Naira
Y así, puedo escuchar si estas nuevas pastillas están funcionando. La leucemia que devasta el cuerpo de mi hermana ha estado a raya durante dieciocho meses, pero los últimos cinco han mostrado un cambio notable en su salud general. Está fatigada, débil y con náuseas la mayor parte del tiempo. Estoy preocupada, pero hago todo lo posible por ocultar mis miedos. Aun así, a pesar de la dura realidad de su situación, no logro apagar el débil optimismo que siento sobre el futuro. Hay un medicamento nuevo, un medicamento milagroso, que para la enfermedad de Luna ha mostrado resultados increíbles, incluso ha curado por completo a algunos pacientes.
—Podríamos volver a preguntarle a la Dra. Armitage sobre el tratamiento LUMA —digo mientras los hombros de Luna se hunden hacia adelante y suspira.
—No tiene caso, Nai, sabes que eso es un sueño imposible para niños ricos enfermos. Nunca podríamos pagarlo.
Rompo los huevos en el tazón con más fuerza de la que pretendía. La yema sale disparada, casi derramándose por el borde. La actitud de Luna últimamente ha sido totalmente derrotista, como si ya se hubiera rendido. Ni siquiera puedo concebir perderla, y si tengo que vender un riñón para pagar el tratamiento, lo haría sin dudarlo.
—Lunita, tienes que dejar esta negatividad —digo, inyectando todo el entusiasmo que puedo en mi voz—. Nos vamos a ganar un millón de dólares en la lotería pronto, y si no te apuntas, me lo voy a quedar todo para mí y me voy a comprar un Ferrari.
Luna niega con la cabeza con una sonrisa cariñosa. —Eres una idiota, Nai. Pero solo estoy siendo realista... esto no es...
—Basta.
Luna levanta la vista, sus ojos bien abiertos ante mi tono duro. No le hablo así seguido, pero verla desvanecerse frente a mí me hace doler el pecho. Tengo que salvarla. La voy a salvar. Cueste lo que cueste.
—No lo vamos a descartar —digo con firmeza—. Si hay una manera de hacerlo, lo haremos. Podría salvarte la vida.
—¡Cállate ya!
La cabeza de Luna se voltea de golpe ante la voz de nuestro padre. Ambas estamos tan acostumbradas a sus cambios de humor coléricos que apenas nos inmutamos, pero mi hermana deja de hablar de inmediato. Observo cómo sus movimientos se vuelven exagerados y lentos, asegurándose de no hacer ningún ruido que pueda enfadarlo más. Se me tensa la mandíbula mientras camino hacia el fregadero y dejo caer el tazón adentro deliberadamente, con un fuerte estruendo. No voy a andar con pies de plomo todo el día porque él tenga resaca. Además, si se enoja conmigo, no le va a gritar a mi hermana como lo hizo hace dos noches, mandándola a la cama hecha un mar de lágrimas. Empiezo a hacer los huevos revueltos, haciendo el doble de lo normal. Normalmente soy optimista comparada con el pesimismo callado de mi hermana, pero hoy estoy batallando. Ha estado enferma por mucho tiempo, pero esto se siente diferente, como si de verdad estuviera empeorando, y el terror que siento de perderla es abrumador. Mi sueño es sacarnos de esta casa, alejarnos de nuestros padres, y que ella vuelva a estar sana. Nada más importa. Nada. Sirvo la comida, entregándole a Luna un montón enorme de huevos. Ella lo mira con incertidumbre pero lo toma sin decir nada. Ambas sabemos que no lo va a poder terminar, pero tengo que intentar meterle comida al cuerpo.
—¿A qué hora tienes que irte esta tarde? —pregunta, picoteando su comida como un pajarito.
—Como a las cinco. Primero te dejo aquí y luego me voy.
—¿Cuál es el plan para la despedida de soltera? —pregunta Luna con una sonrisa feliz—. Hope sonaba tan emocionada por teléfono.
—Sí, básicamente está saltando de las paredes. El chat grupal se volvió loco esta mañana. Creo que las chicas van a llevar como ochenta botellas de champán.
Mis nervios aumentan al pensar en volver a ver a las amigas de la universidad de Hope. Como grupo grande de mujeres, han sido bastante geniales para pasar el rato en el pasado. El problema es que todas tienen dinero, son seguras de sí mismas, y son completamente diferentes a mí. Devoro mis huevos y tostadas, tratando de sofocar el pánico creciente al pensar en todas las conversaciones en las que no voy a poder participar este fin de semana. Somos solo nosotras las chicas en una casa en medio de la nada, y la última vez que estuve con ellas, hubo tanta plática de hombres y sexo que me sentí totalmente fuera de lugar. Hope es la única que sabe que sigo siendo virgen. Con la enfermedad de Luna y trabajando tres empleos, no tengo tiempo para hombres. Aunque lo tuviera, no es como si pudiera llevarlos a casa a conocer a mis padres, de todos modos. Recorro la casa con la vista otra vez, decidida a arreglarla antes de irme para que Luna no viva en una pocilga todo el fin de semana.
—Te va a hacer muy bien salir de este lugar —dice Luna, como si me leyera la mente, ensartando un gran bocado de huevo en el tenedor. Me da una sonrisa irónica mientras se lo mete todo a la boca.
Me río de ella, pero sigo preocupada por este fin de semana.
—Me vas a llamar si te enfermas, ¿verdad? O si necesitas algo. Vuelvo a casa en un instante.
—Son dos días, Nai. Necesitas descansar. Voy a estar totalmente bien aquí, y papá va a tener su turno en la obra de construcción el sábado. Puedo leer mi libro y ver televisión. Va a ser lindo no tenerte encima todo el día, obligándome a tomar agua cada cinco minutos.
—Bueno, entonces te voy a mandar un texto cada hora para recordarte.
Ella se ríe, lanzándome comida mientras hay un golpeteo en la pared desde el cuarto de mi papá. Le lanzo una mirada furiosa mientras ambas nos quedamos calladas, terminando el resto del desayuno sin hablar. Voy a lograr que salgamos de aquí y que mi hermana vuelva a estar sana. Cueste lo que cueste.