Encendí el celular apenas terminé de ordenar las pocas cosas en mi nuevo apartamento en Miami. El silencio del lugar me estaba matando, y solo había una persona que podía calmarme un poco: Amalia. Abrí w******p y marqué la videollamada con las manos temblorosas. —Contesta, amiga… por favor —murmuré, con el corazón en la garganta. Al segundo timbrazo apareció su cara en la pantalla. Ojerosa, con el pelo recogido a la carrera, y esos ojos hinchados de tanto llorar. El fondo era claro: seguía en la clínica. —¡Kendra! —exclamó, y de inmediato sus ojos se llenaron de lágrimas. —Mi niña… —dije casi sin voz—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Robert? Amalia respiró profundo, como si se le rompiera el alma con cada palabra. —Robert sigue en intensivo, pero el doctor dijo que está fuera de peligro. Lo

