrededor.  Cerró los ojos y agarró aire, su voz hizo latir su corazón, despertando después de mucho tiempo, el recuerdo de todo lo que hizo lo atormentaba cada día que pasaba, impidiéndole mejorar, porque cada segundo de sufrimiento lo tenía bien merecido.  Se había hundido hasta el fondo del dolor, porque sabía que ambos tenían algo único. Que eran más que solo dos colegas y amigos. Ella era todo para él, la tuvo entre sus manos y ella lo dejó entrar a su corazón.  —Yo creé este desastre… —susurró a la nada.  Como si todo hubiera sido arrasado por una llamarada de fuego que carcomió cada uno de los buenos momentos que pasaron juntos, alimentado por sus decisiones.  — ¿Sigues siendo mía? —su pregunta lo hizo reír, por supuesto que no, nunca lo fue, y jamás pasaría.  No estaba bien sin ella, claro que no. Si Emma se iba de su lado todo empeoraba, la oscuridad lo absorbía sin clemencia, donde nadie podía escuchar sus gritos. La ayuda no venía, nadie lo salvaba, se hundía lentamente hasta el final, esperando porque todo terminara.  —Por favor… —susurró con los ojos cerrados.  Ya no estaba en la habitación, era uno de esos momentos en que estaba solo,  y la tristeza lo consumía, escuchaba voces, veía a alguien que no estaba ahí.  —Quiero estar a tu lado, nunca quise que te fueras —estiró su mano al aire— Sé que yo soy tuyo, así que, por favor, sé mía…  Cerró su mano con fuerza y golpeó la cama. Eso jamás pasaría, sabía que destruyó todo por lo que le hizo, la clase de error que pudo enterrarlos con vida, poniendo todo ese peso sobre ellos para siempre, sin un lugar dónde esconderse, sin poder escapar.  Estaba sentado en la orilla del abismo, a punto de caer, ya que él fue quien destruyó todo, encendió la mecha que hizo desaparecer lo bueno que existía en su vida, y perdió a su familia, y a Emma.  —Déjame salvarnos —dijo, cuando pudo ver un rayo de luz en su oscuridad— Sé que arruiné todo, maté lo que sentíamos, aún puedo saborear la sangre en mi boca, pero sé que te herí mucho más, como si hubiera clavado una daga en tu corazón.  Las lágrimas salieron de sus ojos.  — ¿He matado nuestro amor? —dejó salir antes de perder la consciencia.  Su cuerpo sucumbió al desgaste emocional, pero eso no impidió que las pesadillas lo atacaran. Deseaba que todo volviera a como estaba antes, con la mujer que tanto amaba rehaciendo su vida lejos de él y sus errores. Si no podía ser suya, la dejaría ir a encontrar su felicidad. Emma se merecía una vida plena, con alguien que supiera valorar lo que él no pudo.    Sus manos no dejaban de temblar. Resopló, frustrada y contó hasta diez. Debía calmarse, pero cuando recuperó el control fue consciente que estaba sentada en el suelo. Ni siquiera recordaba en qué momento se desplomó. Sintió arder sus ojos por lo débil que estaba siendo y se puso de pie lentamente, mandando a volar su dolor.  Cerró en puños sus manos y maldijo sus adentros, ¿por qué dejaba que la hiriera de nuevo? Solo había sido una llamada, una que jamás se repetiría. Miró los pedazos de su antiguo teléfono y suspiró, convencida. Acomodó su falda negra y agarró aire. Estaba bien, en control, como siempre debía estar. No permitiría que esa persona volviera a desarmarla, primero muerta.  Salió de su oficina unos minutos después, rogando no encontrarse con nadie, pero reprimió un gemido al ver a Rogelio caminar en su dirección. Sacudió su cabeza y decidió aprovechar la oportunidad para aclarar un punto importante.  —Creí que no te alcanzaría —dijo el pelirrojo— Quería invitarte a almorzar mañana al lugar que te conté —sonrió.  Emma apretó los labios, sintiendo una descarga eléctrica en su espalda.  —Lo siento —dijo— Pero no puedo ir a ese lugar por motivos personales, Rogelio.  