El amanecer en Kensington tenía un brillo plateado, como si la ciudad entera se hubiera puesto un filtro de expectativa. Me desperté antes del reloj, con esa mezcla de nervios y alegría que solo traen los comienzos importantes. A mi lado, Alaric dormía profundamente, la respiración lenta, la calma que pocas veces mostraba despierto. Unos pasos suaves rompieron el silencio. La puerta se entreabrió y apareció Leo, de pie con una solemnidad casi cómica. El uniforme lo transformaba: chaqueta azul marino impecable con el escudo del colegio bordado en hilo dorado en el bolsillo, camisa blanca almidonada, corbata a rayas burdeos y oro, pantalón gris oscuro perfectamente planchado, calcetines y zapatos de charol que brillaban bajo la luz tenue. Llevaba la gorra de visera corta en la mano, como un

