Me encontraba en mi habitación, tan sumergido en mi lectura después de todos los problemas que trae la vida cotidiana de un adolescente universitario. Prefería evadirme un poco, y lo que más me gustaba era leer.
Me encantaba relajarme, tal vez leyendo o escuchando música; algo que, según yo, era único y solo para mí. Sin embargo, para mi querido amigo, yo era un nerd total.
Me río al pensar en mi bello amigo, todo loco en su mente.
La puerta de entrada se cerró como loca y me desconcentró, más aún cuando escuché unos pasos provenientes del pasillo del departamento. Sin embargo, no era motivo de preocupación: era mi madre, que hablaba por teléfono con sus amigas.
Le encantaba llorar y contarles sus penas, dejarles de qué hablar a esas viejas tapiñadas. A veces era medio melodramática. La escuché desde mi cuarto sin decir nada; aunque estaba lejos, parecía que estuviera cerca, tan cerca de mis oídos.
Le puse más atención porque no estaba como siempre. Era… ¿cómo decirlo? No lo sé, pero había algo raro en su voz. Algo pasaba, y sentí que me estaba perdiendo de algo importante.
Mi madre era muy hermosa y joven a pesar de sus años, pero a veces eso mismo la hacía sentirse insegura.
Desde que se divorció de papá, ella no volvió a ser la misma de antes. Era diferente; parecía que algo se había roto en su interior y que trataba de mantenerse en pie. Sin embargo, a veces siento que no puede con todo, que se desmorona con demasiada facilidad.
Hay noches en las que la escucho sollozar en el baño de su recámara, según ella para que no la oiga. Luego se duerme después de beber toda una botella de vino y, en parte, me siento culpable por no ser capaz de sacarla de esa etapa y ayudarla.
Soy un pésimo hijo.
Pero, a decir verdad, para mí no fue tan difícil la separación de mis padres. No fue tan perturbadora ni agotadora, al menos no como para algunos que se destruyen por todo lo que tenían y que, de la noche a la mañana, se acaba.
En mí nada de eso pasó con ellos. Sin embargo, para mi madre fue muy duro, y tampoco le duró mucho la cara de fortaleza. Apenas llegó ese día, parecía que quería morirse por todo lo que le pasó y por cómo terminó todo.
Yo solo tenía diez años.
Me quedé viéndola llorar y apagarse, mientras la miraba fijo preguntándome dónde había quedado esa mujer del juzgado. Creo que se perdió. Pero, por otro lado, podía entenderla: no era fácil para ella. Todo esto era una mierda.
Una tarde mi madre llego despues del trabajo para darle una sopresa a mi padre y oh, fue grande su sorpresa al abrir la puerta, todo le dio vueltas al final del precipicio, encontró a su esposo con su mejor amiga en la cama donde dormían juntos, eso fue el final de todo como familia y hasta ahí lo bueno
Pero de ella aprendí un refrán que nunca olvidé:
No todos los que te saludan te conocen bien.
Pero ella no lo pone en práctica muy a menudo; eso es lo malo con ella. A veces me dan ganas de abofetearla por confiada.
Poco después de cansarme de oírla despotricar, volví a lo mío para seguir con la lectura. Con ella siempre era lo mismo, aunque en el fondo sentía que nada era igual.
Ella entró en mi cuarto y se sentó a mi lado, en la cama, para preguntarme cómo me había ido hoy en el día.
Raro no es, pero la manera que lo dice, si
—¡Hijo! —me acaba de llamar Lizbet—. Quiere que vayamos a su casa para tomar unos tragos. ¿Qué dices?—
Su voz me resultó muy graciosa; la verdad es que me dio risa. La miré por encima de mi libro.
—¡Mamá, por Dios! Hoy no quiero, prefiero la comodidad de mi cama —le solté sin más. Me daba mala espina eso de los tragos entre ellas..
—Hijo… ¿seguro no quieres venir? —dijo ella.—a veces me resultaba rara, lo confieso; otras veces, me daban ganas de matarla por tomar de más.
—¡Mamá, no! En verdad, sal y tómate tus copas. Además, eres adulta y te mereces estar bien contigo misma —dije. A veces es imposible ser el adolescente aquí, de veras. Ella se levantó y siguió su camino hacia su habitación, donde terminó de hacer lo que estaba haciendo por su cuenta.
—Hijo, ¿me ayudas, por favor? —me dijo una vez que entró en mi habitación. ¿Es en serio? Ella jamás me había pedido ayuda.