El chico alzo ambas cejas, y asintió a los segundos.  —Comprendo, no te preocupes —sonrió— Podemos ir a cualquier otro lugar, ¿te parece?  Emma se obligó a sonreír, porque en esos momentos no estaba de humor para nada.  — ¿Estás bien? —preguntó, preocupado— Luces más tensa de lo usual.  Emma negó con la cabeza.  —Estoy bien —mintió— Solo un poco cansada.  Rogelio apretó los labios ante la pésima mentira, pero no la presionó. Dio un paso adelante y la rodeó con sus brazos. Emma quedó tiesa, pero no lo apartó. Rogelio dejó salir el aire entre sus dientes, obligándose a no decir nada. Sabía todo. Estaba al tanto del desastre que ocurrió en la compañía de su padre, y sabía que lo único que esa pobre chica necesitaba, era un amigo sincero que fuera su soporte.  Emma resopló a los minutos, ya que Rogelio se negaba a soltarla. Él la liberó, ocultando sus pensamientos, no sentía pena por ella, sino admiración. Había sobrellevado todo con la frente en alto, y era sorprendente.  —Disculpa —sonrió— Creí que tal vez lo necesitabas.  Emma lo miró, su ceño fruncido.  —No era necesario —aclaró— Pero gracias.  —Bien, te veré el lunes —la miró un segundo antes de dar media vuelta.  Ella sonrió por su actitud y lo miró irse. Se sentía mejor, lo aceptaba, Rogelio era amable con ella. Aunque ese momento la hizo recordar a su amigo Roberto, no sabía nada de él desde que se fue aquella vez.  Se sintió mal, ya que Roberto era un amigo muy querido que estaba ahí para ella, quiso llamarlo, pero ese número estaba en su anterior celular, y se maldijo por ser tan impulsiva. Pero no tuvo opción. Se aterró al escuchar esa voz de nuevo.  Cuando llegó a su departamento, llamó a su padre, le explicó que ese era su nuevo número, y que el otro había sido cancelado. En el sentido de que yacía destrozado en el basurero de su oficina, pero no tenía por qué enterarse de eso. Su padre aceptó sin hacer preguntas, y terminó la llamada.   Después de eso entró al baño, soltó su cabello, ya que lo había recogido con unas horquillas y sacudió la cabeza, los mechones dorados y cortos cayeron en su espalda. Entró al baño y se duchó sin prisa. Había sido un día largo y lleno de emociones.  ¿Qué habrá pasado? No podía dejar de pensar en eso, después de que ella se fue junto a su familia no volvió a saber nada, aunque ese momento regresaba borroso en su memoria. Tampoco sabía si su padre continuaba trabajando ahí, si la empresa seguía prosperando. Cerró los ojos, ya no era su problema, tenía que olvidarlo.  Salió del baño envuelta en una toalla y se vistió, deslizó un short de mezclilla cuando estuvo en ropa interior, una playera de manga larga, sus pantuflas, y salió rumbo a la cocina con una toalla sobre su cabeza. Tenía hambre, aunque no sabía qué preparar, encendió su reproductor de mp3 y dejó la lista en modo aleatorio. Sacudió su cabeza con la toalla y después la dejó sobre una silla del comedor.  En la cocina, abrió la puerta del refrigerador, no tenía mucha comida ya que no había ido de compras, así que sacó un bote de leche y la caja de cereal, era lo más práctico, ya que no estaba de humor para salir.   Su celular sonó, deteniendo lo que hacía, fue a responder, y sonrió al ver que era su padre.  —Hola, papá —saludó, contenta— ¿Qué ocurre?  —Abre la puerta —escuchó que dijo.  — ¿Qué?  —Que abras la puerta, cariño.  Emma parpadeó antes de sonreír abiertamente, y obedeció a su padre. Miró a Antonio frente al umbral, traía varias bolsas de comestibles. Ella lo dejó pasar, llena de euforia. Iba a seguir a su padre, pero Antonio no venía solo. Sus ojos se clavaron en su hermana y el pequeño Tony.  