A continuación
Se aproximó a mí y me acorraló contra la pared del ascensor. El frío metal se coló por mi espalda, traspasando la camisa de seda rosa, y me dejó sin fuerzas. Nuestros alientos chocaron y se fundieron en uno solo; su respiración cálida, con ese aroma achocolatado, se infiltró por mis fosas nasales y mis pensamientos simplemente volaron.
Se acercó sin darme tiempo a huir y me acorraló contra la pared del ascensor. El frío del metal me atravesó la espalda, colándose bajo la seda rosa de mi camisa, arrancándome el aliento. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, nuestros rostros quedaron a centímetros, demasiado cerca para pensar, demasiado lejos para tocarlo sin perderme.
Su respiración chocó con la mía, lenta, caliente, peligrosa. Ese aroma achocolatado me invadió los sentidos, me nubló la razón, me hizo olvidar dónde estaba. Sentí cómo mis piernas flaqueaban, cómo el mundo se reducía a ese espacio mínimo entre su boca y la mía. No había escapatoria: mis pensamientos ardieron, mi pulso se desbocó y todo en mí gritaba que estaba perdido.
Se acercó sin prisa, como si supiera que no tenía escapatoria. Su presencia pesaba, densa, sofocante, y el ascensor parecía encogerse a nuestro alrededor. No me tocó de inmediato; no lo necesitaba. Su cercanía era suficiente para hacerme temblar.
—No huyes de mí —dijo en voz baja—. Huyes de lo que te hago sentir — sus palabras se me clavaron más hondo que cualquier caricia. Incliné la cabeza, intentando respirar, pero él se movió lo justo para bloquearme la salida. Sonrió apenas, una sonrisa torcida, peligrosa, de esas que no prometen nada bueno.
—Te pienso incluso cuando no quiero —continuó—. Te apareces en mis noches, en mis silencios, y sé que a ti te pasa lo mismo, su mano se apoyó junto a mi cabeza, contra la pared fría. No me tocaba… y aun así sentía su dominio por completo. El contraste entre el metal helado a mi espalda y su calor frente a mí me desarmó.
—Mírate —susurró—. Tan tenso, tan perdido. Dices que quieres olvidarme, pero tu cuerpo siempre te traiciona.
Cerré los ojos. Fue un error. Su voz se volvió más baja, más íntima, como si me hablara desde dentro.
—No te persigo por casualidad —dijo—. Las casualidades no tiemblan cuando me miran. Abrí los ojos de golpe. Estaba demasiado cerca. Demasiado consciente de mí. Sentí que me leía, que desnudaba cada pensamiento que yo intentaba enterrar.
—Esto no va a terminar aquí —añadió, con una calma aterradora—. Aunque te vayas, aunque finjas que no existo… ya soy parte de ti.
El ascensor siguió subiendo. Yo no sabía si quería que se detuviera… o que nunca llegará a su destino.
Y entonces fue el final de toda resistencia. Nuestras bocas se encontraron con una urgencia casi violenta, como si llevaran demasiado tiempo reclamándose. No fue un beso: fue una invasión, una necesidad brutal de silenciar pensamientos, de anular la razón. El mundo se desdibujó mientras su boca me atrapaba y yo cedía, dejándome consumir.
Nuestros cuerpos comenzaron a alinearse, a buscarse con una precisión inquietante, como si supieran exactamente dónde encajar. Ya no había dos voluntades, sólo una fuerza oscura que nos empujaba a fundirnos, a perdernos el uno en el otro hasta no saber dónde terminaba él y empezaba yo. Era hambre, era obsesión, era ese punto sin retorno donde ya no importa lo que se pierde… solo lo que se siente.
Una de sus manos comenzó a desabotonar mi camisa, botón tras botón, con una paciencia cruel, hasta que la tela cayó al suelo como si nunca hubiera significado nada. Nuestros cuerpos volvieron a encontrarse, demasiado cerca, demasiado necesitados. Sentí la fuerza de sus brazos rodeándome, el calor de su piel contra la mía, y su presencia era abrumadora, casi peligrosa.
Recorrió mi espalda lentamente, siguiendo la línea de mi columna como si la memorizará, como si quisiera grabarse en mí. Cada roce me estremecía, me arrancaba el aire, me hacía olvidar cualquier intención de huir, la ropa dejó de importar; quedó abandonada en el suelo, testigo mudo de que ya no había marcha atrás.
No existía nada más que él y yo, enfrentados, respirando el mismo aire, atrapados en esa cercanía sofocante. Me sostuvo con firmeza, elevándome como si no pesara nada, obligándome a aferrarme a él. Todo en su contacto prometía caos, una caída inevitable hacia algo que sabía que no debía querer… y que aun así deseaba con una desesperación que me aterraba.
—Quiero oírte —susurró contra mi oído—. Quiero saber que esto… que yo… te desarme — su voz me atravesó como una orden. Me aferré a él, perdiendo cualquier resto de orgullo, dejando que su control me envolviera por completo. Cada movimiento suyo era una promesa peligrosa, una advertencia silenciosa de que no pensaba soltarme.
Me besó como si quisiera marcarme, como si necesitara asegurarse de que no hubiera duda alguna de a quién pertenecía ese momento. Su fuerza aumentó, su respiración se volvió irregular, y yo ya no sabía si lo que sentía era deseo o una necesidad enfermiza de no quedarme solo.
—Así… —murmuró—. Solo así. No sé qué hiciste conmigo, pero me tienes perdido — y supe, con una claridad que me asustó, que aquello no era solo atracción. Era algo más oscuro. Algo que no se apaga al separarse los cuerpos
—Más… —fue lo único que logré suplicar, con la voz rota, entregado. Y él no dudó, su presencia se volvió avasallante, dominante, como si quisiera borrar cualquier resto de conciencia que me quedara. Todo a mi alrededor desapareció: el ascensor, el mundo, el tiempo. Solo existía esa intensidad que me arrastraba sin permiso, esa sensación de caer y no querer ser salvado.
Me aferré a él como si fuera lo único sólido que quedaba, y el ruido de mi propia respiración llenó el espacio, demasiado alto, demasiado real. No me importaba si alguien escuchaba, si alguien sabía. Nada importaba.
Sentí cómo su control empezaba a resquebrajarse también, cómo su calma se transformaba en algo más primitivo, más urgente. Su voz cambió, grave, contenida a duras penas, y supe que ya no era el único perdido.
El final llegó como un golpe seco, inevitable, dejándome temblando, vacío y lleno al mismo tiempo. Cuando todo se detuvo, entendí algo que me heló la sangre: no era solo deseo, era dependencia y ninguno de los dos iba a salir ileso
—Quiero más de ti… —murmuró contra mi oído—. Más y más, Lian
Y entonces todo se desbordó. No hubo control ni pensamientos, solo esa sensación abrumadora de caer juntos, de rompernos al mismo tiempo. Su cuerpo me sostuvo cuando el mío ya no respondía, y terminé apoyado en él, atrapado entre sus brazos, respirando con dificultad, como si acabara de sobrevivir a una tormenta.
Mi mundo se derrumbó ahí mismo, a los pies de ese hombre. Supe, con una certeza que dolía, que no podría olvidarlo jamás. Que su presencia ya estaba tatuada en mí, en mis recuerdos, en mis silencios, pero fue justo en ese instante, cuando todo parecía completo y peligroso a la vez, que algo dentro de mí gritó. Una alarma tardía. Una verdad que no quería escuchar.
Tenía que despertar.
Salir de ese sueño oscuro antes de que me tragara por completo, antes de perderme del todo en él, y aun así… sabía que ya era tarde para fingir que no había pasado
Empezamos a vestirnos en silencio. Él no dejaba de mirarme, como si quisiera grabar cada centímetro de mi cuerpo en su memoria. Ya completamente vestido, me pidió que esperara, que él mismo me ayudaría a arreglarme. Su voz sonaba tranquila… demasiado tranquila.
Entonces sonó su teléfono y bastó una sola mirada a la pantalla para que su expresión cambiara. La calma desapareció y fue reemplazada por algo duro, rabioso. Contestó de inmediato, dándose la vuelta, hablando en voz baja al principio y luego con un tono cada vez más áspero. No escuché las palabras, pero sí la furia contenida.
Y lo supe, era ahora o nunca, aproveché ese instante. Me vestí rápido, con manos torpes, tratando de no hacer ruido, busqué mi ropa interior, pero no la encontré. No importaba. Nada importaba más que salir de ahí. Respiré hondo y me obligué a moverme con lentitud, fingiendo normalidad, como si no estuviera a punto de huir otra vez.
Cuando por fin estuve listo, apreté el botón verde. Las puertas comenzaron a abrirse.
—¿Qué haces? —rugió de pronto, colgó la llamada y se giró hacia mí, los ojos encendidos, la mandíbula tensa. Su voz retumbó en el ascensor como una amenaza —¡Lian!
Mi corazón golpeaba con fuerza. No lo miré. Di un paso al frente, decidido a salir, a escapar de ese lugar y de él, aunque supiera que no sería tan fácil borrarlo de mi vida porque podía huir del ascensor… pero no de lo que ya había despertado en mí
Él me detuvo antes de que saliera, me dio su número y me pidió que lo llamara. Por un segundo volví a caer, el deseo nos envolvió otra vez, intenso y peligroso. Pero reaccioné a tiempo: aproveché el descuido, cerré las puertas del ascensor y huí sin mirar atrás. Sabía que escapar era la única forma de no perderme por completo
Llegué a la oficina de mi madre, dejé las llaves con la secretaria al saber que estaba en una reunión y me fui. Al volver al ascensor, entré con cautela, temiendo encontrarlo otra vez. Me apoyé en la pared, perdido en pensamientos sobre él, incluso sonreí al recordar su aroma. En el siguiente piso, el ascensor se detuvo y, sin darme cuenta de nada, una voz conocida me dejó completamente helado
—¿Intentas huir otra vez, Lian?— tenso a más no decir pero guapo a morir. Más de este hombre es muy malo
—…— no podia responder nada porque no me salia nada. Muy malo claro está
—No escaparás de mí. —dijo, acercándose—. Te espero el viernes en el bar.
—…— estaba loco acaso
—Lleva amigas y deja de correr— salió sin más, dejándome sin palabras… y con una sonrisa que no supe ocultar