El aire en el camerino estaba cargado con una mezcla de perfume barato, humo de cigarrillo y sudor. Kendra Rodríguez se ajustó el último broche de su vestuario, un conjunto n***o de lentejuelas que brillaba bajo las luces de neón. Amalia González, sentada cerca del espejo, la observaba con preocupación.
—Escuché que Lombardi va a estar en la sala VIP otra noche más. ¿No te da miedo? —preguntó Amalia, jugueteando con su collar de plata.
Kendra sonrió, aunque sus ojos ámbar reflejaban tensión oculta.
—El miedo es para los débiles, Mali. Lombardi es solo otro cliente. Y si piensa que puede tener algo más que un baile, se equivoca.
Amalia suspiró, recordando las advertencias de las otras bailarinas sobre Osvaldo Lombardi.
—Solo ten cuidado, Ken. Ese tipo no es como los demás. Hay algo en él… algo peligroso.
Kendra se inclinó hacia el espejo, aplicando un último toque de brillo en sus labios.
—Yo también soy peligrosa, Mali. Lo olvidas.
El club estaba en su punto máximo de efervescencia. La música electrónica retumbaba en las paredes, y las luces estroboscópicas iluminaban la pista llena de cuerpos sudorosos. En la sala VIP, Robert Montilla se acomodó en un sofá de cuero n***o, con una copa de whisky en la mano.
—Ismael, llama a la chica nueva. Kendra, ¿no? —ordenó con una sonrisa astuta.
Ismael, el dueño del club, asintió rápidamente. Minutos después, Kendra entró, sus tacones resonando contra el piso de mármol. Robert la miró de arriba abajo, apreciando su figura esbelta y su actitud desafiante.
—Kendra, ¿verdad? Lindo nombre. Osvaldo Lombardi quiere bailar contigo.
Kendra cruzó los brazos, levantando una ceja con escepticismo.
—Bailo en el escenario, no en privado.
Robert soltó una risa seca.
—Bueno, cariño, cuando Lombardi pide algo, lo recibe. Te está invitando a su cumpleaños este fin de semana. Y créeme, es una oferta que no puedes rechazar.
Kendra frunció el ceño, sintiendo una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿Y si no quiero?
Robert se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un tono amenazante.
—No es una invitación, preciosa. Es una orden. Y si te niegas… digamos que Ismael podría tener problemas para mantener este club abierto.
Kendra miró a Ismael, que evitaba su mirada. Sabía que no tenía opción.
—Estaré allí —respondió, con voz fría y determinada.
Robert sonrió, satisfecho.
—Sabía que te gustaría la idea.
Mientras Kendra se preparaba mentalmente para enfrentarse a Lombardi, Osvaldo estaba en su penthouse revisando los detalles de su cumpleaños. El lugar era un despliegue de lujo: pisos de mármol, muebles modernos y una vista impresionante de la bahía de Vancouver.
Robert entró al despacho, con una sonrisa arrogante en el rostro.
—Lo hice. Ella va a venir.
Osvaldo asintió, sin mostrar emoción excesiva.
—¿Y cómo reaccionó?
Robert se encogió de hombros.
—Como cualquier otra chica de su clase. Al principio se resistió, pero luego aceptó. Saben que no tienen opción.
Osvaldo miró por la ventana, observando las luces de la ciudad.
—Ella no es como las otras. Especial.
Robert rió, sacudiendo la cabeza.
—Siempre encuentras algo "especial" en ellas, Osvi. Pero al final, todas terminan igual.
Osvaldo no respondió. Su mente estaba llena de Kendra, de su mirada desafiante, de su tatuaje de mariposa.
—Este fin de semana —susurró— conoceré a la verdadera Kendra.
Kendra entró a su modesto departamento, recostándose contra la puerta cerrada. La presión del contrato con Lombardi era abrumadora, pero no dejaría que la intimidara.
—¿Qué estás pensando, Ken? —preguntó Amalia, apareciendo de la cocina con una taza de té.
Kendra suspiró, acariciando el tatuaje de mariposa en su costado.
—Que este fin de semana podría ser mi última noche de libertad.
Amalia se acercó, poniendo la taza en sus manos.
—No lo hagas. Podemos huir. Como la última vez.
Kendra miró a su amiga con tristeza.
—No podemos huir para siempre, Mali. A veces tienes que enfrentar a tus demonios.
Amalia asintió, aunque la preocupación no desapareció de su rostro.
—Solo prométeme que no dejarás que te controle.
Kendra sonrió, con un brillo de determinación en los ojos.
—Nadie controlará mis alas, Mali. Ni él ni nadie.