Silvia avanzó lentamente hasta quedar en el umbral, sus ojos tan abiertos como los de Emma. Silvia tenía el ceño fruncido, pero luchando por no sonreír. Estaba aliviada y confundida. Emma quiere decir algo, pero no se atreve.  Tony rompe con la tensión y se arroja a los brazos de Emma, llorando desconsoladamente. Emma lo abraza, reprimiendo las lágrimas, Tony se aleja para poder besar su mejilla repetidas veces, está tan contento de volver a verla que eso quiebra a Emma y deja que las lágrimas salgan.  Tony deja de besarla y la observa, sus manitas sujetan el rostro de Emma con cuidado, y el niño la examina con sus ojos verdes.  —Eres tú, tía Emma —aclara, sonriendo.  Silvia rompe en llanto al escucharlo y Emma también. El niño la abraza con fuerza, no hay llanto en él, está contento por volver a ver a su tía favorita. Emma asiente al pequeño antes de bajarlo. Da un paso a su hermana, pues sabe que se merece un buen regaño. Pero Silvia hace exactamente lo mismo que Tony, y se lanza a sus brazos.  Emma la rodea con sus brazos y ambas continúan llorando. Todo está bien, su familia ha vuelto a ella, ya no estará sola de nuevo. Sabe que todo ha quedado perdonado sin necesidad de palabras, ya que el amor que siente en ese abrazo es más que suficiente.  Ese momento había pasado. Al separarse, todo estaba en orden de nuevo. Silvia sonreía, contenta al igual que Emma. Antonio se unió al abrazo con Tony junto a él, la familia estaba reunida, y todo estaba bien en el mundo.  Silvia se llevó a Emma al sofá y comenzaron su charla, después de todo tenían mucho que contar. Antonio les dio su espacio y comenzó a preparar la cena. Tony se acomodó en los brazos de su tía, suspirando cada tanto por lo cómodo que se sentía.  —Dime qué es lo que haces ahora —pidió Silvia, interesada— Conociéndote, no paraste de buscar trabajo hasta conseguirlo.  Emma asintió.  —Así es, llevo tres semanas en un lugar nuevo —dijo, orgullosa— Es un gran sitio, me siento cómoda y respetada.  Silvia reprimió un comentario.  —Me alegro por ti —sonrió, con honestidad— ¿Papá te contó que trabaja ahora para el padre de Ivan?  Emma negó con la cabeza, ¿desde cuándo su padre se guardaba las cosas?  —Después de que todo… terminara —dijo, omitiendo hablar de más— Ivan convenció a papá de entrar al negocio de su familia, y aunque el terco de Don Antonio se negó, entre Adele y yo lo convencimos.  Emma levantó las cejas al escuchar el nombre de la novia de su padre, ¿por qué no había venido ella?  —Quiso hacerlo —dijo, leyendo su mente— Pero consideraba que debíamos hacerlo nosotros primero, supongo que creyó que estarías abrumada con demasiadas personas invadiendo tu espacio.  Emma talló su sien, sin poder evitar sonreír, esa mujer ya la conocía bien.  —Quiero saber qué hiciste —inquirió ella— Tanto tiempo sin saber de ti fue horrible, así que comienza a hablar.  Emma sonrió, divertida, antes de asentir.  —Me fui del país por una semana —dijo— Necesitaba un cambio, alejarme de todo, y en verdad me ayudó.  —Puedo verlo —aclaró, al señalar el corte de cabello— Te queda muy bien, me gusta.  —Gracias —tocó un mechón antes de continuar. — Al volver, llamé al sitio anterior en el que estuve, me había mantenido en contacto con el encargado de RH, y aceptó contratarme como base.  —Me sorprendes —confesó— Pero eso no es algo nuevo para ti, ¿verdad? Cualquier empresa estaría encantada por contratarte, eres genial.  —Me halagas —digo, divertida— Pero tienes razón.  Silvia soltó una carcajada, porque sin duda su hermana había cambiado.  —Quiero saber algo —apretó los labios— ¿Qué pasó con los demás?  Silvia suspiró.  —Después de que… —miró a Emma, que lucía tranquila— Papá renunció, Adele junto con él,  y Roberto se unió a la fila. Sé que un grupo más también lo hizo, pero no estoy segura de quienes fueron.  