Me despierto desorientado. La verdad es que no reconozco nada todavía. La luz que entra por el enorme ventanal de la habitación me confirma que todo a mi alrededor es desconocido. Por unos segundos no logro ubicarme, no sé dónde estoy. Hasta que me despabilo.
Estoy en la habitación más lujosa que he visto en mi vida. El pensamiento de quedarme cruza por mi mente… pero no. Ya no puedo.
Entonces recuerdo.
La noche anterior vuelve a mí de golpe, y cada recuerdo duele más que la maldita resaca. La cabeza me late como si el cuerpo me estuviera cobrando la factura, o tal vez sea el karma por recordar. Maldición. Sus manos, sus labios recorriéndome la piel… todo me sobrepasa de mil maneras.
Después del sillón de la sala, me tomó en brazos. No dejó de tocarme ni un segundo. Subimos las grandes escaleras y, antes de darme cuenta, ya estábamos en su habitación. Todo fue rápido, confuso, envuelto en alcohol y deseo. Recuerdo las sábanas, la cercanía de nuestros cuerpos, la sensación de estar siendo observado, explorado… como si cada gesto buscará quedarse grabado en mi memoria.
Y ahora estoy aquí. Despierto. Con el peso de lo ocurrido cayéndome encima.
Con él experimenté algo que jamás había sentido con nadie, ni siquiera con mi novio. Dios… mi novio.
Aun así, lo que sentí fue demasiado fuerte. Me ardía la piel por el placer que me provocaba este hombre, tan dulce y peligroso a la vez. Era único ver cómo parecía llenar cada poro de mi cuerpo con solo tocarme, cómo me hacía vibrar de tantas formas que empezaba a darme miedo desear sentir eso todos los días. Me sentía sedado, narcotizado, drogado… quién sabe. Lo único claro era que me mataban las ganas de quedarme en ese cielo junto a él. Pero sabía que no podía. Tenía que regresar a la dura realidad, a mi vida aburrida y monótona.
Al despejar un poco los pensamientos que me tenían aturdido, atrapado en lo que fue una noche —o mejor dicho, una madrugada— demasiado intensa, me levanté alterado y empecé a buscar mis pertenencias, mi ropa, cualquier cosa que me permitiera vestirme y salir de esa mansión. La verdad es que me dolía todo el cuerpo, especialmente las piernas. Dios… nunca había sentido algo así. Este hombre me dejó completamente agotado.
Y aun así, después de todo, había sido increíble. Tal vez la mejor sensación de amor que he conocido, si es que se le puede llamar así.
Aunque todo fue hermoso, sé que necesito olvidarlo por completo. Sacar de mi mente esa noche, borrar al hombre más celestial que he conocido. Pero mi mente me traiciona, y el placer que me dejó sigue ahí, insistente. Me dejé llevar por completo, y mis propios sentidos me dicen algo que no quiero aceptar:
va a ser imposible olvidarlo.
Pero necesito seguir y hacer como que nada ha pasado aquí
Tras encontrar todo lo que la fiera me había quitado, me vestí lo más rápido que pude. Me encaminé hacia la salida muy, pero muy despacio —parecía un criminal huyendo—. Bajé las escaleras con cuidado, tratando de que mis zapatos no resonaran sobre el mármol. Pero creo que fallé estrepitosamente, porque escuché unos pasos detrás de mí.
El corazón se me aceleró y los nervios, que ya estaban al límite, terminaron por traicionarme
—Perdón, no quiero asustarlo. ¿Se encuentra bien? ¿Desea tomar algo? —me pregunta una señora de avanzada edad, parada justo detrás de mí. Aun así, parece una mujer muy amable; tiene una sonrisa dulce.
—No, gracias… tengo que irme ya —respondo, devolviéndole una sonrisa lo más amable posible.
—Muy bien. El chófer lo está esperando para llevarlo a su casa. Es una orden del señor Brown —dice.
