Mientras caminábamos por el largo pasillo y cruzábamos otros tantos más, ya no sabía cuán grande era realmente ese lugar. Perdí la cuenta de por dónde íbamos, la verdad.
Pero, conforme avanzabamos y me alejaba cada vez más de la pista, el miedo empezó a crecer. Había salido solo para ir al bar y ahora… la curiosidad estaba a punto de matarme.
Al principio todo parecía interesante, pero la cosa era que, con cada paso que daba, el miedo se me metía más adentro. ¿Y si era un viejo de mala pinta?
Pero ya estaba ahí, y no iba a irme derrotado por el miedo. Jamás. Eso no se hace… ¿o sí?
Al final se detuvo frente a una puerta grande, negra, de roble macizo, por lo que parecía. Al abrirla, me indicó que pasara, y una vez más me dejé llevar. La verdad es que tengo que dejar de tomar aquí; estos tragos tienen algo que te deja bobo. ¡En serio!
Conforme pasó a la oficina, me tenso de pies a cabeza, pero no puedo darme el lujo de ponerme nervioso. No ahora.
Me quedo ahí, de pie, y entonces puedo verla bien: la oficina es inmensa, bella, lujosa y espaciosa. La mesa del despacho destaca de inmediato; a este hombre le gusta la madera, eso está claro.
Doy un paso más y, desde el otro lado de la oficina, escucho una voz hablando por teléfono. No logro distinguir lo que dice. Cuelga en cuanto se percata de que estoy ahí, parado en medio de su oficina.
Cuando sale de esa parte del lugar y lo veo por completo, me quedo helado.
No digo nada. No hago nada.
Solo me quedo ahí, sin habla.
Me quedé sin habla, petrificado, sin saber qué hacer ni qué decir. Él lo notó y empezó a caminar hacia mí. Me sentí fatal; la verdad, las piernas me temblaron solo de verlo avanzar en mi dirección. Era majestuoso, un Adonis en todo su esplendor, tan cerca de mí. Sentí cómo me secaba por dentro con solo contemplar ese físico que podría mirar toda la vida sin cansarme.
Parecía tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Cabello largo y n***o, piel blanca. Madre mía… un rostro perfectamente esculpido: mandíbula cuadrada, ojos café claro. Cuando me miró a los ojos sentí que me perdía en ellos. ¿Dios, acaso esto es el cielo? Creo que sí, porque al reírse mostró unos dientes perfectos y blancos. Vale, ya empiezo a querer a los malditos conejos.
Sus labios eran de ataque, tan hermosos que me derretía por este hombre. ¿Quién diablos era y dónde se había escondido? Su altura me mataba; era más alto que yo. Y el perfume que llevaba encima… me incitaba a pecar con él toda la vida.
Mi mirada recorre su figura de abajo hacia arriba. Dios… ¿cómo voy a salir de esto?
La suya me escanea, como si buscara algo en mí, no sé qué exactamente, pero me encanta la forma en que me mira. Aun así, no deja de recorrerme una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Este hombre me afecta con solo una mirada tan penetrante. Me provoca escalofríos que suben y bajan por mi espalda, acelera los latidos de mi corazón.
Nuestras miradas se conectan y, por un instante, casi puedo ver el cielo. Dios, madre de mi vida… me muero. Pero en su mirada no cambia nada; ahora es salvaje, intensa, como si su rostro delatará un placer silencioso solo por verme ahí, parado frente a él.
Debería escapar. Lo sé. Pero mis malditas piernas no responden.
Y los pensamientos que me cruzan la mente no son precisamente sanos. El deseo empieza a despertar en mí con una fuerza que me está matando.
Dios esto último me hace el replantearme si quiero cambiar y dejar de ser él bueno en todo. Yo no era así
—Hermoso, por favor, siéntate —me dice con amabilidad. Para mí suena más a una orden cargada de deseo. Su voz gruesa me mata de un solo zarpazo; madre de todos los santos, se me eriza la piel con solo escucharla. Aun así, le obedezco sin decir una palabra.
