Unas horas después de su llegada, la luz de la tarde se filtraba oblicua a través de los ventanales de la imponente villa, bañando los pasillos en matices dorados. Entre todos, Rigoberto, las dos empleadas y los amigos de Adeline, habían subido cajas, maletas y bolsos al vestíbulo y los pasillos de la planta baja. El murmullo de sus pasos y el suave intercambio de comentarios se mezclaban con el eco que retumbaba en los techos altos, aportando una banda sonora casi solemne a la mudanza. Parecía como si la propia casa se despertara a su presencia, resonando con cada voz y cada pisada. Finalmente, cuando todo quedó acomodado en grandes pilas a la espera de ser desempacadas, Rigoberto condujo a Adeline a la segunda planta y la guio por un largo corredor bañado por la luz dorada

