Entre Luces y Sombras

620 Words
Kendra despertó tarde, con los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana del modesto departamento que compartía con Amalia. Su cabello oscuro caía desordenado sobre la almohada, y sus ojos ámbar se entrecerraron mientras estiraba los brazos. Amalia ya estaba en la cocina, riendo mientras preparaba café. —¡Buenos días, dormilona! —dijo, depositando una taza humeante frente a ella—. Creí que jamás despertarías. —Agradece que sobreviví a otra noche en Éxtasis —respondió Kendra, tomando un sorbo y haciendo una mueca divertida—. Hoy mi cuerpo me odia, pero mi corazón sigue intacto. Se rieron juntas, recordando las pequeñas anécdotas de la noche anterior: algún cliente insistente, un baile que terminó en risas y algún paso de baile improvisado que casi las hace tropezar. A pesar del cansancio, había algo liberador en compartir esos momentos con Amalia, alguien que la conocía desde hace años y que entendía que detrás de su carácter fuerte y sus ojos desafiantes había una mujer con sueños y miedos. Después de desayunar, decidieron salir a caminar por la ciudad. Vancouver estaba cubierta por un cielo gris y fresco, y la luz del día ofrecía un respiro del bullicio nocturno. Kendra caminaba con pasos seguros y tacones bajos, saludando a conocidos y charlando con vendedores, mientras Amalia la observaba con una mezcla de orgullo y diversión. —No sé cómo logras sonreír así después de trabajar hasta tan tarde —dijo Amalia mientras compraban en una pequeña boutique—. Yo estaría arrastrando los pies. —Porque no todo es trabajo —respondió Kendra, mirando un vestido que no podía permitirse—. La vida se trata de pequeños momentos como este, Mali. De sentir que puedes ser libre, aunque sea por unas horas. Regresaron al departamento cargadas con bolsas, riéndose de los caprichos que se habían permitido comprar. Kendra dejó los paquetes a un lado y se dirigió al espejo, ajustando su cabello y maquillándose con movimientos precisos y seguros. Amalia la miraba, tomando nota de cada gesto, de cada destello de confianza que su amiga desprendía. —Esta noche será otra función —dijo Kendra, examinando su reflejo—. Otra oportunidad para recordar quién soy y que nadie puede controlarme. Al caer la noche, salieron hacia “Éxtasis Nocturno”, el club donde Kendra trabajaba como bailarina. Las luces de la ciudad se reflejaban en los ventanales del taxi, y Kendra sentía la anticipación burbujeando en su pecho. Amalia la tranquilizó con un apretón de hombro antes de entrar al club. El aroma a perfume barato, a humo y a alcohol las recibió. Kendra respiró hondo y se dirigió al camerino, donde otras bailarinas se preparaban. Ajustó su vestuario de lentejuelas negras, observándose en el espejo mientras practicaba movimientos y poses, mezclando elegancia y desdén. Sabía que en esa habitación era dueña de su mundo, aunque por unas horas. Cuando la música comenzó a retumbar en la pista, Kendra avanzó con paso firme. Su mirada ámbar buscaba y desafiaba a los clientes, su actitud extrovertida y segura atrapaba la atención sin esfuerzo. Amalia la siguió, manteniéndose cerca por apoyo, sabiendo que cada noche era un juego de supervivencia y dominio. Kendra giró, lanzó una sonrisa coqueta a la audiencia y se perdió en la danza. La ciudad seguía afuera, ignorante de la mujer fuerte y audaz que brillaba bajo las luces de neón. Pero dentro de ella, mientras bailaba, sabía que cada paso la acercaba un poco más a sus propios límites y a la verdad de quién era realmente. Y aunque la noche apenas comenzaba, Kendra estaba lista para enfrentarla con determinación, con gracia y con un toque de rebeldía que nadie podía arrebatarle.
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