Entonces se sienta muy cerca de mí.
—G-gracias… —murmuró. Madre, qué maleducado soy.
—¿Y qué hace un joven tan hermoso y educado por estos lados, solo? —dice mientras se recuesta en el sillón de cuero.
Empieza a escudriñarme otra vez con la mirada. Puedo sentir su respiración cálida demasiado cerca de mi piel, y eso basta para ponerme aún más nervioso.
—¿C-cómo yo…? —le pregunto, confundido y nervioso.
—Un joven hermoso y educado —repite—. ¿De qué va todo esto?
—Vine con mi mejor amigo a pasar la noche —le respondo sin más.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta. En serio me lo pregunta… esto ya tomó otro rumbo.
—Lian Thomson —contesto sin mirarlo. Estoy nervioso.
—Bueno, Lian, soy George Brown, el dueño de todo esto —se presenta con cordialidad.
Me extiende la mano y, por pura cortesía, le ofrezco la mía. En cuanto nuestras palmas se tocan, siento la sangre arder y la piel de la mano encenderse. Intentó retirarla de inmediato, pero no lo logró; la suya me sujeta con firmeza. Un calor intenso me recorre el cuerpo y me deja sin aliento.
—¿Eres mayor de edad? —pregunta. Asiento, y él me regala una sonrisa hermosa. Suelta un suspiro de alivio; creo que le gusta saber que lo soy. Retiro mi mano y me encuentro con una mirada cargada de absoluto placer.
—¿Y qué planes tienes para el resto de la noche? —dice, acercándose un poco más. Nuestros rostros quedan peligrosamente cerca, también nuestros cuerpos; nuestros alientos casi se confunden. Yo me quedo quieto, como una estatua, perdido en su mirada.
Creo que esto no va a terminar bien.
—Sí, lo soy… y sobre el resto… no lo sé —respondo. Es lo único que me sale. En verdad, Thomson, eres muy grosero.
—¿Qué te parece si vamos a tomar unos tragos? —propone. Me sorprendo a mí mismo al no ser capaz de dudarlo ni un segundo; en cambio, aceptó. La verdad es que no quería alejarme de él. Creo que me lanzó algún hechizo, porque no entiendo por qué estoy actuando así… y aun así no quiero que termine.
—¿Vamos a la barra? —le digo, sin querer salir de ese trance en el que me tiene atrapado.
—No, hermoso, aquí no. Mejor vamos a mi casa; allá estaremos mucho más cómodos. Nadie nos interrumpirá —dice.
Estuve a punto de negarme, pero recordé que, de ahora en adelante, quería ser diferente, y así iba a hacerlo. Acepté sin pensarlo dos veces. Adiós a la buena persona; que venga la mala. Además, no tenía ninguna gana de volver a casa.
—Entonces, ¿nos vamos? —me pregunta. Yo solo asiento. Me olvido del mundo, de todo. Ya sea su colonia, su mirada, su forma de tocar o simplemente su presencia… todo me envuelve. Aun así, hay algo que me empuja a seguir: las ganas de saber más de él.
Al salir de la disco nos dirigimos a la avenida principal, donde ya nos esperaban varias camionetas listas para irnos. El chófer se acercó, me abrió la puerta y yo subí sin pensarlo demasiado, sin saber qué iba a hacer yendo a casa de este dios celestial ni qué tenía en mente. Pero la imprudencia ganó… y dejamos la disco atrás.
Durante el trayecto me hizo preguntas sin mucha importancia: si estudiaba, cuáles eran mis gustos, mi familia. Hasta que llegó a una que no pareció gustarle preguntar, pero aun así lo hizo: —¿Tienes novio? —Dios… este hombre quería saber de mí en tan poco tiempo que ni siquiera me di cuenta de cuándo llegamos.
Solo le respondí con un simple: —Sí.
Me quedé congelado al ver dónde estábamos. La parte más exclusiva del noroeste de Madrid. Más exactamente, La Finca.
