Me despierto temprano. Apenas abro los ojos, siento la suave luz de la mañana filtrándose a través de las cortinas, pintando la habitación con cálidos tonos dorados. Una mirada al despertador me dice que solo son las seis de la mañana. La habitación está en silencio, roto solo por la respiración constante de quienes aún duermen. Dima, mi amigo, ronca plácidamente en mi cama, despatarrado como si fuera su lugar legítimo. Cuando apareció anoche, ya estábamos dormidos, y su llegada pasó desapercibida.
A mi lado, apretujada, duerme mi novia: Katrin. Su respiración es tan calmada, tan familiar, que no puedo evitar sonreír. Por fin, es mía otra vez. Esta certeza me inunda de calidez, extendiéndose por mi cuerpo como un rayo de sol atravesando las nubes. Hemos pasado por tanto, cometido tantos errores, pero ahora parece que todo ha vuelto a su lugar.
Katrin es increíble. No solo hermosa o inteligente: es impredecible, como una brisa primaveral que un momento te abraza con suavidad y al siguiente cambia de dirección de repente. Me sorprende cada día: con un gesto inesperado, un hábito extraño pero adorable, o una honestidad repentina que me hace darme cuenta de lo afortunado que soy de tenerla. Con ella, el aburrimiento es imposible.
Sin embargo, junto a esta calidez y alegría, un pensamiento ronda mi mente: ¿y ahora qué? Hace unos días, pasó algo entre nosotros, dejando una ligera inquietud. Quiero fingir que no pasa nada, simplemente seguir viviendo como si todo estuviera bien. Pero en el fondo sé que esa no es la respuesta.
Me giro hacia Katrin. Está boca arriba, con el pelo revuelto sobre la almohada, los labios ligeramente separados en un sueño sereno. Se ve tan tierna, tan vulnerable, que el corazón se me aprieta de cariño. Quiero abrazarla, atraerla hacia mí, sentir su calor. Pero en lugar de eso, decido jugar un poco, tender un puente entre nosotros como solíamos hacer.
Lentamente, con cuidado de no despertarla, extiendo la mano y le acaricio ligeramente la mejilla. No se mueve, solo arruga la nariz como espantando una mosca. Sonrío y continúo con mis “experimentos”, trazando con un dedo la línea de su brazo, luego su cuello. Katrin se mueve un poco, pero su sueño es profundo.
En ese momento, algo cálido y alegre se enciende dentro de mí. Esto no es solo travesura, es una necesidad de reconectar, de recuperar la facilidad y la confianza que una vez tuvimos. Quiero que se despierte sonriendo, que empiece su día con algo bueno.
Bajándome con suavidad, siento cómo se acelera el latido de mi corazón, como anticipando lo que está a punto de suceder. Mis labios tocan su piel, tan suave y cálida, y su top ligeramente subido descubre su ombligo. Empiezo a besarlo: lento, tierno, saboreando cada segundo. Es tan dulce, tan delicada, que desearía poder quedarme aquí para siempre, olvidar todo lo demás y besarla hasta que se me duerman los labios.
Mi mano se desliza sobre su vientre, acariciándolo, y Katrin se retuerce: no del todo despierta aún, pero ya respondiendo a mi contacto. Eso significa que abrirá los ojos pronto. Sigo jugando, añadiendo mi lengua a los besos, recorriendo su piel hasta que se le eriza. Su cuerpo tiembla levemente, su respiración se hace más audible y los sonidos que emite me hacen sentir como el hombre más feliz del mundo.
Pero de repente, sus ojos se abren. Su mirada aún está nublada por el sueño, pero una chispa de comprensión brilla al cabo de unos segundos. Sonríe, y hay tanta calidez en esa sonrisa que siento que me derrito.
—¿Qué estás haciendo? —Su voz está un poco ronca por el sueño… y por lo que he estado haciendo.
Yo solo sonrío en respuesta, sin decir palabra. Mi mano encuentra uno de sus pechos y lo aprieto, sintiéndolo calentarse bajo mi tacto. Subiendo más, empiezo a besarle el cuello, sintiendo su pulso acelerarse bajo mis labios.
—Max… —Katrin gime sin aliento, su voz queda pero cargada de emoción, haciéndome detenerme un instante.
Detengo mis juegos y apoyo mis labios en su oreja, susurrando:
—Silencio, cariño. No estamos en casa, esto es una residencia.
Mis palabras parecen hacerla entrar en razón un poco, pero no la dejo recuperarse, pasándome a su punto favorito: el que descubrí el lunes pasado, justo detrás de la oreja. Mis labios rozan ese punto sensible y ella me agarra de los hombros, sus dedos se clavan en mi piel mientras su respiración se vuelve fuerte y desigual. Esconde la cara contra mí, intentando ahogar los sonidos que luchan por escapar.
