Capítulo 1

1684 Words
Al entrar en la habitación de la residencia, me quedo congelado en el umbral. Dima, mi compañero de cuarto, está besando apasionadamente a una rubia. Menos mal que esta vez no han elegido mi cama. Lanzo mis cosas a un rincón y me siento en una silla, intentando no prestarles atención. Pero esta imagen revuelve recuerdos que intento olvidar desesperadamente. El dolor que he estado reprimiendo me inunda de nuevo, ahogándome. Katrin… Ella nunca ha tenido reparos en su comportamiento. Le encanta la atención masculina y nunca la rechaza, ni siquiera después de lo que le pasó. Sí, no le gusta que usen la fuerza contra ella, pero eso no le impide coquetear, sonreír, ser el centro de atención. Y ahora, solo, las dudas me corroen por dentro. ¿Y si todo lo que me dijo fue una mentira? ¿Y si ese tipo, del que dijo que la agredió, nunca existió? ¿O quizás todo es parte de su juego? Parte de ese mundo en el que vive, donde la verdad y la ficción están tan entrelazadas que es imposible distinguirlas. Cierro los ojos, intentando acallar la voz en mi cabeza que susurra: —¿Y si Katrin solo te está usando? ¿Y si todo es una actuación? Pero cuanto más lo pienso, más me consumen las dudas. Recuerdo su sonrisa, su risa, sus lágrimas. ¿Había algo de eso que fuera real? ¿O soy solo otro personaje en su drama? Dima y la rubia ni siquiera parecen notar mi presencia. Se ríen, susurran, y su felicidad parece tan simple, tan genuina. Y aquí estoy yo, sentado con un montón de preguntas a las que quizás nunca encuentre respuesta. Y eso duele aún más. —Ejem. Perdón si interrumpo —rompo la escena descarada. Mi voz suena seca, pero por dentro todo hierve. Ah, ¡miren quién sabe palabras grandes! Cuando tú estabas besando así a Katrin, no te molestaba —se burla la voz interior, como queriendo herirme más hondo. Y tiene razón. Siempre nos parece todo bien cuando estamos locamente enamorados. Cerramos los ojos ante lo que antes nos parecía inaceptable y ponemos excusas hasta para el comportamiento más extraño. Pero ahora, con el amor ido, todo se ve distinto. Me siento estúpido, casi hipócrita. —¿Max? Pensé que… te habías mudado —dice Dima, mirando mis cosas tiradas en el rincón. Su voz suena un poco confusa, pero hay comprensión en sus ojos. Está claro que se da cuenta de que tendrá que compartir la habitación de nuevo. —Cariño, ¿quizás la próxima vez? Necesito apoyar a mi amigo aquí, claramente tiene problemas con alguna chica —convence a la rubia, intentando sonar suave pero firme. La chica no discute. Le da un beso de despedida en la mejilla y, lanzándome una mirada curiosa, sale de la habitación. —Exnovia —aclaro en cuanto se cierra la puerta. Mis palabras salen cortantes, pero no puedo evitarlo. —¡Uy! ¿Pelea de enamorados? —bromea Dima, intentando aligerar el ambiente. Su sonrisa es un poco nerviosa, pero hay genuina preocupación en sus ojos. —Terminamos, y no planeo tener nada que ver con ella nunca más —declaro con firmeza, dejando claro que el tema está cerrado. —Entonces, ¿quién dejó a quién? ¿Te animas a contar? —levanta las cejas con evidente interés. Su tono es ligero, pero noto que de verdad quiere entender qué pasó. —Yo rompí con ella —digo, evitando detalles. Mis palabras suenan a sentencia, como si intentara convencer no solo a él, sino a mí también. —¿Por qué? ¿Se le olvidó cómo besar? —bromea, pero resulta inoportuno. Mi mirada, cargada de cansancio e irritación, le deja claro que ahora no es el momento para esas preguntas. Ignoro sus palabras, concentrándome en mis cosas. Tras colocar mis pertenencias en los estantes, tomo lo necesario para las clases y me dirijo a la puerta. Mis movimientos son bruscos, casi mecánicos. No quiero hablar, no quiero pensar. Solo quiero perderme en el estudio, en la rutina que quizás me distraiga de los pensamientos sobre Katrin. Hoy, a diferencia de ayer, mi estado de ánimo es como una niebla gris y pesada que se cierne sobre mi alma. Me siento vacío, como si hubiera un abismo profundo dentro de mí, y ni siquiera tengo fuerzas para esbozar una sonrisa. Ignoro a todos los que me rodean, me alejo de las preguntas sobre Katrin, y o me quedo callado o simplemente me voy, incapaz de soportar siquiera que pronuncien su nombre. Cada vez que alguien lo dice, mi corazón se contrae como en un tornillo de banco, y siento una oleada de dolor y rabia que crece dentro de mí, apenas contenida. La Rebelde —así es como aún la llamo en mis pensamientos— no está hoy aquí, y, al parecer, tampoco lo estará mañana. Dónde está, finjo no importarme. Pero es una mentira que me repito a mí mismo. Actúo como si ella no significara