Todavía sentía su olor impregnado en el aire cuando me dejé caer en el sofá, tratando de recuperar la calma. Cada parte de mí estaba alerta, como si su presencia todavía me rozara, su mano, su cuerpo, su boca… todo. Mi piel estaba encendida, y no solo por el calor; había una mezcla de rabia y deseo que me retorcía por dentro. Me odiaba un poco por lo que había sentido. Cada roce suyo, cada beso en mi cuello, cada caricia… me había dejado temblando, pero también furiosa. ¿Cómo podía hacerme sentir tan vulnerable y, al mismo tiempo, tan deseosa? Lo miré cuando salió, o al menos lo imaginé en mi mente, y quise arrancarle todo el control que había tenido sobre mí, aunque sabía que no sería tan fácil. Me lavé las manos varias veces, como si eso pudiera borrar la sensación de sus dedos sobre m

