Luego de un día plagado de actividades por la noche me encontraba de nuevo entre los brazos de mi marqués. Nuestros gemidos llenaron la habitación, mezclados con palabras entrecortadas, promesas y confesiones susurradas entre besos. No existía nada más que ese momento, esa unión que parecía sellar un pacto invisible entre nosotros. Cuando finalmente alcanzamos el clímax, me dejé caer sobre su pecho, jadeando, con el corazón desbocado. Alaric me envolvió en sus brazos, acariciándome la espalda con lentitud. —Eres todo lo que jamás pensé tener —murmuró contra mi cabello—. Y todo lo que siempre quise. Lo abracé más fuerte, sin poder evitar que mis ojos se humedecieran. Sentía que lo amaba más de lo que jamás había amado a nadie. Permanecimos así un rato, en silencio, hasta que él se inco

