Desperté con el murmullo de los pájaros que parecían celebrar el amanecer en el jardín de la mansión Casanova. Por un instante, olvidé dónde estaba. La suavidad de las sábanas, el olor a flores frescas en el jarrón de mi mesa de noche y la amplitud de aquella habitación no tenían nada que ver con la vida que había dejado atrás. Me levanté despacio, me vestí con un vestido sencillo de lino azul y recogí mi cabello en una coleta. No quería parecer desentonada, aunque en el fondo sabía que todo aquí me superaba. Golpecitos en la puerta me hicieron girar. Marian entró sin esperar permiso, con su pijama aún arrugado y un muñeco de trapo apretado contra el pecho. —¿Desayunamos juntas? —preguntó con esa vocecita suya que se me clavaba en el alma. —Claro que sí, cariño. —Le sonreí—. Dame un mi

