El frío de Montreal me atravesó el abrigo como si no fuera más que una sábana fina. Respiré hondo, viendo cómo mi aliento se convertía en una nube blanca frente a mí. La ciudad estaba cubierta por un manto de nieve recién caída, y el silencio solo se rompía con el crujir de mis botas sobre el suelo helado. El orfanato de "La Esperanza" se alzaba ante mí, un edificio antiguo y desgastado por el tiempo. Sus paredes grises y las ventanas rotas parecían gritar historias de abandono y tristeza. La puerta principal, de madera carcomida, se sostenía por un solo gozne oxidado. —Aquí fue —murmuré para mí mismo, sintiendo un nudo en la garganta—. Aquí estuvo ella. Avancé con paso firme, aunque cada movimiento parecía cargar el peso de años de búsqueda y desesperación. La puerta chirrió al a

