La puerta del salón se abrió y avancé con paso firme. Sentía el cuerpo rendido, pero la determinación en mis ojos grises seguía intacta, como un hierro al rojo vivo que se niega a enfriarse. —Háblame a mí —dije con voz grave, quebrando el silencio de esa sala adornada con tapices y un fuego que chisporroteaba como si se burlara de mi insomnio. Carla se levantó de inmediato, ajustándose la falda con ese aire de ejecutiva que siempre usa para aparentar superioridad. —Cristóbal, necesitas descansar. No puedes seguir así. La ignoré. Mis pasos me llevaron hasta la chimenea, donde extendí las manos para absorber un calor que no lograba penetrar mis huesos. —Julián tiene una nueva pista. Un orfanato en Montreal donde podrían haber registrado a Nicole. Saldré mañana mismo. Doña María asintió