Pero Katrin —como yo la llamo— no está dispuesta a rendirse. Sus manos empiezan a vagar: por mis hombros, por mi espalda, atrayéndome más cerca. Parece olvidarse de mi lesión, de cómo la he mantenido para que no se apretara demasiado contra mí. Pero su agarre solo se hace más fuerte, sus movimientos más insistentes. Quiere estar más cerca, y lo siento en cada fibra de mi ser.
—Katrin —susurro, intentando poner algo de distancia entre nosotros, pero ella solo se aprieta más.
Su aliento es caliente, su cuerpo tan cerca que casi pierdo el control. Pero sé que debo tener cuidado. No solo por mi lesión, sino porque no estamos solos. Dima duerme en la cama de al lado, y aunque podría dormir a través de un terremoto, no quiero arriesgarme.
—Silencio —murmuro de nuevo, besando la parte superior de su cabeza.
Ella suspira, pero me devuelve la sonrisa. Su agarre finalmente se afloja y la atraigo hacia mí, sintiendo cómo su cuerpo se relaja.
Le quito la camiseta y el aire entre nosotros se carga, como si la habitación crepitara de electricidad a punto de estallar. Su piel, ahora desnuda ante mí, se ve tan suave, tan perfecta, que no puedo apartar la mirada. Me muevo para acariciar sus pechos, pero me tomo mi tiempo con su sujetador: este atisbo de contención, esta última barrera, solo me aviva más. Cada vez que mis dedos rozan el borde de la tela, su cuerpo se estremece ligeramente, como si ella también estuviera esperando que por fin lo retire.
No me preocupa que mi compañero de cuarto la vea. La manta que aún cubre mi espalda actúa como un escudo, ocultándola de miradas indiscretas. Crea la ilusión de intimidad, aunque ambos sabemos que no es así. Pero ahora mismo, no importa.
Mi chica me mira con hambre e impaciencia, sus ojos arden como ascuas listas para encenderse. Presiona su mano izquierda contra sus labios, ahogando los gemidos que amenazan con escaparse. Si estuviéramos solos —si Dima no estuviera roncando en la otra cama—, no me detendría. Llevaría esto hasta el final, hasta nuestra primera vez, hasta el momento que ambos hemos estado esperando. Pero estamos en una residencia, y eso conlleva límites.
La provoco casi cruelmente, dando solo juegos previos, sabiendo que Katrin me desea tanto como yo a ella. La mirada en sus ojos —pura necesidad, suplicante— lo dice todo.
Inclinándome, aparto su mano de su rostro y la inmovilizo sobre su cabeza. Mis labios encuentran los suyos y la beso con toda la pasión contenida en mi interior. Es un beso como fuego, que consume todo a su paso. Ella iguala mi intensidad, su mano libre se enreda en mi pelo, sujetándome cerca como si temiera que me aleje.
Ella es mía, y yo soy suyo. Volvemos a encajar a la perfección, como dos piezas de un rompecabezas que por fin encuentran su pareja. Esta certeza me llena de éxtasis: cada fibra de mi ser canta de felicidad.
Apartándome de sus labios, vuelvo a besar su suave vientre, saboreando cada contacto. Mi mano recorre su costado, acariciando, explorando, antes de encontrar de nuevo el camino hacia su pecho. Podría seguir así para siempre, pero Katrin enreda sus dedos en mi pelo y tira, exigiendo mis labios sobre los suyos otra vez.
Están un poco hinchados por nuestros besos implacables, pero eso solo los hace más intoxicantes. Los reclamo una vez más, sintiendo cómo su cuerpo responde a cada uno de mis movimientos. Nos movemos como dos bailarines en perfecta sincronía: cada gesto, cada jadeo, encajando a la perfección. A pesar de las limitaciones, a pesar de no estar solos, esto es exactamente lo que necesitamos. Esta intimidad, este fuego entre nosotros, importa más que cualquier otra cosa.
—Katrin… —susurro contra sus labios.
—Max… —Su voz es queda pero cargada de emoción.
Nos miramos fijamente, y en sus ojos veo el mismo deseo, la misma hambre que arde en los míos. Estamos juntos: eso es todo lo que importa.
La vuelvo a besar, su cuerpo presionándose contra el mío. En este momento, la residencia, Dima, todas las restricciones… nada de eso existe. Solo estamos nosotros, este sentimiento, esta necesidad de estar más cerca. Porque ella es mi Katrin, y yo soy su Max. Mi La Rebelde, y yo, su Empollón.
Pero entonces, sucede lo inesperado…