César La casa de mis padres es un faro de luz cuando me detengo a su lado. Miro a Melvin, mi chofer, por el espejo retrovisor y suspiro pesadamente. —¿A qué hora necesita que venga a buscarlo, señor Crawford? —pregunta. —¿En siete minutos? —digo, mientras me froto los dedos contra las sienes—. Dios. Dame dos horas, y ven con una emergencia. Vida o muerte. Inevitable. —Sí, señor. Adoro a Melvin. Nació y se crió en Londres, pero trabajar como chofer de taxi n***o allá y de taxi neoyorquino aquí lo ha curtido contra el estrés de la vida. Se toma todo con calma y siempre responde cuando lo necesito. —Buena suerte, señor —dice con una sonrisa, mientras salgo del auto. La forma imponente de la casa agrava mi mal humor mientras me abotono la chaqueta. Me puse mi traje más caro esta noche s