nada para mí, como si su ausencia no importara. Pero en el fondo, sé que no es verdad. Katrin está en todas partes: en mis pensamientos, en mis recuerdos, en cada respiro que tomo. Es como una sombra, me persigue, no me da paz. Dima, mi compañero de cuarto, parece entenderme mejor que yo a mí mismo. No hace preguntas innecesarias, no menciona su nombre, no intenta sacarme de este pozo de desesperación. Simplemente está ahí, hablándome de cualquier cosa —música, deportes, planes futuros— pero sin tocar nunca el tema que más me duele. Y por eso, le estoy agradecido. Su presencia es como una bocanada de aire fresco en este mundo asfixiante que me he creado. Hago todo lo posible por olvidar a la Rebelde —así es como aún me refiero a ella en mi mente—. Me entierro en mis estudios, me paso el tiempo con los libros, intentando ahogar el dolor que no me suelta ni un minuto. Leo, escribo, resuelvo problemas, hago cualquier cosa para no volver a los recuerdos de ella. Pero ella está en todas partes. En cada palabra, cada línea, cada mirada que lanzo al mundo que me rodea. Se ha filtrado en mí como un veneno, destruyéndome lenta pero seguramente desde dentro. La Rebelde no quiere abandonar ni mi mente ni mi corazón, y me siento como un prisionero de mis propios sentimientos. El miércoles transcurre tan ordinario y gris como todos los días anteriores. Katrin no se ha presentado en el instituto por segundo día, e intento convencerme de que eso es normal, de que su ausencia es lo que quiero. Pero en el fondo, sé que no es verdad. Verla, aunque sea a lo lejos, sería insoportable para mí. Quizás algún día, pero ahora no. Ahora mismo, tengo miedo de que si la veo, no pueda contenerme. De que corra hacia ella sin pensar, la abrace como siempre lo hago, y la bese como siempre lo hago. Y ella responderá, rodeándome el cuello con sus brazos como solía hacerlo. Pero sé que eso no puede pasar. Ahora no. El corazón duele con tanta intensidad que el dolor se vuelve físico. Lo siento apretarse, como si alguien lo estrujara con un puño, y apenas puedo respirar. Incluso tomo un sedante para poder sobrellevar este estado. Pero no ayuda. Nada ayuda. Al volver de clase, estoy a punto de ir a mi habitación para prepararme para los exámenes que se supone son dentro de un mes y medio. Pero no se trata de mi deseo de estudiar o salir bien. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa, solo por distraerme, solo para dejar de pensar en ella. Quiero que estos pensamientos, estos sentimientos, este dolor, por fin me dejen en paz. En la puerta me encuentro con Dimka. Allí está, como si me hubiera estado esperando, y en sus ojos veo la misma comprensión de siempre. —Hey. ¿Ya de vuelta? —pregunta Dimka alegremente, con una voz que suena como si acabara de escuchar el chiste más gracioso del mundo. Su sonrisa es amplia, casi desafiante, pero en sus ojos noto algo más —como si supiera algo que yo no—. Su tono es ligero, casi juguetón, pero hay una tensión oculta, como si intentara enmascarar sus verdaderas emociones tras una fachada de alegría. —Sí. ¿Por? —respondo con tristeza, mi voz suena hueca, como un eco en una habitación vacía. No quiero hablar, no quiero ver a nadie. Solo quiero estar solo con mis pensamientos, por muy duro que sea. Mis palabras suenan como si estuviera al límite, y cada sílaba me cuesta un esfuerzo. —Por nada. Ve a tu habitación —dice mi vecino, su tono volviéndose un poco más serio, pero todavía hay una extraña ligereza. Es como si estuviera insinuando algo, pero yo estoy demasiado perdido en mis pensamientos para entender qué exactamente. —Voy a eso, pero me estás bloqueando el paso. Dimka se hace a un lado, dejándome pasar, pero en sus ojos veo algo que me hace detenerme un instante. Es una mirada llena de comprensión y simpatía, pero también hay un secreto, uno que no tiene prisa por revelar. Paso a su lado, sintiendo que el peso en mi pecho se hace más pesado. —¡Te mando amor y un consejo! —me grita antes de cerrar la puerta de golpe con un ruido fuerte. Sus palabras suenan a broma, pero hay una extraña seriedad en ellas. Me quedo congelado un momento, intentando descifrar a qué se refiere. ¿Qué significa eso? Su frase no para de dar vueltas en mi cabeza, pero no encuentro respuesta. La habitación está a oscuras. Pulso el interruptor y la luz llena el espacio, pero no puede disipar la oscuridad que se ha instalado dentro de mí. Y entonces la veo. En mi cama está sentada la Rebelde. Está aquí. En mi habitación. En mi espacio. En mi vida, de la que he estado intentando escapar tan desesperadamente.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD