Las cejas de Adeline se alzaron en un arco de asombro al oír el nombre de la empresa Prescott, aquella que pertenecía a su padre. Sintió un ligero temblor en la comisura de los labios, como si esa sola mención agitara el delicado equilibrio de su ánimo. El cerebro tardó un segundo en procesar la magnitud de la revelación. “¿He de encargarme de la parte de Theodore, en la empresa de mi padre?” se preguntó con creciente inquietud, presintiendo un conflicto de proporciones colosales. Solo imaginar el rostro de su padre al enterarse de semejante cosa le ponía los vellos de punta y le generaba en la boca del estómago un nudo muy difícil de deshacer. El abogado, Jonathan, se mantenía firme en su asiento, sus manos enlazadas sobre su maletín de cuero. Había observado con sum

