El agua se volvió mi escondite. Flotaba boca arriba, mirando el cielo que se teñía de un azul suave mientras el sol comenzaba a descender, como si con cada minuto la tarde me regalara un poco de calma. Pero la verdad era que mi mente estaba hecha un torbellino. Cada carcajada de Leo me sonaba como un recordatorio cruel de lo mucho que arriesgaba. Y cada mirada de Alaric, tan directa, tan cargada de algo que no podía nombrar, me hundía más en esa contradicción que me desbordaba: lo prohibido y lo inevitable entrelazados. —¿Te cansaste tan rápido? —La voz de Alaric interrumpió mis pensamientos. Lo vi acercarse nadando hacia mí, con esa facilidad que me hacía recordar un depredador que siempre sabe cuál es su presa. Me incorporé en el agua, tratando de mantener cierta distancia. —No todos

