Capítulo 2

1881 Words
La chica está sentada ahí, balanceándose ligeramente, con una botella en la mano. Sus ojos están entrecerrados y sus mejillas están enrojecidas por el alcohol. Está claramente borracha. Su cabello, normalmente tan arreglado, ahora está despeinado, y su ropa parece como si La Rebelde la hubiera estado usando durante días. No es la Katrin que conozco, pero al mismo tiempo, es exactamente aquella a la que he estado intentando olvidar desesperadamente. Mi corazón se acelera y una ola de emociones se alza en mi pecho: ira, dolor, miedo, pero sobre todo, ternura. A pesar de todo lo sucedido, a pesar de todo el dolor que me ha causado, aún siento algo por ella. Algo que no puedo explicar, algo que no me deja ir. Katrin alza la mirada hacia mí, sus ojos están nublados pero aún conservan esa chispa que una vez encendió un fuego en mí. Sonríe, pero no es la sonrisa que recuerdo. Es una sonrisa llena de dolor y arrepentimiento. —Te tomas tanto tiempo en volver, que podría morir de aburrimiento esperándote —dice mi exnovia en lugar de un saludo. Su voz es una mezcla de sarcasmo y pereza, como si no le importara, pero al mismo tiempo, no puede resistir ser hiriente. Esas palabras, como siempre, me golpean, pero decido no demostrarlo. Por dentro, una mezcla de resentimiento e ira hierve, pero aprieto los dientes y finjo que sus palabras me entran por un oído y me salen por el otro. Me giro en silencio hacia la puerta, decidiendo simplemente irme. Mi mano busca el pomo, lo jalo bruscamente, pero la puerta no cede. Está cerrada. Algo se estremece en mi pecho, una mezcla de confusión e irritación. Tiro de nuevo, con más fuerza, pero el resultado es el mismo. —Tienes un muy buen amigo —suena su voz detrás de mí, y siento que sus palabras se van hundiendo lentamente en mi mente—. Cerró la puerta con llave tan pronto como entraste. Me doy la vuelta para encontrarme con su mirada, pero ella ya se ha levantado de la cama. Sus movimientos son lentos, ligeramente inestables, como si Katrin aún estuviera en algún lugar entre el sueño y la realidad. Se balancea al dar el primer paso hacia mí, y yo me quedo inmóvil involuntariamente, observando cómo se acerca. Sus ojos, a pesar de toda su fingida seguridad, parecen un poco perdidos, pero aún conservan esa misma audacia que siempre me ha vuelto loco. —¿Por qué has venido aquí? ¿No tenías otro lugar donde dormir, así que decidiste pedírmelo a mí? —Mi voz sale cortante, casi dura. Le recuerdo cómo empezó todo. Aquella tarde en la que ella, borracha e insistente, vino a mí, suplicando que la dejara pasar la noche. Y luego... luego todo se torció. Discutimos, ella me manipuló, jugó con mis sentimientos como si fuera su pasatiempo favorito. —No. Vine por ti —sus palabras son suaves pero firmes. Katrin se detiene a un par de pasos de mí, sus ojos mirándome directamente, y hay algo en ellos que no logro entender. ¿Es sinceridad? ¿O solo otro juego? —¿Para qué me quieres? ¿No me has causado suficiente dolor? ¿O no te has divertido lo suficiente a mi costa, eh? —Me giro bruscamente, sin querer mirarla. Mis palabras están cargadas de amargura y resentimiento que se han estado acumulando dentro de mí todo este tiempo. Me siento en la cama de mi vecino, quien, como siempre, resulta ser un traidor. No quiero sentarme en mi propia cama, donde ella acaba de estar. Su olor, su presencia... aún permanecen en el aire, y me está volviendo loco. —¡Uf! Bueno, me pasé un poco, ¿cuánto tiempo vas a estar enfurruñado? —Suena como si estuviera hablando de algo trivial, de una pequeña discusión que se podría olvidar en cinco minutos. Pero La Rebelde no lo entiende. No entiende lo profundamente que me han herido sus palabras y acciones, no entiende que su comportamiento me ha humillado ante mis propios ojos. Aprieto los puños, sintiendo cómo la ira y el resentimiento se mezclan dentro de mí formando un nudo enredado. ¿Disfruta con esto? ¿Disfruta hiriéndome? Si es así, entonces realmente no estamos hechos el uno para el otro. No quiero ser su juguete, no quiero caer en esta trampa una y otra vez. Pero al mismo tiempo, en lo más profundo, siento algo más, algo que no quiero admitir. Algo que me mantiene aquí, a pesar de todo lo que ha hecho. La Rebelde da un paso más cerca, su mano se extiende hacia mí, pero yo me aparto con brusquedad. Su tacto, aunque sea fugaz, podría derribar todas mis defensas, y no puedo permitir que eso suceda. No ahora. —Ya dije todo lo que necesitaba cuando estaba empacando mis cosas —todo dentro de mí está hirviendo. Katrin se sienta al borde de la cama de Dima, sus movimientos lentos, casi vacilantes. Se sube a la cama, apoyando la cabeza y la espalda contra la pared, como buscando apoyo no solo físico, sino emocional. No intenta acercarse a mí, no hace movimientos bruscos; simplemente se queda ahí sentada, mirando al vacío. Y de repente, Katrin comienza a llorar. Las lágrimas corren por sus mejillas y las limpia con sus puños, como una niña pequeña. Su llanto es silencioso, pero no por ello menos amargo. En sus ojos veo remordimiento, pero no puedo simplemente olvidar todo lo ocurrido. —No pensé que te dolería tanto —su voz tiembla, las