Nuestros cuerpos se entrelazan en un baño primario—cada roce, cada jadeo se vuelve más desesperado, casi salvaje. Besamos con un hambre que hace que unos meros días se sientan como años de separación. Sus labios saben dulces como fruta prohibida, su tacto quema como metal fundido. Cada vez que intento apartarme para respirar—porque Dios, estamos robándonos el aliento en esos besos profundos e implacables—La Rebelde hunde sus dientes en mi labio inferior, negándose a soltarme. Como si le aterrorizara que me desvaneciera si aflojara su agarre por tan solo un segundo.
Sus dedos trazan mi cuero cabelludo, mi cuello, mis hombros—ligeros como plumas pero exigentes. Evita mi pecho como si allí supurara una herida invisible, y puedo saborear su ansiedad en esa vacilación. Pero ay, cómo juega con mi cabello. Enredándolo entre sus puños, tirando con la fuerza justa para guiar mi boca hacia donde quiera—hacia su clavícula, su garganta, sus pechos, y de nuevo hacia sus labios voraces.
Soy su prisionera voluntaria. Ella tira de mis hilos como una titiritera, y yo me regodeo en cada segundo de este dulce cautiverio. No somos solo piel contra piel; estamos ligadas por algo más profundo—deseo, sí, pero también por ese hilo invisible que nos ha unido desde el primer día.
Íbamos a cruzar esa última línea. Íbamos a consumirnos por completo en este fuego. Nuestros alientos se sincronizan en un solo ritmo jadeante y abrasador. Sus uñas se clavan en mis hombros como si temiera que me escapara, mientras sus labios me marcan con fuego. En sus ojos: un deseo puro y devorador. Mi corazón late al compás de sus gemidos, y lo sé—un momento más, y nos perderemos en esta tormenta, disueltas la una en la otra.
Si no fuera por…
Una cuchilla de luz corta la penumbra de la habitación, afilada como una guillotina. Me estremezco, protegiéndola con mi cuerpo mientras el resplandor nos ciega. Nos quedamos inmóviles como ladronas atrapadas en pleno robo. En ese segundo fracturado, siento que su respiración se entrecorta, sus dedos se clavan en mí con más fuerza, su corazón late tan fuerte que resuena en mis costillas.
Luego, como marionetas, nos volvemos hacia la puerta al unísono. El pavor se enrosca en mi pecho. El silencio zumba con el temblor de su inhalación—tan quieto, tan tenso, que me dan ganas de aplastarla contra mí.
Aprieto su mano, intentando transmitir una pizca de calma incluso mientras el hielo inunda mis venas.
La puerta de la habitación está abierta. Y en el marco…
El aire se espesa con olor a vodka cuando Dimka entra tambaleándose. Se balancea como un barco sacudido por la tormenta, apenas manteniéndose en pie, sus nudillos están blanquecinos alrededor de una botella medio vacía que brilla tenuemente bajo la lámpara. Sus ojos están inyectados en sangre, hinchados de llorar, su rostro contraído en algo entre agonía y furia—como un hombre que acaba de perder su última pelea.
—¡Hermano! —Su voz es un sollozo destrozado.
Suelto a La Rebelde al instante, su calor escapándose entre mis dedos mientras avanzo un paso, protegiéndola. Mi corazón golpea contra mis costillas con fuerza suficiente para romperlas. Con los hombros en alto, me preparo para el impacto, fulminando con la mirada al intruso.
Dimka se tambalea en el umbral. Su mirada es vidriosa, perdida; sus manos tiemblan como si tuviera frío. No solo borracho—destruido. No hay ira en sus ojos, solo un dolor hueco y sofocante que me retuerce las entrañas. Pero ese vacío lo hace peligroso. En este estado, podría destrozarlo todo sin siquiera darse cuenta.
Siento que el agarre de La Rebelde aprieta ligeramente mi mano, sus dedos tiemblan casi imperceptiblemente. Lo sé—ella también lo ha visto. Su respiración se vuelve desigual, su corazón late tan violentamente que casi puedo sentir su eco contra mi espalda.
