Capítulo 7

1736 Words
Abro lentamente los ojos, y lo primero que percibo es el silencio. Una penumbra espesa, casi tangible, envuelve la habitación como una manta suave, dejando solo un pequeño islote de luz junto a mi cama. Allí, en mi escritorio, está sentada Katrin, encorvada sobre un plato. La cálida luz amarillenta de la lámpara de mesa cae sobre su rostro, resaltando sus rasgos: los ojos ligeramente entornados por el cansancio, una sonrisa relajada, un mechón de pelo que se escapa de su desordenada coleta. Está comiendo algo, masticando perezosamente, mientras en el monitor frente a ella parpadean imágenes de un programa de cocina: un chef friendo algo en una sartén, y desde aquí incluso alcanzo a oír el sonido apagado del chisporroteo del aceite. Intento moverme, y de inmediato me percato de que el dolor ha desaparecido. No hay ardor punzante, ni pesadez sorda, solo ligereza, como si mi cuerpo hubiera recordado por fin qué se siente estar entero. El crujir de las sábanas delata mi despertar. Katrin gira bruscamente la cabeza, sus ojos se abren desmesuradamente, sus labios se separan ligeramente por la sorpresa. La cuchara suena con un tintineo suave contra la mesa y, antes de que pueda decir nada, ella ya está de pie. Sus pies descalzos apenas rozan el suelo, sus movimientos son veloces, casi ingrávidos, como si temiera que yo desaparezca si no llega a mí lo suficientemente rápido. No puedo contener una sonrisa. —¡Podrías haber terminado de comer, no hay necesidad de apresurarse! —Mi voz sale ronca por el prolongado silencio, pero no hay irritación en ella; solo una cálida y ligeramente cansada ternura. Mi corazón se oprime con algo dulce y punzante. Katrin está aquí. Se quedó, tal como prometió, aunque sé lo difícil que le resulta estarse quieta. Su naturaleza rebelde anhela movimiento, acción, pero por mí aguanta estas cuatro paredes, los programas de televisión aburridos y mi sueño interminable. Y esa comprensión me llena de una felicidad tan estúpida y abrumadora que casi me río. La Rebelde se sienta al borde de la cama, con cuidado de no sacudir el colchón, y sus dedos rodean suavemente mi palma. Sus manos están cálidas, pero no hay la confianza habitual en su tacto; solo un ligero temblor, como si aún no creyera que estoy realmente despierto. Aprieto sus dedos a mi vez y su mirada por fin encuentra la mía. Hay tanto en esos ojos: alivio, agotamiento, algo más demasiado profundo para las palabras. Pero, sobre todo, ella está aquí. Conmigo. Y eso es suficiente. —¿Cómo estás? ¿Te duele? —pregunta con el mismo miedo que tuvo esta mañana. —No. Nada de dolor, así que no te preocupes —intento incorporarme, luego ponerme de pie, pero Katrin me detiene, colocando una mano en mi hombro. —¡No te levantes! ¡Descansa un poco más! —insiste, pero me siento bien y, después de dormir tanto, no quiero quedarme en la cama. —No te preocupes, ya estoy bien —digo, posando mi mano sobre la suya. Al ponerme de pie, me estiro —mis huesos cruzan con un sonido satisfactorio— y, con un bostezo perezoso, me dirijo hacia el baño. La luz de la mañana (¿o ya es la noche?) se filtra suavemente a través de las cortinas, tiñendo la habitación de cálidos y somnolientos tonos. El agua del grifo refresca mi rostro, arrastrando los últimos vestigios del sueño. Cuando regreso, la Rebelde ya ha terminado su desayuno (¿cena? Maldita sea, estoy confundido otra vez) y está junto al fregadero, enjuagando los platos. El agua burbujea bajo sus dedos, y sobre la mesa espera una segunda ración de comida, ordenada y aún caliente. Me acerco por detrás, rodeo su cintura con mis brazos y apoyo mis labios en su mejilla. Su piel huele a jabón y algo dulce, quizás mermelada de la tostada que comió. He perdido por completo la noción del tiempo con este nuevo horario. Me acostumbro rápidamente a despertarme temprano por la mañana y acostarme por la noche, a diferencia del horario que teníamos cuando Katrin quería hacerlo a su manera. Entonces nos levantábamos pasada la hora de comer y permanecíamos despiertos hasta el amanecer. —Gracias por el desayuno. Uy, quiero decir, la cena —me río, sintiendo cómo se retuerce en mis brazos. —De nada. Recupérate pronto —dice en voz baja, su voz extrañamente suave, y en esa última palabra capto el más leve de los temblores. Katrin vuelve la cabeza, arqueando una ceja inquisitiva, pero sus ojos reflejan comprensión. —¿Todavía no te acostumbras a que vivamos como gente normal, eh? —la provoco con la pregunta. —Bueno, ya sabes… —Se deja caer en una silla y yo me siento a su lado. —Antes era más fácil. Levantarse a las tres de la tarde, cenar a las cinco y a las siete de la mañana, el momento perfecto para el desayuno. Pero, ¿tú? Eres como un viejo que bosteza a las diez de la noche. —Un viejo bien descansado —clavo mi tenedor en los huevos revueltos. —Y, para que conste, muy feliz. Ella sonríe, deslizando su dedo por el borde de su taza, dejando una