palabras suenan sinceras, pero eso solo lo hace más difícil para mí—. Sí, tienes más vello corporal, y sé que a los hombres les duele más que a las mujeres. —Sí, y lo sabías perfectamente cuando se te ocurrió ese castigo —no puedo evitar que la amargura se cuele en mi voz—. Porque los hombres, a diferencia de las mujeres, tienen un tipo de vello diferente, y eso hace que duela mucho más. —Lo siento —comienza a disculparse, su voz queda, casi un susurro. Me levanto de la cama y me acerco a ella. Está sentada encorvada, secando lágrimas que parecen no querer detenerse. —¡Mira! —Levanto bruscamente mi camiseta, mostrándole la marca roja en mi pecho. La piel a su alrededor está inflamada, dolorida, y hasta el más mínimo roce causa un dolor agudo. —Todavía duele y pica, y tocarlo me dan ganas de gritar de dolor. He estado usando pomada, pero lleva tres días con este color. Fui al médico, y me dijo que soy alérgico a los componentes. La Rebelde me mira en silencio el torso, sus ojos se llenan de lágrimas. Vuelve a llorar, pero esta vez sus lágrimas son aún más amargas. Katrin finalmente parece darse cuenta de que sus acciones no solo me causaron una molestia temporal, sino un dolor real y persistente que aún no ha remitido. Estoy frente a ella, sintiendo cómo la ira y el resentimiento se mezclan con algo más: lástima, la comprensión de que realmente se arrepiente. Pero eso no cambia lo sucedido. Sus lágrimas no pueden borrar el dolor que siento, y no pueden hacer retroceder el tiempo. —No quería que terminara así —su voz está llena de desesperación—. Yo solo... no pensé que las cosas llegarían tan lejos. Suspiró, sintiendo el peso de la situación presionándome. Sus lágrimas, su sinceridad... todo me hace dudar de mis sentimientos. Pero sé que no puedo simplemente olvidar todo lo ocurrido. —No pensaste —repito, mirándola—. Pero eso no cambia lo que pasó. Me lastimaste, y ahora tengo que vivir con ello. Ella baja la cabeza, sus hombros se estremecen con nuevas lágrimas. Me quedo ahí, con el corazón desgarrado entre el deseo de irme y el deseo de quedarme, de intentar arreglar las cosas. Pero sé que algunas heridas tardan mucho en sanar, y que no todas pueden curarse con palabras o remordimientos. Mi mano se extiende hacia ella involuntariamente, pero me detengo, apretando los dedos para formar un puño. Tengo miedo. Miedo de que si la abrazo ahora, nunca podré soltarla. Miedo de que si me permito sentir su cercanía de nuevo, todo lo que he intentado construir dentro de mí —ese muro que he estado levantando día a día— se derrumbará en un instante. —Lo siento, soy tan tonta, no sabía que terminaría así —su voz tiembla, las palabras suenan sinceras, pero eso solo lo hace más difícil para mí—. Pensé que sería solo una pequeña franja de piel sin vello en tu pecho, e incluso nos reiríamos de ello. Sabía que volvería a crecer en dos semanas, y se acabaría. Lo siento mucho, no era mi intención. No soporto verla sufrir. Mi corazón se contrae y me siento a su lado, rodeándola con mis brazos con cuidado. Katrin se siente tan frágil, tan perdida, que no puedo permanecer indiferente. Pero ella me aparta suavemente, sus manos tiemblan, sus ojos llenos de lágrimas. —No, no me merezco ni a ti ni tus abrazos —dice, como si ya hubiera aceptado que me ha perdido—. En cuanto se abra la puerta, me iré y no volveré a tu vida. Parece que eso es lo que quería. Todo este tiempo, me he estado diciendo a mí mismo que ella solo me trae dolor, que necesito dejarla ir. Pero ahora, mientras pronuncia esas palabras, me doy cuenta de que todo ha sido un autoengaño. La verdad es que la quiero. A ella, con todos sus errores, su audacia, sus lágrimas. Tomo su barbilla con mi mano, secando con suavidad las lágrimas que continúan rodando por sus mejillas. Katrin no me mira a los ojos; está claramente avergonzada por lo que ha hecho. Sus mejillas arden, sus labios tiemblan, pero no puedo apartar la mirada. Es tan real en este momento, tan vulnerable, que no puedo resistirme. Después de secar sus lágrimas, la beso. Katrin ignora obstinadamente el beso, intentando apartarme ligeramente empujándome por los hombros. Pero no pienso rendirme. —No va a funcionar, mi chica —susurro, sintiendo cómo su resistencia se debilita gradualmente—. Bésame de vuelta, mi Rebelde —le pido con una sonrisa, y ella finalmente cede a mi deseo. Ese beso es de reconciliación. Contiene todo: el dolor, el perdón, la promesa de empezar de nuevo. Nos hemos perdido el uno al otro por un tiempo, pero ahora, en este momento, todo vuelve a su lugar. No es solo un beso; es el beso más apasionado que hemos compartido. Contiene toda la añoranza, todo el dolor, todos los días que hemos pasado separados. La he extrañado tanto que no puedo separarme, no puedo parar. Cuando finalmente nos separamos, La Rebelde me mira, sus ojos aún húmedos, pero la desesperanza de antes se ha ido. —No quiero perderte —susurra la chica, su voz queda pero llena de sinceridad. —Y no me perderás. Y en ese momento, me doy cuenta de que ella es mi Rebelde, y yo soy su Empollón. Y juntos, somos más fuertes que cualquier dolor o error.
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