El sobresalto dibujó la cara de Adeline con trazos claros de confusión y aprensión. “Conocerlo, ¿ahora?” pensó, mientras el corazón le daba un vuelco en el pecho, haciéndole sentir la sangre palpitando con violencia en las sienes. Apenas se había instalado en esta villa, intentando comprender su entorno, y ya surgía la invitación –o exigencia– de presentarse ante el patriarca Donovan. Su mente saltó de inmediato hacia otra preocupación: no había intercambiado más palabras con su esposo que las de “sí, acepto” en la boda civil y unos cuantos silencios incómodos. Ahora imaginarse en medio de una familia totalmente desconocida, que parecía inmensamente poderosa y regida por tradiciones casi arcaicas, la abrumaba de un modo difícil de describir. Se sintió como si estuvier