El aire se carga de tensión. Entrecierro los ojos, estudiando su rostro—desfigurado más allá del reconocimiento, ya sea por el alcohol o el dolor, ya no puedo distinguirlo. Sus labios tiemblan; sus ojos se mueven salvajemente, perdidos, como si ni siquiera supiera por qué vino o qué planea hacer.
—¿Sabes qué? ¡Todas esas perras son unas malditas víboras! —balbucea, blandiendo la botella como un arma.
Lágrimas le surcan las mejillas, mezcladas con sudor y el hedor a vodka. Toma otro trago, engulléndolo como si pudiera ahogar la agonía, pero esta solo se abre más dentro de él, un agujero n***o que devora todo.
—Incluso la tuya… como las demás. Te hacen caer, y luego te arrancan el corazón como si nada.
Un hielo recorre mi espalda. Empujo a La Rebelde más detrás de mí, con los puños apretados. Si da un paso hacia ella, lo noquearé—amigo o no. Ni un centímetro más.
—¿Qué pasó? —pregunto bruscamente, desviando la conversación de ella.
Dimka tiene un hipo violento, se tambalea, y luego se desploma en una silla como si las piernas le hubieran fallado.
—Ella… me dejó —ronca, tragando con dificultad—. La vi con un ricacho. Sí, tiene más dinero, así que se largó, la muy puta. —Su voz se quiebra entre odio e impotencia, los puños se cierran como si quisiera desgarrar el mundo.
Exhalo, forzando la calma.
—Entonces que se vaya a la mierda. Te conseguiremos algo mejor. Solo duérmela —por la mañana se piensa más claro.
Se queda helado, mirando estúpidamente al suelo, luego de repente resopla y termina la botella.
—Sí… tienes razón, hermano —masculla, tambaleándose hacia su cama y desplomándose boca abajo sobre el colchón. Un instante, y su voz, cargada de alcohol y amargura, se desliza: —Tú y la tuya… ¿es realmente tan serio?
No vacilo.
—Sí.
Él se burla, girando de lado, la terquedad ebria aferrándose a él.
—¿Amas a esa loca de mierda?
El calor estalla en mi pecho, mis manos se crispan—pero lo ahogo. En cambio, aprieto los dedos de La Rebelde, sintiendo cómo sus uñas se clavan en mi palma. Ella permanece en silencio, inmóvil, como una sombra pegada a mi espalda.
—Sí. La amo.
Dimka suelta una risa entrecortada, sus párpados se cierran, pero sus últimas palabras salen como una maldición, una advertencia:
—Te va a destrozar… como a los demás. Ya verás.
No respondo de inmediato. La habitación se sume en un silencio, roto solo por su respiración entrecortada. Cuando finalmente hablo, es en voz baja, segura:
—Lo sé. Pero vale la pena. Mejor un corazón roto con recuerdos de ella… que uno entero que nunca latió en absoluto.
El silencio tras su confesión borracha se siente ensordecedor, como la calma que sigue a una explosión.
Permanezco allí, escuchando hasta que su respiración se regulariza en el olvido del borracho.
Maldición. Otra persona destrozada. Y quién sabe cuántas más habrá.
La Rebelde no se ha movido, pero sus dedos se crispan en los míos. Cuando me giro, ella está de pie con la cabeza gacha, el cabello ocultando su rostro. Me inclino, rozando su oído con los labios:
—Coge tus cosas. Nos vamos a tu casa. ¿De acuerdo?
No hay palabras. Solo un asentimiento. Se desliza desde detrás de mí, silenciosa como un fantasma, recogiendo sus pertenencias esparcidas.
Exhalo lentamente, metiendo algunas cosas en mi mochila. Nuestra situación sigue… difusa. Juntas, pero no del todo. Cerca, pero no para siempre. La incertidumbre me corroe.
Pero por ahora—estar cerca de ella es suficiente. Al menos esta noche.
Afuera, nos deslizamos en un taxi. Katrin permanece callada, perdida en pensamientos que no puedo descifrar. Espero que no esté enfadada por lo que le dije a Dimka. No he mentido, pero La Rebelde tiene una forma de torcer incluso la honestidad, convirtiéndola en algo afilado.
El coche se detiene. Su edificio de apartamentos se alza, tan familiar que podría recorrerlo con los ojos vendados.
Pero al entrar, me quedo impactado.