Emma frunció el ceño, temía que eso hubiera pasado, ¿se habían quedado sin trabajo por defender su causa o algo parecido?  —No es tu culpa, Emma —aclaró ella— Si se fueron de ese lugar fue porque así lo decidieron.  —Lo sé —aceptó— Me gustaría saber si Roberto está bien.  Silvia suspiró.  —Puedes llamarlo —informó antes de sacar una nota de su bolso. — Me pidió llamarlo cuando supiera sobre ti, así que puedes hacerlo tú misma, se encuentra bien, por cierto, trabajando en otro lugar.  —Gracias, lo llamaré —aseguró.  Silvia se dejó caer en el sofá, exhausta. Las cosas volvían a ser lo que eran antes, solo era cuestión de tiempo.  — ¿Dónde está Ivan? —preguntó al notar hasta ese momento que no vino.  —Tuvo un asunto del trabajo —dijo en voz tenue— Pero vendrá pronto a verte.  Ella asintió, abrazó a Tony con fuerza, ya que el pequeño se negaba a dejarla ir. Tony la miró un segundo antes de sentarse, recordó que había traído algo consigo y quería que su tía lo mirara. Se bajó de su regazo y se acercó a la mochila que su madre había empacado para él. De ahí sacó una caja y se regresó al sofá.  Emma lo observó, fascinada, ya que lo había extrañado mucho. El niño se acercó con la caja en sus manos y se la enseñó a su tía.  —Mira, mira —dijo, presumiendo su nueva adquisición.  Emma tomó la caja y la examinó, pero al ver lo que era, palideció.  —Ivan le compró la película hace unos días —dijo Silvia, sin saber la verdad— La lleva a todas partes, y quiso traerla hoy para que tú la vieras.  Emma no pudo dejar de ver el nombre de la película, era la misma que Tony y ella había visto esa vez en la sala. La que Tony había disfrutado y quería tener en disco para verla cuando sus padres regresaran.  Silvia no notó el estado de Emma y se puso de pie para ir por un vaso agua. Tony se subió al sofá cuando quedó con su tía, y susurrando lentamente, le confesó su secreto.  —Allan al fin me dio mi premio —sonrió.  Ella lo miró, tratando de no sucumbir al estremecimiento tan violento que la atacó, pero el pequeño sonreía complacido, ajeno a lo que su inocente acción había causado. Cerró los ojos y contó hasta diez, Tony notó su estado y se acercó a abrazarla. ¿Por qué tenía que seguir recordando lo que ese desgraciado le hizo? ¿Acaso había usado a Tony para lastimarla? ¿En qué momento le dio la película al niño?  No lo sabía, pero estaba segura que quien tendría respuestas, sería Ivan.      Después de terminar la cena, una que mejoró el humor y estado emocional de Emma, Silvia le informó que esa noche se quedarían a dormir ella y Tony. Emma asintió sin necesidad de pensarlo, después de lo que había pasado, no quería quedarse sola otra vez.  —En ese caso, llevaré a este pequeño al baño —tomó a su hijo en brazos, con la mochila en la mano y caminando por el pasillo.  Emma suspiró lentamente, y se puso de pie. Antonio y ella recogieron los platos, tiraron los restos de los mismos, y los metieron a la lava vajillas. Antonio la observaba en silencio mientras lavaban sus manos. Emma podía sentirlo pero no dijo nada.  —Cambiaste —dijo, luciendo sorprendido por su descubrimiento— Aunque es comprensible, cariño, todo lo que pasaste.  Emma se tensó, pero negó con la cabeza.  —No cambié, papá —aclaró— Solo estoy siendo considerada contigo, expresar un poco más lo mucho que te quiero no amerita un gran cambio, siempre he sido así. Pero sé que en estos momentos tú me necesitas de esta manera.  Se acercó a él, y lo abrazó.  —Por eso lo hago.  Antonio suspiró sin poder responder a esas palabras, y se limitó a abrazar a su hija. 
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