El bullicio del salón se fue diluyendo poco a poco, como si la noche misma quisiera dar tregua a tanto resplandor. La música se volvió un murmullo lejano, mientras las últimas risas y brindis quedaban atrás. Alaric y yo salimos a los jardines casi sin darnos cuenta, buscando aire fresco, aún envueltos en la tibia electricidad de lo que acababa de suceder. El cielo comenzaba a insinuar un tono más claro, un gris suave que anunciaba la llegada del amanecer. El perfume de las flores, humedecido por el rocío, llenaba el espacio con una calma que contrastaba con la euforia que me palpitaba en el pecho. —No puedo creer lo que acabas de hacer —dije, intentando sonar reprochante, aunque la sonrisa que me escapó me delató. —¿Bailar contigo? —replicó con fingida inocencia. —Besarme frente a todo

