Adeline llegó a la villa con el ánimo por los suelos, casi al anochecer, después de un viaje en taxi que resultó más largo de lo previsto por el tráfico de la ciudad. Hubiera querido tomar prestado el auto de Nathan, como en otras ocasiones, pero aquel día él lo necesitaba con urgencia, dejándola sin otra opción que depender de un servicio externo. El conductor la dejó frente a la verja principal, una alta estructura de hierro forjado que se elevaba con elegancia, y que generalmente se abría con un discreto zumbido automático para recibir a los propietarios y visitantes habituales. El cielo declinaba en un esplendor de naranjas y rosados, como si el día se rehusara a morir sin antes pintar una última obra de arte sobre el firmamento, sin embargo, para Adeline todo pare