Dios… aquí solo vive la gente más rica del mundo, o al menos de Madrid; jugadores reconocido, gente del nivel de Cristiano Ronaldo. Madre mía.
La exclusividad impresiona, claro que sí, pero entonces caigo en cuenta de con quién vengo. Él me mira como si fuera un niño embobado con un juguete nuevo y caro. Aunque no es así. Yo no vivo de lujos, no soy amante del dinero, soy humilde… pero esto me supera.
Al llegar a su mansión me quedé helado al ver el majestuoso jardín que la rodeaba. Dios… esto es demasiado para mí. Siento que con cada paso que doy podría morir si llego a dañar algo; caminó con cuidado, casi sin respirar. Él, en cambio, avanza sin pensarlo.
Al llegar a la puerta, la abre y me deja aún más deslumbrado. Es una gran sala, llena de una majestuosa galería de arte. Debe valer una fortuna. Madre mía… esto ya no es solo lujo. El mármol importado, en tonos blancos y negros, lo cubre todo. La decoración brilla de una forma particular; al principio dudó, pero al mirarlo mejor me doy cuenta: es oro. Oro puro.
Ya no sé si quiero estar aquí. ¿Y si rompo algo? ¿Cómo se supone que lo pagaría?
—¿Te gusta? —pregunta.
—Sí, me encanta… pero no sé ni si debería caminar —le digo con toda sinceridad. Él me mira con gracia.
—Ven, vamos a la sala de estar —me dice.
Nos dirigimos hacia allí y abre una puerta de vidrio con una manija de oro. Entró con extremo cuidado, sin tocar nada. En la sala solo me indica que me siente en el gran sillón. —¿Quieres tomar algo en especial? —me pregunta.
—¿Lo que sea? —le respondo, todavía un poco incrédulo. Poco después regresa con una botella de champán que, por el lugar y por todo lo que lo rodea, intuyo que debe ser carísima. Aunque, siendo sincero, en esta casa creo que absolutamente todo lo es.
—¿Buena, no crees? —pregunta con un tono de voz que me eriza la piel de punta a punta.
—¿Ah…? —murmuró. Él me mira con una sonrisa leve mientras se acerca, cada vez más.
En un abrir y cerrar de ojos estaba sobre mí. Sus manos me inmovilizaron y nuestras bocas se encontraron con una urgencia que me dejó sin aliento. Su lengua buscó la mía y no la rechacé; al contrario, la acepté sin pensar. Este hombre me gustaba demasiado.
Se separó apenas para mirarme. Sus ojos, oscuros, estaban cargados de placer y deseo. Me sujetó por la cintura y me atrajo contra su pecho. Un gemido se me escapó sin permiso. Con movimientos firmes me quitó la camisa de seda, mientras él ya mostraba su torso desnudo: un cuerpo perfecto, trabajado, imposible de ignorar.
Volvió a besarme con más intensidad.
Sus manos recorrían mi cuerpo y, aunque una parte de mí sabía que debía detenerlo, él ya había cruzado ese punto sin retorno. Me sostuvo con fuerza, acercándome más a él, y bajó sus besos lentamente. Yo me aferré a su cabello, perdido en la sensación, en el vértigo del momento. No sabía si era el champán o él… o ambos. Solo sabía que estaba completamente fuera de mí. Perdido.
Y con la certeza inquietante de que jamás sería capaz de olvidar esa noche. Mucho menos a él. De repente se me pasa algo muy malo por la mente y me alejo de su cuerpo sediento del mío
—¿Eres casado? —preguntó de pronto. Eso no entra en mis planes; si lo fuera, saldría corriendo de aquí.
—¡No! —responde de inmediato. Eso cambia las cosas. Me gusta un poco más ahora.
No hubo pensamientos feos ni dudas. No hubo espacio para nada más. Volvió a devorarme la boca y mi cuerpo terminó fundiéndose con el suyo, como si por un instante solo existiéramos él y yo, atrapados en esa cercanía que ya no tenía marcha atrás.