Entre Tacones y Café

957 Words
Kendra y Amalia bajaban por la calle principal de Vancouver cargando bolsas de ropa y riendo como si la ciudad entera no existiera. El viento frío las golpeaba en la cara, y el aroma del café recién hecho de una esquina cercana se mezclaba con el humo de los autos. —Ken, tienes que probar esta tienda —dijo Amalia—. Tienen ropa que ni en tus mejores sueños de escenario. Kendra levantó las cejas, divertida. —Si voy a parecer otra víctima del club, al menos que sea con estilo. Pasaron entre los maniquíes, tocando telas, probando sombreros ridículos y riéndose cuando algún vendedor las miraba con cara de “ya vienen estas dos de nuevo”. Compraron lo necesario, nada exagerado, solo lo suficiente para sentirse ellas mismas. De vuelta en el departamento, dejaron las bolsas en el suelo mientras Amalia preparaba café y Kendra abría la ventana para que entrara el sol. —Me gusta que todavía podamos hacer esto —dijo Kendra, apoyándose en la barra—. Salir sin que nadie nos presione. —Claro… pero Lombardi no va a desaparecer mientras tú tomas café, replicó Amalia con una sonrisa preocupada. —No me controla —dijo Kendra—. Ni él ni nadie. Se sentaron juntas, compartiendo el café caliente, mirando la ciudad desde el balcón. Kendra revisó su bolso y sacó el vestido que usaría en el club esa noche. Lo sostuvo frente a ella y sonrió con ironía: —Mañana todo el mundo va a ver otra faceta de mí. Pero aquí, ahora, sigo siendo yo. Amalia chocó suavemente su hombro contra el de Kendra. —Esa es mi Ken. Siempre firme. Entre risas y gestos cotidianos, la tarde pasó rápido. Hicieron mandados, organizaron el departamento y hasta se tomaron selfies absurdos para pasar el rato. Por un momento, Kendra pudo olvidar el club, las órdenes de Lombardi y la sombra de la noche. Cuando el sol comenzó a esconderse detrás de los edificios, Kendra guardó el vestido y se recostó en el sofá, mirando el techo. —Listas para otra noche… —susurró—. pero hoy vivimos nuestro día. Obsesión en el Despacho Despacho de Osvaldo Lombardi, Lombardi Hotels, Vancouver 15 de diciembre, 2020 – Atardecer gris El despacho de Osvaldo Lombardi era un reflejo de su poder: paredes de madera oscura, estanterías llenas de libros que jamás había leído y una ventana panorámica que dominaba la ciudad de Vancouver. Sentado en su silla de cuero n***o, hojeaba un informe financiero, pero su mente estaba muy lejos de los números. No podía dejar de pensar en Kendra Rodríguez . El recuerdo de su baile en el club "Éxtasis Nocturno" lo atrapaba: la forma en que sus caderas se movían al ritmo de la música, la mirada desafiante de sus ojos ámbar, el tatuaje de la mariposa que asomaba bajo la luz tenue… todo en ella lo hipnotizaba. —¿Qué tienes, Kendra? —murmuró, dejando el informe sobre el escritorio. Para Osvaldo, ella no era otra bailarina más. Era un enigma que necesitaba descifrar, un tesoro que debía poseer. La interrupción de Robert Montilla La puerta se abrió sin previo aviso. Robert Montilla su socio y amigo de confianza, entró con su habitual arrogancia. —Osvii, ¿sigues perdido entre números y papeles? —bromeó, dejándose caer en la silla frente al escritorio. Osvaldo levantó la mirada, irritado por la interrupción. —¿Qué quieres, Robert? —Solo recordarte que tu cumpleaños es este fin de semana. ¿Qué planes tienes? —dijo Robert, con una sonrisa que escondía curiosidad. Osvaldo se reclinó en su silla, cruzando los brazos. —Tengo algo en mente. Contratar a la bailarina nueva del club. Robert arqueó una ceja. —¿Kendra? ¿La chica que te tiene tan… intrigado? —No estoy intrigado —respondió Osvaldo, mirando por la ventana—. Es solo un capricho. Robert soltó una risa sarcástica. —Claro, claro. Como cuando dijiste que querías el hotel Royal “por negocios” y terminaste comprándolo por la vista. Osvaldo no respondió. Su mente volvió a Kendra, imaginándola bailando solo para él, en su penthouse, bajo la luz de la luna. —Organízalo —ordenó, firme—. Quiero que baile para mí en mi cumpleaños. Robert asintió, aunque no podía ocultar su escepticismo. —Esa chica no es como las otras, Osvi. Es salvaje. No se dejará comprar tan fácil. Osvaldo sonrió, mostrando por primera vez una expresión genuina. —Eso es lo que la hace interesante. Kendra en el club nocturno Mientras Osvaldo se hundía en sus pensamientos, Kendra se preparaba en el camerino del club. El ambiente estaba lleno de energía: luces de neón, música a todo volumen y el murmullo constante de las otras bailarinas. Amalia, sentada cerca del espejo, observaba a Kendra mientras ajustaba las lentejuelas de su sostén. —¿Escuchaste lo que dijo Ismael? Lombardi quiere verte bailar esta noche… otra vez. Kendra miró su reflejo, sus ojos ámbar brillando con determinación. —Es su dinero. Si quiere gastarlo en mí, no tengo problema. Amalia bajó la voz: —Ten cuidado con ese tipo, Ken. No es como los demás. Tiene… algo oscuro. Kendra se ajustó los tacones y sonrió con frialdad. —Todos tienen algo oscuro, Mali. Solo hay que saber manejarlo. La obsesión crece Mientras el sol se ocultaba tras los edificios de Vancouver, Osvaldo permaneció solo en su despacho. Los papeles sobre su escritorio ya no importaban; su mente estaba completamente ocupada por Kendra. Se levantó y caminó hacia la ventana, observando cómo la ciudad se iluminaba. —Este fin de semana, Kendra —susurró, con una sonrisa fría—. Bailarás solo para mí.
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