Dios… una corriente de frío me recorre el cuerpo con solo escuchar su nombre. Como una película, los recuerdos me golpean de golpe: su cercanía, sus manos, sus besos, el calor. Todo vuelve. Por Dios, este hombre va a ser muy difícil de olvidar.
—¿Él… no está? —pregunto. El maldito impulso me obliga a hacerlo, y al mismo tiempo siento alivio de no verlo después de lo que pasó entre nosotros. Pero hay otra parte de mí que quiere más, que quiere volver a verlo, a sentir su cercanía otra vez.
Madre mía… ¿qué estoy pensando?
—No, señorito. Tuvo que irse de inmediato —responde la mujer con amabilidad.
—¡Es un hombre muy ocupado! —mis palabras salen casi sin que las escuche, mientras la viejita hermosa frente a mí me observa con una sonrisa.
Tras negarme a dejarle un mensaje, me despedí cordialmente y salí corriendo. A mitad de camino, la señora me llamó para entregarme mis pertenencias; le sonreí agradecido.
—¡Que tenga un buen día! —me dedicó su sonrisa.
Asentí y me subí al coche. Mientras recorríamos el camino, no podía dejar de mirar atrás. La finca mostraba su verdadero esplendor bajo la luz del día: seguridad extrema, lujo absoluto, un mundo donde el dinero no duele gastarlo.
Al llegar a la ciudad, el viaje me pareció eterno. Pedí al chofer que me dejara unas cuadras antes de mi casa; no podía arriesgarme a que alguien me viera.
Al subir al edificio, saqué mis llaves y abrí la puerta con cuidado, tratando de no delatar mi llegada. Pero al pasar por el pasillo hacia mi cuarto, me encontré con mis padres hablando. Sus caras reflejaban preocupación.
—¿Hijo, dónde estuviste? —preguntó mi padre.
—¿Lian, hijo mío? —dijo mi madre, abrazándome. Me preocupó verlos juntos después del divorcio; parecían enemigos acérrimos, y ahora, juntos, algo serio debió pasarles.
—Estoy bien, papá, mamá. Ayer salí con Tae, fuimos de paseo —traté de aligerar la situación.
—Sí, pero tu madre estaba preocupada —respondió mi padre con seriedad.
—¿Tú ya sabías? —le pregunté a mi madre con la ira intacta.
—Pero no llamaste… estaba angustiada —insistió ella.
—¡En serio, mamá! ¿Por qué te importa ahora, si siempre me dejas solo? —le recriminé. Mi padre solo nos miraba desde lejos.
—Creo que debemos bajar los ánimos —intervino él.
—Sí, mejor sigan con sus vidas mientras yo con la mía. Hagan de cuenta que no estoy aquí —dije, molesto.
—¡No nos hables así, Lian! —dijo mi madre.
Seguí mi camino sin prestarles atención. Siempre habían hecho lo que quisieron, sin preocuparse por mí. ¿Por qué ahora? Son más falsos que los malditos billetes de mil. Me encerré en mi cuarto y me despojó de la ropa. Decidí bañarme para calmar la ira. Al salir, me puse solo unos pantalones cortos y me acosté, intentando dormir y olvidar todo lo pasado. Mis padres eran un caos: mi madre persiguiendo a un hombre de día y noche, y mi padre dando consejos cuando él mismo era impuro… ambos, un desastre.
Pero mi mente voló a otra parte. A la mansión de aquel hombre, a su cuarto. Recordé la calidez de su cercanía, la intensidad de sus gestos, cómo cada mirada y toque me dejaba sin aliento. Su presencia me envolvía, su fuerza y control me fascinaban, y aunque sabía que debía olvidarlo, una parte de mí deseaba volver a sentirlo, experimentar nuevamente esa intensidad.
Él era todo lo que quería en un hombre: elegante, educado, decente, pero al mismo tiempo salvaje y demandante. Imponente, seguro, dominante. Todo en él me atraía y me dejaba atrapado en pensamientos imposibles de apagar.
Me reí de mí mismo antes de caer en el sueño, preguntándome si habría más noches como aquella… y qué decisiones tendría que tomar para no perderme en él.