Capítulo 3

1239 Words
Naira —¿Tienes tus pastillas? —Sí. —¿Tienes el número del doctor y el mío? Luna gime, empujándome hacia mi auto. —Claro que sí. Voy a estar bien. Súbete al auto. Vete. —Bueno, ahora siento que estás tratando de deshacerte de mí. —¡Vete! Ella se ríe mientras me subo al auto, mirando atrás una última vez. Mi hermana está de pie junto a la reja de malla afuera de nuestra casa, viéndose como una doncella escocesa despidiendo a su señor. Es tan hermosa que a veces apenas parece real. Luna agita la mano frenéticamente mientras bajo la ventana y le devuelvo el saludo. El motor apenas enciende, y solo puedo esperar que mi auto de mala muerte me lleve a mi destino sin morir en el intento. Va a estar bien. No va a pasar nada solo porque esté fuera dos noches. Aun así, mientras empiezo el largo trayecto, puedo sentir la culpa subiendo dentro de mí como una marea. La estoy dejando sola con solo nuestros padres todo el fin de semana. No he hecho eso desde que se enfermó. Suspiro mientras maniobro para salir de nuestra calle diminuta hacia la autopista. Mis padres no son mala gente. Son alcohólicos e inútiles para mantener un trabajo por más de unos meses, pero podrían ser mucho peores. Lo único que sé con certeza es que no van a cuidar de Luna mientras esté fuera. Mi mamá me dio la responsabilidad de mi hermana menor cuando yo tenía solo cinco años. He estado cuidando a Luna toda su vida, y ellos dependen de mí para eso. A mi mamá ni se le va a ocurrir preguntarle si se tomó sus pastillas, si durmió, si necesita agua o comida extra. Mamá se va a ir a su trabajo de mesera, luego va a andar de fiesta todo el fin de semana y va a volver a pelearse con mi papá, igual de borracho que ella. Es una escena que llevo viendo desde la infancia, y no va a cambiar en un futuro cercano. Piso el acelerador, obligándome a no dar la vuelta y regresar de una vez. Miro por el retrovisor una última vez, aprieto la mandíbula, y sigo adelante. Este fin de semana va a ser un descanso, y cuando vuelva, puedo volver a hablar con ella sobre el tratamiento LUNA que describió el doctor. Cuesta cientos de miles de dólares, pero si tuviera que ponerle precio a la vida de mi hermana, gastaría millones para salvarla. Tal vez debería empezar un OnlyFans. Para cuando llego, ya está oscuro. La casa que Hope alquiló para el fin de semana es enorme, con un jardín impecable. La luz se derrama sobre el pasto desde las ventanas, y puedo escuchar las risas y gritos de las otras mujeres mientras me acerco. Estoy bastante segura de que soy la última en llegar. El frente de la casa está lleno de ventanas enormes, y puedo ver el interior mientras avanzo. Varias mujeres hermosas están bailando; vestidos cortos y tacones con correas a la vista. Miro mis jeans y mi camiseta, sintiéndome fuera de lugar de una vez. Los nervios burbujean dentro de mí. Solo espero que no vaya a ser demasiado descontrolado durante los próximos dos días. Normalmente no tomo mucho, sabiendo lo que el alcohol le ha hecho a mis dos padres, pero dudo que tenga mucha opción este fin de semana. Estaciono el auto por un costado, agradecida de que mi llegada haya pasado desapercibida. Me da tiempo para recomponerme antes de entrar. —¿Cómo puedes verte tan preciosa solo con una camiseta, Nai? Te lo juro por Dios, a veces te odio. Sonrío al girarme y ver a mi mejor amiga saliendo tambaleante de la casa con una copa de champán en cada mano. —Por fin llegó la invitada estrella —dice Hope con sinceridad, sus ojos llenándose de lágrimas mientras llega hasta mí—. Te he extrañado muchísimo. Cae en mis brazos, ya un poco achispada, mientras trato de equilibrarla. Las copas se sacuden alarmantemente en sus manos mientras me planta un beso largo en la mejilla. Su aroma me envuelve, una mezcla de vainilla y lavanda, que creo que podría ser el perfume que le regalé en su cumpleaños. Retrocediendo, me mira, entregándome una copa. —Tómate todo el tiempo que necesites para instalarte —dice, sus ojos oscuros brillando. Trae puesto un hermoso vestido plateado, su piel bronceada delineada por la luz de la puerta abierta. Hope tiene la misma altura que yo, ambas más altas que el promedio, pero su cabello es una masa de rizos castaño oscuro en cascada, mientras que el mío es ondulado y rubio. —¿Ya están todas aquí? —pregunto, dando un sorbo a mi champán. —Sí, pero la fiesta no empieza hasta que tú entres, nena. —Es tu despedida de soltera —digo riendo, y ella se encoge de hombros. —Todas saben que eres mi amiga más antigua, y llevan la última hora preguntando cuándo llegarías. Te agradezco muchísimo que hayas venido hasta aquí. ¿Cómo está Luna? —Está bien. Gracias por preguntar. Hope me pasa el brazo por los hombros, y termino apurando mi copa mientras entramos a la casa. Puedo escuchar los chillidos y gritos de emoción de sus amigas adentro, y ella me mira con cautela. —Sal cuando estés lista. No hay prisa. Niego con la cabeza. —Me tomo cinco minutos. No puedo esperar a celebrar contigo. Rory es el hombre más afortunado del maldito planeta. Su expresión cautelosa se desvanece, y me da una sonrisa aliviada. La amo por intentar hacerme sentir bienvenida, pero ambas sabemos que este fin de semana es mi peor pesadilla. Voy a tener que asegurarme de que crea que la estoy pasando bien, porque no quiero ser un aguafiestas. —Dame un segundo —digo, apretándole los dedos en señal de apoyo mientras ella se desliza de vuelta hacia el salón principal. Hay un coro de chillidos, y una mujer elegante con cabello corto y despuntado le entrega a Hope otra copa de champán mientras todas empiezan a bailar juntas. Corro hacia mi cuarto, me desvisto rápido, y me pongo mi vestido con lentejuelas. Es un poco demasiado corto, y me lo jalo hacia abajo sobre los muslos, deslizándome los zapatos mientras me enrollo las correas hasta los tobillos. Me maquillé antes de salir, lo cual me ahorra tiempo, y me doy una rápida mirada al espejo para revisar cómo me veo. Mi largo cabello rubio está atado en una trenza suelta sobre el hombro derecho, y mi maquillaje es pasable pero no se va a ver tan perfecto como el de todas sus amigas. Me jalo el vestido una última vez, reviso mi labial, y me escabullo de vuelta afuera hacia mi auto. Sacando los globos de la cajuela, me quedo parada en silencio en la oscuridad, escuchando el retumbar de la música adentro. Armándome de valor como si fuera a entrar en batalla, aprieto los dedos alrededor de las cintas de seda atadas a los globos y corro adentro, sosteniéndolos en alto sobre mi cabeza e irrumpiendo en el salón principal con estilo. Un grupo de mujeres grita de emoción y se apresura a saludarme mientras la fiesta de Hope realmente comienza. Apenas llevo cinco minutos ahí y ya me alegra haber venido.
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