Pero no importaba y después de un rato ella estaba lista, así que la deje frente al espejo, mirando lo bella que es
—Hijo, ¿eres un genio? —me dijo, sonrió—. No sabía que eras tan bueno con el maquillaje.—Solo cuando quiero.
—¡Ya está, madre, déjalo! Ahora vete y disfruta de la noche. Ella realmente estaba muy hermosa.
La acompañé hasta la recepción para que pudiera salir de su letargo y no se cayera. La había maquillado tan hermosa que ella no podía creerlo; le quité unos cuantos años de encima y, con la ropa, muchos más.
Su mirada en el espejo del ascensor fue su propia recompensa.
Después me preparé para pasar la noche solo, con mi televisor y unas palomitas, dispuesto a disfrutar el resto de la velada. Como no me pareció muy buena la película que me recomendó mi amigo Jhons —sus gustos, ya sabes—, al menos me comí las palomitas (¿creo que gané peso?).
Luego me levanté, me lavé los dientes, me puse la pijama y me metí en la cama, pensando en el futuro… o tal vez en alguien que vi de lejos.
Al final, me quedé dormido junto a Morfeo, que me llamó al día siguiente.
(...)
Al día siguiente me desperté asustado por el ruido que provenía de la cocina; mi madre estaba preparando algo. Debía ser el desayuno, así que me levanté para verla y hablar con ella antes de que se fuera a la oficina.
Pero me llevé una sorpresa. Con solo verla, supe lo que había pasado. Aún estaba tal y como salió la noche anterior de la casa. Al parecer no durmió, o si lo hizo, fue lo mínimo. No pregunté más, pero por su ropa parecía que acababa de llegar, dispuesta a hacer todo el ruido del mundo.
—¿Dormiste donde Lizbet? —mi pregunta la sacó de sus pensamientos y dejó caer el vaso de jugo—¿Así debes tener la mente, mamá?
—¡Hijo, me asustaste! —dijo ella, muy nerviosa, mientras recogía el desastre del piso.
—Ja, tranquila, mamá. No pasa nada malo… ¿o sí? —le imputé nada más, aunque la curiosidad me picaba, y más porque la conocía mejor que nadie. Cada vez que me mentía se mordía la uña del índice. Mamá estaba rara.
—Vale, suéltalo ahora o me voy a morir, mamá —le dije mientras tomaba una taza de café. Qué rica es la vida.
—¡Hijo!… bueno, yo… ¿te puedo decir algo?— Vale, ahora sí me intriga más. Con tantos rodeos, es algo grande; lo presiento.
—Dale, mamá. ¿Quién es y cómo se llama?— Se quedó petrificada por mi pregunta. Nunca imaginó eso de mí.
—¡Eh, eh! Se llama… bueno… no importa. No sé todavía si… o si será a futuro… yo…— Me dejó callado, jugando a la adolescente.
—¡Mamá! Sabes que te apoyo en todo, ¿verdad? —le digo, dándole la esperanza de todo.
—Sí, hijo, y lo sé muy bien, pero quiero estar segura de todo antes de meterlo en casa, ¿no crees? —me dijo como si tuviera ocho años. Aun así, le doy el beneficio de la duda para su tranquilidad.
—Tienes razón, madre, pero te pido que te cuides y que me avises de todo… ¿vale?— Este hombre, sea quien sea, la tiene loca de verdad si anda con esas. Joder, debe de ser bueno, y mucho.
Me fijé en la hora y salí corriendo a mi habitación, a terminar de arreglarme, con todo listo y en mi contra… otra vez.
—¿Por qué corres? Debes desayunar —me dice mientras yo hago lo poco que puedo.
—¡Vale, madre! —le grito desde mi habitación—. Pero si no te das prisa, vas a llegar tarde también.
Ya era muy tarde, y mi madre no aportaba mucho que digamos, menos siendo sábado y con el tráfico que tiene la ciudad. Ella trabaja de lunes a sábado y, a veces, también los domingos.
Desde que encontró un buen trabajo en el banco más grande de la ciudad, con tantos activos, su vida se volvió un caos; sin contar lo tarde que sale y llega. Pero para ella eso está bien, porque —según yo— ya estoy tan cerca de irme que algún día se quedará sola. Así que creo que tiene razón en todos sus miedos.
Al salir de casa, cada cual tomó su propio camino. Vi a la ciudad caminar a lo loco y todo estaba como siempre: gente aquí y gente allá, lo suficiente como para dar miedo ser uno más.
Pero hoy… hoy me sentía extraño, raro y solo, sin saber que solo nunca más estaría. Porque, sin darme cuenta, todo cambiaría esa noche.
La maldita vida entera, para siempre.