marca en el vidrio. —Está bien… Si te gusta tanto, yo también puedo acostarme más temprano. —Guau —digo, llevándome una mano al pecho con un dramatismo fingido. —¿La Rebelde renunciando voluntariamente a sus vigilias nocturnas? Realmente se está acabando el mundo. —Cállate y come —me lanza una servilleta, pero las comisuras de sus labios tiemblan con una sonrisa reprimida. Sus labios se tuercen en una media sonrisa triste y sus ojos se desvían por un momento, como si estudiaran grietas invisibles en el suelo. —Lo siento, no quise… Suspira profundamente, sintiendo cómo una irritación familiar se alza en mi pecho, mezclada con agotamiento. —Estoy harto de tus 'lo siento'. Deja de decirlo —las palabras salen más cortantes de lo que pretendía, pero no puedo parar ahora. —Te perdoné hace mucho tiempo. Y lo de la mañana… es mi culpa por haberlo iniciado. Está bien: el médico dijo que el dolor desaparecerá casi por completo en un par de días, y para el lunes volveré a la normalidad. Katrin se queda inmóvil, sus dedos aferrando el borde de la mesa, los nudillos blanqueando por la tensión. —Lo sien… —Se interrumpe, como deteniendo algo prohibido, y aprieta los labios. —Sí… Últimamente me he estado disculpando demasiado. Un silencio se extiende entre nosotras, denso e incómodo. La comida realmente está buena, o quizás simplemente tengo un hambre insensato después de dormir tanto. Pero como rápido, casi con avidez, sintiendo cómo el calor se extiende por mi estómago, devolviéndome la fuerza. —¿Dónde está Dimka? Su medicina realmente ayudó mucho —pregunto, solo para romper el pesado silencio. Katrin está ahora sentada al borde de mi cama, con las piernas recogidas, mirando fijamente hacia la ventana donde las sombras de la tarde se agolpan afuera. —Vino una chica y se fue con ella —encoge ligeramente los hombros. —Dijo que no lo esperáramos hasta la mañana. Te manda saludos. —Entiendo —asiento con la cabeza, terminando el último bocado, luego me levanto para lavar mi plato. Pero en el momento en que alcanzo el fregadero, Katrin se levanta bruscamente y me intercepta. —Yo lo haré —su voz es firme, casi severa, pero sus ojos contienen algo más: preocupación, culpa, una necesidad desesperada de hacer algo. Quiero discutir, pero veo sus dedos aferrando el plato como si fuera a romperlo si intento quitárselo. Así que simplemente retrocedo. Ella se vuelve hacia el fregadero, su espalda tensa, los hombros temblando levemente. El agua corre, mezclándose con el ruido de la vajilla. Me quedo de pie y observo cómo sus manos —por lo general tan seguras y rápidas— se mueven ahora mecánicamente, como si temiera que si se detiene, algo se romperá por completo. Y en ese momento, de repente lo comprendo: ella necesita esto. Lavar el plato, limpiar, mantenerse ocupada, porque de lo contrario tendría que sentarse y pensar. Y pensar es lo que más le duele en este momento. Así que simplemente me acerco en silencio, la rodeo con mis brazos por detrás y apoyo la barbilla en su hombro. Ella se queda quieta por un segundo, luego se relaja, recostándose contra mí. El agua corre, la espuma burbujea y nosotras simplemente permanecemos ahí, sin decir palabra. Porque a veces, las palabras no son necesarias. Suave pero firmemente, le quito el plato de las manos y lo coloco sobre la mesa con un golpe sordo. Sus ojos parpadean con algo entre alarma y expectación mientras la presiono contra la pared. La pared está fría incluso a través de la delgada tela de su camisa, pero su cuerpo está abrasador. —Espera… ¿y tu alergia? ¿Y si algo sale mal otra vez? —Sus palabras son un último bastión de razón, pero su respiración ya es irregular, sus labios buscando los míos. No respondo; solo presiono mi boca contra su cuello, sintiendo su pulso acelerarse bajo la piel. Estos días sin ella han sido una tortura. Incluso si todo mi cuerpo ardiera en llamas ahora mismo, no me detendría. Cada jadeo, cada gemido suyo vale cualquier dolor. Sus palmas empujan contra mis hombros, una débil resistencia. Pero su cuerpo habla un idioma diferente: sus caderas se arquean hacia mí, sus dedos se clavan en mi espalda mientras mi mano se desliza por su muslo. —Tú… realmente estás… —Su voz se entrecorta cuando mis dedos se aferran a la suave curva de su trasero. En respuesta, ella engancha su pierna alrededor de mi cintura con una gracia depredadora. Ahora no hay un milímetro de espacio entre nosotras; solo calor, piel húmeda y el ritmo salvaje de nuestros corazones. Muerdo su labio inferior, sintiéndola estremecerse. Ella siempre ha sido mi tentadora: flexible, peligrosa, insoportablemente dulce en su pecado. —Te extrañé tanto —susurro mientras sus uñas arañan mi espalda. —Pruébalo —su respuesta es más un gemido cuando mis dedos encuentran la cinturilla de sus bragas. Y lo hago. Con cada roce, cada beso, cada aliento que toma y que ahora me pertenece solo a mí.
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